Augusto César Belluscio cursó una extraña carrera de Derecho: se recibió primero de procurador y luego reinició la carrera para graduarse de abogado, lo cual lo obligó a cursar dos veces la totalidad de las materias de derecho civil. En lugar de interpretar esa necesidad como un obstáculo Belluscio lo consideró un beneficio académico, pues siempre sostuvo que esa repetición que se le impusiera influyó decisivamente en su formación jurídica. Recordaba con precisión los nombres de todos los profesores de derecho civil, pero no podía mencionar los nombres de quienes le enseñaron derecho constitucional, por ejemplo.
Su especialidad fue el derecho de familia, disciplina en la que su manual fue un clásico, tal como en un espacio mayor lo fue su Código Civil Comentado. En el ámbito de la justicia fue juez federal y miembro de la Cámara Civil. Yo fui secretario de su juzgado y puedo considerar esa época como un período de vacaciones pagas, ya que Belluscio se hacía cargo de todo el trabajo. Él dividía a las personas en dos grupos excluyentes: las que quería y las que odiaba, y yo –afortunadamente - integraba el primer grupo. Era un juez incansable, erudito y eficiente.
Pero cuando alguien llega a la Corte Suprema todo el juicio acerca de su carrera pasa a depender de su actuación en ese tribunal, y este caso no es una excepción. Belluscio integró la primera Corte Suprema del retorno de la democracia, la Corte de la primavera liberal, la Corte de Alfonsín. Y no desentonó en ella porque sus simpatías eran liberales, como cabía esperar de un simpatizante del radicalismo, y como muestra, por ejemplo, el voto en el caso Bazterrica. Su asombrosa erudición jurídica, por otra parte, garantizaba su calidad como juez de la Corte.

Pero no fue un liberal consistente, y quiero mostrarlo con tres ejemplos. En Comunidad Homosexual Argentina su profundo conocimiento, y evidente predilección, por el derecho civil lo llevó a descartar la obvia implicancia constitucional del caso para el derecho de asociación, y en Peralta fue su profundo conocimiento del derecho procesal el que lo condujo a ignorar el impacto del caso en el derecho de propiedad. Finalmente en Sejean prefirió que fuera el Parlamento el que resolviera el tema del divorcio, olvidando que el fallo de la Corte era – precisamente- lo que iba a provocar la actuación del Congreso.
Todo esto no implica que no fuera un miembro caracterizado de una Corte Suprema liberal, la corte de los cinco que recordamos con nostalgia, especialmente cuando la comparamos con la Corte conservadora de los nueve que nos proveyó más tarde Carlos Menem: el balance de la carrera académica y judicial es amplia y definitivamente favorable a Augusto Belluscio. Lo despido con cariño personal y respeto intelectual.