De alguna manera, siempre estuvo ahí. Acaso esperando impaciente, tal vez sumido en parsimonia. Largas décadas esperando, Borges, para ver al fin revelada la clave secreta de su desvelo.
Ese terror del que no se habla, lo que no puede ser dicho sin que todo orden, e incluso la más ínfima esperanza de orden, quede extraviada sin remedio.
Sólo Borges lo intuía, acaso sin comprenderlo del todo, seguro sin pronunciarlo.

Yo mismo, recién pude contemplarlo en esa tarde final y sin futuro, hechizado por un sol helado que bañaba las montañas tucumanas. Ahora todo es insoportablemente obvio.
Pobre Borges alucinado; su empresa era imposible, era indecible. Su destino de bibliotecario le imponía cánones de literatura y una tierra anómica le escondía los símbolos para reclamar un lenguajo verdadero para nombrar al derecho
Pero ahora sé también que de alguna forma ya lo había confesado; secretamente, como pudo. Tres veces lo dijo, como manda la Biblia.
Pronunció la inconcebible abstracción del estado.
Vaticinó el destino de yacer entre cíenagas a quien anhele ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes.
Arrojó al fuego de la noche revelada las jinetas y el uniforme de la autoridad, que estorbaban.
Pobre Borges atormentado; sabiendo antes que todos y primero que nadie, que una existencia sin autoridad legítima, sin abogacía dignificada, sin estado, sólo podía ser literatura. O acaso una cárcel.
Sobre todo una cárcel, la que nombró mil veces y de mil maneras, implorando tal vez que alguien pudiera entenderlo y ponerle palabras por encima de la noche. Porque siempre estuvo ahí.
Sin estado, autoridad legítima, abogacía dignificada, eso que llamamos derecho solo podría tomar la forma de la más espantosa creatura borgeana; aquella donde toda esperanza debe ser abandonada, como dijo el florentino.
Lo que llamamos derecho solo podría ser un laberinto; o peor aún, infinitos laberintos, con todas las formas posibles para una sola función discreta: la locura irremediable de quienes deban habitarlos. Por eso Borges, y solo Borges.
Pobre Borges enmudecido, narrando durante toda una vida el sinsentido del derecho en una tierra sin ley.
Y pobres todos nosotros, persiguiendo nuestra existencia en el laberinto más cruel, el que refleja al proclamado en Los Dos Reyes… un laberinto donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.
Uno en el que estamos atrapados sin saberlo. Él lo entendió como ninguno, y lo dijo como pudo, mil veces. El laberinto inescapable de un derecho fallido tiene la forma de un infinito desierto, el laberinto perfecto, absolutamente despojado, donde moriremos “de hambre y sed” (de justicia).