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  • “Si esta cárcel sigue así, todo preso es político.”

    ¿Qué preso no lo es? Toda carcel (y todo castigo, pero también todo premio) es una decisión que hemos tomado entre todos, o que toleramos, o que padecemos pero alguien tomó. El luminol no produce la evidencia: la revela, y hace visibles rastros que estaban allí, ocultos a simple vista. En el universo lírico de Patricio Rey y del Indio Solari (y que es todo nuestro), más allá de las torsiones y retorsiones del lenguaje, de su semiosis ∞ y lo que ello implica para quienes hacemos cosas con palabras, aparecen huellas persistentes que iluminan problemas muy concretos de la ley, el derecho, el poder y la libertad. Diremos aleatorios cuatro, por ejemplo, que pueden aparecer bajo la luz de un farol ricotero.

    1. La ley como dispositivo de poder y gramática del castigo. Solemos imaginar el derecho como un sistema de permisos y prohibiciones. Pero el luminol ricotero parece señalar algo anterior y más profundo: la distribución de posiciones, quién recibe protección y quién queda expuesto. La famosa “de qué lado de la mecha te encontrás” no es, como se suele leer (mal= algo que separa dos lados simétricos de una grieta: está mostrando un lado agresor y un lado vulnerable, expuesto a la explosión, eventualmente incluso “fusilados por la Cruz Roja”.

    Sobre un fondo completamente negro aparece la figura de una persona vista desde abajo. Sólo se ve la parte superior del cuerpo: la cabeza echada hacia atrás y un brazo levantado. La boca está abierta mostrando los dientes, como si estuviera gritando, cantando o haciendo un gran esfuerzo. La mano alzada aprieta una gruesa cadena. Los eslabones pasan por encima de la cabeza formando una curva. La cadena parece estar tensándose y uno de sus tramos da la impresión de estar cediendo o rompiéndose, lo que transmite una sensación de lucha y liberación. El rostro está dibujado de manera expresionista, sin detalles realistas. Los ojos no se distinguen claramente; lo que domina es la boca abierta y la tensión del cuello. La ropa aparece en pliegues marcados, casi escultóricos. La imagen evoca inmediatamente ideas de resistencia, rebelión, emancipación o ruptura de la opresión. No parece una escena tranquila ni contemplativa: transmite fuerza, desafío y el instante dramático en que alguien intenta romper las cadenas que lo sujetan.

    2. El Estado y el poder como puesta en escena. Una segunda intuición es que gran parte del poder moderno funciona no solo con “la espada” (diria Hamilton) sino mediante relatos, imágenes y puestas en escena. Policías, burócratas, servicios de inteligencia, penas y suplicios, mecanismos de vigilancia, y la sociedad del espectáculo como ultima ratio para entender como llegamos a tener “los ojos ciegos bien abiertos".

    3. Los márgenes como lugar privilegiado para comprender el derecho. Los protagonistas de esas fábulas no son buenos hombres de negocios. Son fugitivos, perdedores, adictos, estafados, outsiders, personajes nocturnos que nos dan otra mirada, donde el sistema que se proclama derecho se hace torcido —“torcideramente”, como dicen las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, de la misma raíz latina tortum, de donde salen el tuerto castellano y el tort inglés: dos tradiciones que llegaron por caminos independientes a la misma metáfora de entender a los quebrados como -finalmente- sujetos del relato y sujetos del derecho.

    4. La autonomía individual frente al control social. “Preso en mi ciudad, atrapado en libertad”. Una defensa persistente de la singularidad frente a las formas de disciplinamiento, donde la libertad aparece menos como un conjunto de derechos escritos y más como una práctica de resistencia. El sujeto libre no es quien recibe permisos o cartas de triunfo del Estado, sino quien puede (quien pudiera) preservar una zona de autonomía frente a los múltiples mecanismos de captura. “¡Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene!”.

    Pero mejor vayas a las fuentes, y lean sus predicciones, ríos y meandros, lean (via 421) esta antológica entrevista de Symms al Indio Solari y su pronóstico de quienes (y por qué) serían los hombres del siglo XXI.