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  • Entre las sinrazones de la infernal noche del sábado, hay una injusticia mayor. Luego de pasar estos días por distintos estadíos de tribulación, siento ahora una melancolía atemporal. Una pena singular, por alguien. Adrián Maravilla Martínez merecía ser campeón del fútbol argentino. A los 36 del segundo tiempo hizo un gol cinematográfico, de todos los tiempos, de esos que se cuentan de generación en generación hasta transformarse en una leyenda mágica.

    El evento sintetiza al personaje, a la perfección: fue a buscar el pelotazo con la convicción irredenta de siempre, cuerpeó y dejó tendido a su marcador de turno y encaró hacia el arco como la bestia hambrienta que es. Enfrentó la adversidad (una más) cuando el arquero lo dejó sin ángulo, y ahí llegó su inspiración divina: giró 180 grados con su pierna derecha (sí, esa) y la picó al segundo palo por encima de los zagueros centrales, sus principales antagonistas.

    Minuto 81 de un partido alambicado, durísimo. Era Maravilla eterno en el póster de tu cuarto. Era el triunfo épico sobre un rival de cuentas pendientes. Era Racing campeón nuevamente. Era reeditar el sueño de la Libertadores. Era todo. Pero el fútbol —tan hermoso como despiadado— nos dio un masazo en la nuca. Una falta tonta, un empate (muy) evitable y la trampa venenosa de los penales. Por voluntad de tu Dios —Maravilla—, y por razones que solo él sabe, la gloria se desvaneció cuando la teníamos abrazada.

    Vos, que sos hombre de Fe por tu mismísimo milagro, debés haberlo aceptado con abnegación cristiana. El plan de Dios es perfecto. Los más terrenales, en cambio, tememos que tu corajeada de hace 10 días contra Boca —ese salto atípico impulsado por tu instinto depredador—, y tu golazo crucial en esta final caigan en el inexorable olvido de los hechos ordinarios, pues la memoria completa, como advierte Borges, no es humana, pues sería un tormento. Sólo los hitos pasan a la inmortalidad, y salir segundo en el fútbol —lo sabemos todos—, no es un hito inmortal. ¿Cómo no te vamos a querer? ¿Cómo no te vamos a amar, Maravilla? ¿Cómo no habríamos de penar —el sábado y ahora— por no verte levantar esa copa que tanto merecías?Por tantos goles con nuestra camiseta, por tus goles decisivos acá y en las copas, por tu historia de vida, por los huevos que ponés en cada pelota .. Por eso duele tanto Maravilla: por nosotros, pero más por vos, hermano mío. Sos ídolo, sos grande entre los grandes, sos leyenda racinguista. Me importa un carajo todo lo demás. Gracias Maravilla, eternamente agradecido por ponernos un rato en el paraíso. Y no te vayas nunca, te imploramos, porque sos una ganador, en la cancha y en la vida. Te pedimos sólo algo más: que le pidas al buen Dios, que cuando seamos espíritu, volvamos todos juntos a ese minuto 81, para así abrazarnos de nuevo con nuestros viejos y hermanos, con los racinguistas desconocidos de la butaca de al lado, con vos y con Gustavo … todos juntos. Porque en ese momento y en ese extraño lugar, fuimos felices