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  • El principio más importante que recorre las intervenciones más importantes de Martin Luther King, tanto como pastor, doctrinario, o activista, es el de la “beloved community”: la comunidad amada (o, diría yo, la comunidad amorosa). La idea aparece en muchas de sus presentaciones más conocidas. La primera vez, se la encuentra en un escrito hecho por él, muy joven, en diciembre de 1956. Dichas páginas vinieron a acompañar sus tempranas disputas por la igualdad racial: el boicot a los autobuses que siguiera a la tranquila rebelión de Rosa Parks cuando ella, simplemente, se quedó sentada en el asiento reservado para los blancos. Entonces, encontrándose en Montgomery (Alabama) como Ministro, King sostuvo que el fin de toda la lucha era la “redención y la reconciliación…la creación de una comunidad amada”. Poco después, en 1957, en un discurso titulado “Birth of a New Nation”, King volvió a referirse al ideal de la “beloved community”, sosteniendo que lo que seguía a la no-violencia era “la redención”, mientras que lo que seguía a la violencia, era “el vacío y la amargura”. En otro escrito, de 1966 -“Non violence. The only road to freedom”- en donde defendió la resistencia no-violenta, King sostuvo la “negativa a odiar y matar”, para terminar con “la cadena de la violencia”, y propuso una vez más, como objetivo, el de “crear una comunidad amada,” en donde poder “vivir sin miedo”.

    Probablemente, King, que era una persona bien formada y leída, tomó la idea de la “comunidad amada” de Howard Thurman (1900-1981). Thurman fue un teólogo, filósofo y activista por los derechos civiles que, a través de su radical teología de la no-violencia, influyó enormemente en King, como en muchos de los militantes afroamericanos de su época. A la vez, es probable que Thurman derivara esa idea de Josiah Royce (1855-1916), un filósofo norteamericano que buscó combinar el pragmatismo con el idealismo. Sin embargo -como reconoce el propio King en un texto auto-biográfico (“Peregrinación hacia la no-violencia”)- fue “la experiencia en Montgomery”, con la protesta intensa y a la vez pacífica contra el racismo, la principal fuente de su filosofía. Como dijo King, esa etapa de lucha “contribuyó más a aclarar mi pensamiento sobre la cuestión de la no violencia que todos los libros que había leído hasta entonces”.

    La “comunidad amada” de King, entonces, aparece como un ideal regulativo que nos refiere a una sociedad en donde todas las personas se relacionan, unas con otras, con respeto, se cuidan mutuamente, y son tratadas como iguales. El ideal alude a un ámbito en donde no hay espacio para la injusticia, los prejuicios y la discriminación: una sociedad amorosa, en donde se vive sin miedo, y las personas se tratan como hermanos. Con sus diferencias, sin dudas, el ideal de King tiene vínculos con “el reino de los fines” de Kant (que el propio King citaba con ardor), o la “utopía comunista” de Marx, o lo que muchos llamaríamos “una comunidad de iguales.” Es interesante considerar, además, que el amoroso pacifismo de King es uno que resulta del boicot, el conflicto, la lucha, la protesta, la movilización, la resistencia pacífica. El logro de esa amorosa paz requería del “compromiso de empatía con todos los opresores, tanto como una divina insatisfacción con todas las formas de injusticia”. Y esa “satisfacción” deseada no iba a ser posible -afirmaba, contundentemente- mientras “a nuestros niños se les despoje su identidad y se les robe su dignidad”.

    King sostuvo siempre que “la esperanza es necesaria” pero, hacia el final de su vida, mantuvo que ya no se sentía “totalmente optimista”. Para entonces, había comenzado a pensar que, tal vez, el sistema se encontraba más allá de todo reparo o redención.