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  • En lo que sigue -esta expresión viene del turf- consideraremos “la cátedra” al consenso extendido o mayoritario entre plateístas y tribuneros que están empapados del conocimiento profundo y decantado del juego, esto es decir, no hinchas del mundial ni arlequines entusiastas. Así, por ejemplo, la cátedra decía que Much Better iba a ganar el Gran Premio Latinoamericano de 1993, y ganó Much Better, lo que no siempre sucede, si no La Cátedra sería millonaria. 

    Los comentarios nuestros entonces procederán a acordar o disentir con la cátedra.

    BARBADOS, 1994: LAS REGLAS DE JUEGO IMPORTAN

    Pero comencemos antes con una viñeta bizarra ilustrativa. No solo las del juego propiamente dicho (en cuyo caso el cambio más espectacular fue la prohibición de que el arquero reciba con la mano un pase que su compañero le dio con el pie, lo que generó bodrios imposibles en mundiales y no mundiales hasta que se cambió en 1994) sino las de disputa de un campeonato (los integrantes de la cátedra recuerdan bien el sistema de dos puntos al vencedor, que luego inflacionó para otorgar los actuales tres puntos al vencedor, premiando la audacia porque para compensar un triunfo se requieren tres empates).

    Un ejemplo espectacular se dio en la Copa del Caribe de 1994. En la fase de grupos de ese torneo, Barbados necesitaba derrotar a Granada por al menos dos goles de diferencia para clasificar. A pocos minutos del final iba ganando 2-0, resultado que le servía, pero Granada descontó y puso el marcador 2-1, dejándolo eliminado. Entonces, aprovechando una insólita regla del torneo según la cual los empates iban a tiempo suplementario y el primer gol en el alargue valía doble (!), Barbados decidió intentar marcar deliberadamente un autogol para empatar 2-2 y forzar la prórroga. 

    A partir de allí se produjo una de las situaciones más absurdas de la historia del fútbol: Barbados intentando meter un gol en propia puerta, mientras Granada intentaba que eso no sucediera defendiendo (y no atacando) el arco rival. Previsiblemente, Barbados lo logró: se hizo un gol en contra, “se empató” (?) y el partido fue al alargue. La jugada le salió bien porque marcó ese gol de oro —que contaba como dos—, ganó oficialmente 4-2 y consiguió la clasificación. 

    Moraleja, en fin, de cómo un reglamento mal diseñado puede generar incentivos completamente contrarios al espíritu del juego. Algo importante cuando uno diseña instituciones, escribe constituciones, hace jurisprudencia, diseña sistemas normativos y libros maestros lato sensu.

    THE AGE OF DIMINISHING OFFSIDES 

    Dentro del juego también hemos visto desplazarse progresivamente la regla del fuera de juego en favor de los atacantes. La versión original de 1863 exigía que el jugador tuviera tres adversarios entre él y la línea de meta; en 1925 el requisito se redujo a dos, lo que incrementó notablemente la cantidad de goles. Más tarde, en 1990, se estableció que el atacante quedaba habilitado cuando se encontraba a la misma altura que el penúltimo defensor.

    Las interpretaciones actuales llevan esa lógica al extremo de la precisión milimétrica: existe fuera de juego cuando cualquier parte del cuerpo con la que pueda anotarse un gol se encuentra más adelantada que la correspondiente del penúltimo defensor. De allí nacieron los célebres offsides de hombro, rodilla o punta del botín detectados por el VAR. La reforma promovida por Arsène Wenger, que cuenta con el respaldo de la Cátedra, pretende corregir esa tendencia: el atacante sólo estaría adelantado cuando todo su cuerpo habilitante estuviera por delante del defensor; bastaría conservar alguna parte en línea o por detrás para seguir habilitado.

    Por si alguna vez se lo preguntaron, la lógica histórica del fuera de juego siempre estuvo vinculada a favorecer el “fútbol asociado” —el nombre original del deporte— y desalentar que los delanteros permanecieran anclados “de pichero” cerca del arco rival esperando un pelotazo largo. La regla obliga a coordinar movimientos, pases y desmarques con el resto del equipo, quiere que tengamos mentalidad de colmena, seamos colectivistas y nos vacunemos contra nuestro pobre individualismo, no me gusta el héroe solo, me gusta el héroe en grupo.

    DEL COOLING AL HYDRATION BREAK

    Desde Brasil 2014, cuando FIFA introdujo por primera vez los cooling breaks y los aplicó en el partido entre Países Bajos y México por los octavos de final, el fútbol contempla pausas excepcionales para situaciones de calor extremo. A diferencia de una simple interrupción para beber agua, estos descansos estaban sujetos a que se superaran determinados umbrales de estrés térmico y tenían por finalidad no sólo la hidratación sino también el enfriamiento corporal de los futbolistas mediante hielo, toallas frías, sombra u otros mecanismos de recuperación. 

    El Mundial 2026 introdujo una innovación distinta: los hydration breaks obligatorios en todos los partidos, con interrupciones de unos tres minutos en cada tiempo, independientemente de la temperatura o de las condiciones del estadio. La distinción importa porque no todo es cooling break: el cooling break es una medida excepcional vinculada al calor intenso; el hydration break es parar a tomar agua y seguir. Fijense que esto se aclara en el zócalo, que de algun modo sincera las cosas, y casi nunca dirá “cooling” porque paran a tomar agua también cuando hace 12º C y es de noche.

    UNA NOTA DE REALISMO JURIDICO: EL HYDRATION ES ADVERTISEMENT BREAK

    Conforme a los cánones irredentos del fútbol, la posición de la Cátedra es que esto es aberrante, que rompe el molde de un juego que demanda atención y tensión continua, lo degrada y lo desgaja, un espectáculo decadente cuya sola intención es que haya slots para vender publicidad dentro del partido.

    Lo bueno es que para generar esos espacios, y como el tiempo es recurso escaso, la FIFA tuvo que poner reglas muy estrictas para evitar las demoras. Cuantas regresivas de 5 segundos, el que se tira al piso no vuelve a entrar en la misma jugada, un córner en contra si el arquero demora en sacar, etc. 

    El efecto de ello es que el tiempo neto de juego se incrementó, y se pierde la interferencia antideportiva de tardar 30 segundos en hacer cada lateral desde el momento en que un equipo se puso en ventaja. Técnicamente, la FIFA recuperó un bien (el tiempo) que había sido endémicamente intrusado por los equipos demorantes en su beneficio, para proceder a privatizarlo, loteando ese tiempo para avisos publicitarios (lo que aumenta el valor esperado de su producto, y por ende la beneficia). 

    Dicho esto, vamos a lo importante, en donde quizá disentimos en la posición de la cátedra. Este cambio nos conviene y nos gusta, o mejor dicho, nos gusta porque nos conviene (es imposible fingir que podemos actuar bajo un eterno velo de ignorancia, somos actores conscientes de nuestras subjetividades, preferencias e intereses).

    El primero: el cansancio extremo deja de ser un factor. Esto es un amortiguador para jugadores senior que pueden prolongar su área de cobertura en rendimiento de elite (pienso, precisamente, en uno de ellos, que protagoniza una desaforada búsqueda de la pelota en el último minuto de un segundo tiempo, que probablemente no hubiera sido posible sin hydration break). También le calza mejor a equipos que, como los nuestros, no tienen prestaciones físicas de preparación de astronautas ni biotipo de corredores de atletismo de pista y campo.

    El segundo: favorece “ajustes”. Es una buena noticia para equipos que tienen RAM y ROM y know how para cambiar planteos. En muchos equipos sin gran repertorio táctico es una pausa para luego seguir, en los nuestros es una ocasión para -aún sin hacer cambios de formación- resetear el partido con indicaciones precisas del DT y sus unidades auxiliares.

    EL FUTBOL CAMBIO, SEÑOR PRESIDENTE

    Las goleadas son escasas. No existen equipos impresentables ni pataduras. El coeficiente de Gini de rendimiento futbolístico daría muy bajo cuando comparamos a los ricos contra los pobres. Como ocurre en el desarrollo económico (¿ocurre?), hay convergencia entre los emergentes y las potencias. Como dijo alguna vez Gargarella, en una economía global no hay heladerías muy malas, porque las recetas se conocen y se van copiando (*). 

    Esto es contraintutivo con lo que cabría esperar de la ampliación de 32 a 48 equipos, y valida esa decisión que la cátedra consideraba herética. Infantino y su “postura amplia“ han visto validada su postura.

    En este punto, surge una tentación de los reformistas, que es la de servirse otra cucharada más de la fuente, y llevarlo a 64 equipos, con la ventaja adicional de que al ser múltiplo de 2 permite evitar la asimétrica regla de “mejores terceros”.

    NO PUEDE HABER UN MUNDIAL DE 64 EQUIPOS

    La cátedra se manifiesta en contra, y estamos de acuerdo. El sentido del mundial es que es escaso en el tiempo (uno cada cuatro años) y escaso en el espacio (solo algunos países lo juegan). Si la mitad del boliche está en el VIP, deja de ser VIP.

    Y aparte nos priva del escenario de “mejores terceros” -en esto la cátedra no se ha pronunciado- que sí nos gusta como subtrama narrativa. Noten que con “mejores terceros” los resultados de unos grupos influyen en otros, y eso hace que el mundial funcione como “mundial” y no como ocho o diez minitorneos random simultáneos. 

    Esto significa que con “mejores terceros” la fase de grupos sigue -como estos días- en disputa interzonal hasta los últimos partidos de la fase de grupos, sin ellos cada grupo cierra escrutinio con el ultimo partido del grupo. El sistema de “mejores terceros” provoca mucho más movimiento e interés (incluso por el cruce de quienes juegan contra quienes en el mata-mata) que el estático “1º y 2º”, genera una estructura rizomática de cruces que alberga cambios de emparejamiento de último minuto. Y es por ende mejor sistema.

    EL CRIMEN NO PAGA

    Se hacen muy pocos fouls. El dato que todos recordaremos es que Cabo Verde se enfrentó a España y concedió una sola infracción, en el primer tiempo. Los equipos menores no salen a pegar a mansalva con el fin de emparejar la cancha a fuerza de patadas contra los hábiles desequilibrantes. 

    Mirado con lentes de Law and Economics, una primera lectura es que el crimen no paga: si se hace un foul cerca del área todo tiro libre implica riesgo de gol (las barreras se ponen a distancia reglamentaria y se respetan), que todo jugador sabe que tiene sólo dos o tres vidas antes de la amarilla y una más es roja (y no como los tiempos de titulares originales de la cátedra, donde el riesgo de amarilla comenzaba con la sexta infracción violenta o la tercera en concurso real en la misma jugada). En esta lógica draconiana, la Ley Prestianni sanciona el acto de encubrimiento con la misma pena que el delito subyacente, un criterio que parece traído del régimen del lavado de activos. 

    Obiter dicta, la cátedra se pronuncia a favor de ello, porque el solo hecho de taparse para la boca para hablar es cobarde y sin códigos, un acto técnicamente “alevoso” (alevoso, en penal, es oculto, subrepticio y rastrero, todo lo contrario al uso que casi siempre inferimos en el llano, donde “una patada alevosa” es un patadón de lucha libre, que muy reprobable y expulsable es, pero no es precisamente alevosa).

    Esto también tiene que ver con otro río subyacente: el crimen se cobra. Vimos un penal perdonado a Colombia y otro a Inglaterra, pero no hay latrocinios arbitrales. Los árbitros mejoraron muchísimo no solo en calidad, sino que también respetan los fallos plenarios y aplican criterios muy uniformes. Los errores pueden ser corregidos en tiempo real y vimos un mistaken identity, que parece título de novela de Philip Dick, que tuvo por víctima al paraguayo Almirón. 

    Llegará el día en que vuelvan a ser hombres de negro fungibles, apáticos y robotizados, como quería Montesquieu de los jueces: la boca muda que pronuncia las palabras de la ley.

    —-

    * (es probable que Gargarella no haya dicho exactamente eso)