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  • 1.  Qué ganas de que exista un CRTL+Z y vuelva el tiempo atrás y volvamos al principio del ultimo cuarto del partido: tantas veces pudimos sacar un conejo de la galera, por qué no había uno más. Decíamos en la redacción al promediar el segundo tiempo: esto es cuando en Infinity War. Doctor Strange dice que ha viajado en el tiempo para ver futuros alternativos. — Dígame Doctor, en cuántos de ellos estaremos ganando este partido? — He visto 150 escenarios, y ganamos en uno. Y era suficiente para nosotros, “elijo creer”.

    2. Pero no seamos injustos: la cuenta corriente de ese CTRL+Z ya lo teníamos en rojo desde la salvada de Dibu en Qatar hasta varias veces en este mundial (y varias veces en este mismo partido). Contra el destino final nadie la talla.

    3. La selección en este mundial mágico y misterioso vivió haciendo un reboot permanente, salvarse al borde del precipicio y hacer rewind para rescatar la victoria de las fauces mismas de la derrota. Esa sensación de montaña rusa que espeja el destino nacional, peraltado y abisal. Te invito a mi próximo infarto: un estilo de vida. Un equipo que a lo Game of Thrones se la pasó diciendo “Not Today!” y que aún reventado y descosido en la final se rescató y se dijo como Dylan Thomas: “I will not go gently into that good night”. No me voy a morir hoy, no me voy a ir así nomás.

    4. Porque la valentía es contagiosa. Un equipo que caído y luego puesto contra las cuerdas, y en la lona otra vez, seguía vivo y coleando.  Es difícil que pasen esas cosas, alegrémonos de que pasaron; fue con una intensidad que tiene alta carga viral, que deszombifica a cualquier apático o alienado: ojalá nos contagiemos todos.

    5. A partir de mañana -esto terminó, no vuelve hasta dentro de cuatro años, pero si vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el buen cura a sus misas- cada uno tiene que hacer eso que se hizo contra Inglaterra en el lugar que le toque jugar: voy a ver qué cosa se puede rescatar de esa jugada maldita, cómo cortino para ayudar a mi compa y colaborar aunque no vea el hueco para patear, qué centro puede tirarse, qué tan alto puede uno, relativamente petiso, elevarse grácilmente entre un ejército de esbirros cabeceantes.

    6. Miremos más ancho y más largo que este estrecho partido: qué privilegio haber visto en vivo (y en mi caso, como porrista fundador) este arco de redención desde aquel interinato puente hasta haber formado el ciclo con cuerpo técnico colectivo más impresionante de la historia del deporte federado nacional. Detenidos en 2019, en la tierra arrasada post Rusia, simulamos el futuro y vimos catorce millones de posibles desenlaces. ¿En cuántos éramos bicampeones de América, campeones en Qatar y finalistas en 2026? En uno. Es el que nos tocó vivir. Es difícil que pasen esas cosas, alegrémonos de que pasaron.

    7. El pasante, un técnico simplón, sensible, apartado de la mandonería, del gangsterismo y del big data, un club de amigos: en un mundo sobregirado de cinismo nos gustó mucho la narrativa -y no solo narrativa, la brutal eficacia- del poder del grupo, el rito y la amistad, una comunidad de iguales remando juntos como los noruegos en sus botes imaginarios. Esa fábula llovió durante toda esta semana sobre el desierto eficientista de LinkedIn, ganando de visitante. Es difícil que pasen esas cosas, alegrémonos de que pasaron.

    8. Miremos ahora más arriba y más profundo: estos episodios explícitos de argentinidad porosa y penetrante, ubicua y orgánica, nos sirven para darnos cuenta algo que es lo contrario del nacionalismo supremacista y repelente: es la idea de nación como un cristal de valores que nos unen y aunque sea aspiracionalmente nos definen: la osadía desafiante frente a la psícopata narrativa de favoritismo (todos te ven simpático hasta que empezás a ganar seguido), un irredentismo acá (Malvinas), un excepcionalismo plebeyo, comunitario, valiente y gracioso, de país aluvional, joven, peleón, hambriento (como el Hamilton del musical: “soy como mi país”, “young, scrappy and hungry”).

    9. Y eso es importante también porque (como decía Renan) una Nación es un plebiscito cotidiano. No es un compendio de actos administrativos, Argentina no es un accidente geográfico. Es un mundo de sensaciones. En un clima epocal disgregativo y alienante, ser en común todos algo es una recuperación de una idea tribal, festiva, confortable y a la vez empoderante: podemos (¡por una vez!) ver cosas conjugadas en primera persona del plural, no del singular. “Somos”. Somos Argentina: ved en trono no a un Borbón de décima generación, ved en trono -cantamos en cada acto escolar para no olvidarnos- a la noble igualdad.

    10. Aunque solo por hoy perdimos, volveremos, volveremos otra vez.