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  • Todo el mundo sabe que Tafí del Valle es un paraíso. Casi escondido en un valle a 2.000 metros de altura, espera fresco y verde el ascenso de los viajeros desde los campos de Acheral. Recibe entre nubes a quienes huyen del abrazo implacable del calor que pone de rodillas a la llanura.

    En la noche, cuando “le nacen violines a los álamos del valle”, reina una luna única y diferente, obsequio del coplero pronto a exiliarse. La luna tucumana que resurge cada veintiocho desvelos, eterna como la rosa de Paracelso. Solo el Tucumán ostenta el linaje de una luna propia, la que ya jamás será ninguna otra, la nacida del verbo chúcaro de Atahualpa.

    Pero lo que casi nadie sabe, es que allí, en las transitadas tierras tafinistas, a la vereda de parsimoniosos adoquines, la Panadería de Ángeles prestidigita cada mañana unas medialunas míticas, inolvidables.

    Son grandes, son más que grandes. Están hechas con manteca, pero no son “de manteca”. Habitan una masa densa pero liviana, donde el aire respira pero no pesa, y un brillo almibarado las cubre de luz y un justo dulzor.

    Ante la orgullosa espuma de estos prodigios vallistas, las atalayas no llegan ni a mangrullos.

    La esquiva luna tucumana solo se regala al paraíso calchaquí por las noches. Durante el día, cuando “cansada la luna, se duerme sobre los valles”, nos queda el azucarado consuelo de estas medialunas únicas.

    Tafí del Valle es un paraíso, y tiene medialunas de ángeles.