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  • Existe un conjunto de películas que narran el fin del Lejano Oeste y permiten decir algo acerca de la salida del mundo natural y comienzo de la sociedad moderna. Estos westerns son como instrumentos para surcar en el paso del tiempo, analizar la persistencia de ciertos conflictos, y la inevitable frustración de algunas promesas.

    A la hora señalada (1952) y la ilusoria transparencia de la gente decente

    En A la hora señalada (1952) Gary Cooper actúa de Will Kane, un sheriff que levanta su arma por última vez cuando el criminal Frank Miller, a quien había encarcelado años atrás, regresa al pueblo con su banda en busca de venganza. Su ayudante, molesto por no ser nombrado alguacil, le ofrece ayuda a cambio del cargo. Kane rechaza, sin negociar su integridad, y él lo abandona. A medida que pide ayuda a la comunidad que él había liberado de la tiranía de los criminales, esta (temerosa, egoísta o indiferente) le da la espalda y lo deja solo.

    El juez, que había enviado a Miller a prisión, huye del territorio para salvarse de la venganza de los bandidos, llevándose los símbolos o disfraces de la justicia (bandera, balanza, constitución). Al mismo tiempo, varios habitantes del pueblo esperan el duelo final con un entusiasmo sádico poco disimulado. Es la ley del Lejano Oeste, en pueblos donde no pasa nada, el tiroteo siempre es bienvenido como espectáculo.

    Kane se dirige a la iglesia a pedir ayuda a los creyentes (hombres y mujeres respetables). Inicialmente algunos hombres se ofrecen impulsivamente, recordando que fue Kane quien convirtió al pueblo en un lugar seguro y próspero. Pero pronto surgen voces disidentes. Ellos pagan impuestos para que se garantice el orden, y no entienden por qué los ciudadanos comunes deberían arriesgar la vida para salvar al sheriff.

    El debate se extiende cruelmente mientras el tiempo se agota. Finalmente, la congregación advierte sobre el peligro económico de un tiroteo en Hadleyville, la violencia espanta inversiones y pone en riesgo el futuro común, y aconsejan que Will se vaya antes de que sea tarde. Los hombres y mujeres de la iglesia revelan su cobardía y su falta de compromiso con la civilización.

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    A la hora señalada

    Como última alternativa, llevan a Kane a buscar a su mentor, el antiguo sheriff. Lo encuentra en una casa aislada, sentado en su mecedora, con artritis y sin gloria. El veterano, desencantado con la justicia, ya conoce su manera de actuar: liberar a los prisioneros en nombre de principios inasibles como la redención humana, solo para que regresen y busquen venganza.

    Tampoco le sorprende que el pueblo no haga nada para defender al sheriff; no es solo apatía, sino un profundo desinterés por asumir la responsabilidad cívica que la ley exige.  “People have to talk themselves into the law”, dice. Para romper con la inercia de la barbarie, la gente tiene que convencerse a sí misma del valor y significado de la ley. Si la cobardía y el individualismo son lo natural, lo esperable, la civilización es artificial y necesita de un proceso de socialización o apropiación.

    El silbido del tren de la tarde (arquetipo del progreso y símbolo del avance de la civilización en el Lejano Oeste) anuncia la llegada de Miller y su banda salvaje al pueblo. Will Kane, como la mayoría de los protagonistas de las películas de Zinnemann, debe enfrentar su destino solo. Con la ayuda inesperada de Amy, su esposa quaker que traiciona su promesa religiosa de no violencia y mata a uno de los bandidos, Kane vence a los bandidos. Luego de la pelea, el pueblo sale de sus escondites intentando volver a la civilización. El sheriff, asqueado, tira su estrella de lata al piso y él y su esposa abandonan Tombstone para siempre.

    A la hora señalada (1952) fue escrita por Carl Foreman mientras era perseguido por el macartismo. Por eso mismo, la película fue leída como una parábola sobre la cobardía y el miedo social frente a las persecuciones políticas en Estados Unidos. Más allá de ese contexto histórico, el film sigue funcionando como una exhibición de la fragilidad de las ficciones morales que sostienen a las comunidades modernas. Revela que a veces, las personas no son lo que parecen, y que la imagen de una comunidad respetable y civilizada no es mucho más que una apariencia.

    Cuando el aparato institucional todavía no existe como garante de la justicia, y el fervor popular le da la espalda, hace falta alguien más -el sheriff- para asegurarse que al final del día las injusticias se corrijan. Lejos de colocarnos en el lugar del sheriff, Foreman nos recuerda que lo más probable es que seamos parte del elenco del pueblo.

    En 1973, Clint Eastwood dirige una secuela imaginada de A la hora señalada (1952). En Infierno de Cobardes (1973) la llegada de un Forastero enigmático al pueblo de Lago, habitado en apariencia por hombres respetables, va revelando la complicidad colectiva en el asesinato de su antiguo sheriff. Un crimen que reaparece como una pesadilla recurrente en la que todos observan cómo lo linchan en la calle.

    Frente a la amenaza de que los bandidos regresen al pueblo, contratan al Forastero para que los defienda. Progresivamente, este humillará las distintas instituciones del pueblo. Se vengará de su hipocresía designando a un enano como sheriff, regalando el whisky del bar, desalojando a todos los hospedados en el hotel y desarmando los tablones de la iglesia en construcción. Imponiendo un control arbitrario y tiránico sobre el lugar, el Forastero ordena pintarlo de rojo, cuelga un cartel en la calle principal que dice “Bienvenidos al Infierno”, y, en el enfrentamiento final con los tres criminales, prende fuego las casas.

    La venganza se eleva a un plano sobrenatural, un juicio final propio de las narraciones del Antiguo Testamento, y el personaje de Clint Eastwood se confunde con el de un fantasma. Solo un enviado del pasado, un muerto vivo, conoce la verdad de lo que sucedió en el Lejano Oeste. Como el Forastero, el western es un fantasma que persigue a los Estados Unidos, y otras experiencias de sociedad moderna, revela secretos y endereza injusticias.

    High Plains Drifter, Larsen On Film
    High Plains Drifter, Larsen On Film

    En los westerns clásicos, predomina una especie de convicción - un alivio - de que al final se eliminarán los elementos violentos y el mundo seguirá su cauce brillante como en Horizontes de grandeza (1958). Al final un cowboy vuelve a poner al mundo cabeza arriba. Sin embargo, A la hora señalada (1952) e Infierno de Cobardes (1973) nos dicen: la violencia es la violencia, no se la puede pensar como una disfunción de la que el mundo se arregla. La historia de la sociedad moderna no es una seguidilla de triunfos inevitables que nos dirigen a un futuro más brillante. La sociedad puede ser su propio obstáculo.

    Pasión de los fuertes (1946) y el precio del orden

    En Pasión de los fuertes (1946), John Ford cuenta la historia que el mismo escuchó contar al mítico cowboy Wyatt Earp. El film se desenvuelve en Tombstone, un pueblo al borde de la civilización, dominado por dos formas de autoridad primitiva. Por un lado, el clan familiar de Pa Clanton, que domina el negocio ganadero; por el otro, Doc Holliday, que controla el juego y los salones. La incipiente comunidad, atrapada entre estas dos fuerzas, mira hacia el Este con fascinación. Quiere formar parte del mundo moderno, pero su ilusión de progreso es tan fuerte como torpe.

    Para dar cuenta de lo cerca y lejos que está el pueblo de ser una sociedad moderna Ford incluye otros personajes y lugares híbridos. Por ejemplo, al pueblo lo visita un poeta ambulante, declamado Hamlet, que recita de memoria la obra de Shakespeare. Ese destello de erudición civilizada se ve corrompida por la tendencia a emborracharse que provoca el Lejano Oeste y la persistencia de personajes del orden de lo natural (los hermanos Clanton) que encierran al poeta en un bar y se burlan de él. Otra escena ilustrativa es la inauguración de la iglesia. John Ford monta un baile en el piso de una iglesia todavía no construida, pero que ya tiene los cimientos, campanas y una estructura firme, en el medio de Monument Valley. Sin sermones, el pueblo celebra la llegada de la evangelización de la mano de las campanas a Tombstone con música y baile.

    My Darling Clementine (1946)
    My Darling Clementine (1946)

    Al enterarse de que un clan familiar de bandidos robó su ganado y asesinó a su hermano menor, Wyatt Earp acepta ser el nuevo sheriff de Tombstone. La motivación personal de venganza familiar se entremezcla con un propósito mayor. Frente a la tumba de su hermano menor Earp dice: “Cuando dejemos este país, los chicos como vos van a poder crecer y vivir seguros”. Ford consigue que la lápida de piedras se entremezcle con el paisaje rocoso de Monument Valley, como si la pérdida inesperada de su hermano menor fuera un eco lejano de un trauma nacional.

    Durante el enfrentamiento final, la justicia se presenta como un gesto ambiguo entre lo público y lo privado. Wyatt Earp se quita la estrella de comisario diciendo que se trata de un asunto familiar, pero antes de sacar su pistola presenta una orden de arresto a Pa Clanton por el asesinato de su hermano. Con la ayuda de Doc Holliday, un médico del Este convertido en bandido tan temido como los Clanton, Earp vence. En el Oeste, la justicia tiene que ser aplicada por hombres tan fuertes y temerarios como los criminales, el progreso sólo puede desplegarse con ayuda de quienes aún pertenecen al viejo mundo. Finalmente, Doc Holliday y los hermanos Clanton, los remanentes del mundo salvaje, mueren, y se abre el paso a la civilización.

    Por más que la película no nos hable directamente de la fundación de un Estado, sí dice algo sobre cómo se termina el mundo de las leyes naturales. Para Ford, son hombres como Wyatt Earp los que hacen que el mundo progrese. Las instituciones, si algún día llegan, serán un síntoma no las artífices de esta entrada al mundo moderno. El nuevo mundo se abre paso con actos individuales, necesarios para el progreso social. La Ley como principio abstracto no existe en el Lejano Oeste, por eso, se necesita la venganza personal pasa a darle sentido.

    ¿Cómo construir un significado común de la Ley que se sostenga por sí mismo? Ese es el desafío del mundo moderno. La llegada del tren, la iglesia y la escuela, ¿bastan para instituir la Ley? Difícil creerlo.

    Al final, el western no es un repositorio de certezas que ordenan el rumbo de una nación. Tampoco es un confesionario que perdona los pecados y a cambio de cinco rosarios olvida el pasado. Es más como el diván del analista, un lugar no tan cómodo en el que reflexionar sobre la evolución de temas sociales que nunca desaparecen, pero que en el mejor de los casos se vuelven más soportables.