La polémica de hace algunas semanas —cuando este proyecto editorial estaba afilando su pluma virtual— me hizo recordar la magnífica obra de Robert Cover, en particular el texto Nomos and Narrative que tradujera al español hace algunos años Cristian Courtis. Cruzarse con este texto puede ser una experiencia que cambia el destino de una vida. Ciertamente cambió la mía. Desde que me encontré con el texto en la bibliografía de un seminario que finalmente no tomé, puedo decir que diecisiete años después son pocos los artículos que escribo o que imagino en los no emerja, con naturalidad, la necesidad o el impulso de citarlo.

El texto es complejo y durante los diez años que junto a Inés Jaureguiberry enseñamos la materia Derecho Constitucional y Cambio Social / Movimientos Sociales en el postgrado de la Universidad de Palermo, siempre lo dimos como primera lectura y con esa advertencia: es un texto difícil, que requiere ser leído más de una vez para ser entendido. Su complejidad se debe a dos razones. Por un lado, es un Foreword a la Harvard Law Review, un tipo de artículo en el que autores consagrados —muchas veces, consagrados precisamente por la convocatoria— son invitados a comentar el año que pasó de la Suprema Corte de los Estados Unidos. Desde hace mucho tiempo los análisis doctrinales fueron reemplazos por trabajos teóricamente más complejos, en los que la oportunidad sirve como una excusa para profundizar una veta de investigación particular. Por otro lado, Robert Cover usa en este y otros artículos fuentes de lo más diversas y curiosas, entre ellas, textos de la tradición judía rabínica en los que el acto de la interpretación de la ley (la torá) recibe la más cuidadosa de las atenciones. Entonces, el incauto alumno de postgrado se encuentra con que en la primera clase sobre movimientos sociales tiene que leer sobre la importancia de la regla sucesoria que otorga al varón primogénito más derechos que a sus hermanos, incluso el de suceder a su padre como cabeza de la familia (por ejemplo, en Deuteronomio, 21:15—17). Pero de allí salta a la interpretación constitucional de las cláusulas esclavistas de la Constitución de Filadelfia, de Lincoln a Jefferson Davis, de Garrison a Frederick Douglass, y de allí al caso de la Universidad Bob Jones en el que estaba en cuestión el uso de reglas impositivas para sancionar prácticas cuestionadas por la ley federal, como la discriminación racial.

"Cruzarse con este texto puede ser una experiencia que cambia el destino de una vida. Ciertamente cambió la mía."

Si uno pone el esfuerzo necesario, sale de la lectura de Nomos and Narrative como una persona cambiada, como alguien que luego de leer a Cover no puede sino ver que el derecho y la ley demandan nuestra obediencia pero no de forma automática, sino en un complejo proceso de creación, interpretación, adaptación, y apropiación de los significados jurídicos, en el marco de una capacidad interpretativa igualitariamente distribuida en la sociedad, pero a la que el estado opone su monopolio o imperio: la capacidad de decidir, entre múltiples interpretaciones posibles, cuál va a recibir su favor coercitivo. En Nomos and Narrative está la llave para entender cómo el derecho es un objeto permanente de disputa en una comunidad política democrática, cómo el Estado impone de manera rutinaria sus puntos de vista sobre grupos minoritarios y disidentes y cómo —al hacerlo— nuestros nomos o mundos normativos se achican y empobrecen. La relación entre el derecho y la política se hace más clara; algunas intuiciones son confirmadas, y las visiones más formalistas y soberbias sobre el derecho se desarman como castillos de arena bajo el agua salada. Por otro lado, el derecho y la ley pasan a existir no sólo en el plano de lo actual sino que también adquiere una vida propia, distinta, en el futuro, lo que el derecho debería ser o —mejor aún— lo que podría ser.

Robert Cover, dando clases al aire libreYale Law School

Robert Cover egresó de la Facultad de Derecho de la Universidad de Columbia en 1968, y comenzó a dar clases allí casi inmediatamente. En 1972 se mudó a Yale, aunque antes pasó un año como profesor invitado en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Su judaísmo no era particularmente intenso u ortodoxo, pero sí practicante. Su temprana muerte a los 42 años disparó una serie de homenajes y recordatorios que —en general— están cruzados por la sensación de una obra inconclusa pero enormemente influyente (algo que verifican las crecientes y persistentes citas a sus trabajos a lo largo del tiempo). Y algunos de ellos destacan la importancia de la tradición religiosa en sus trabajos, como —por ejemplo— la semblanza de Randy Lee en un número especial de la Touro Law Review o la que hiciera su amigo Robert Burt en un simposio publicado en el Yale Journal of Law and the Humanities. En esos homenajes, y en su propia literatura, su fe cumple un rol, a veces central, en otros periférico—pero nunca está ausente.

Quien leyó a los textos sagrados del judaísmo y el cristianismo con cierta seriedad puede intuir rápidamente por qué tiene sentido pensar en esa tradición como relevante a la hora de entender el derecho, no en términos de lo que el derecho dice o establece (a menos que uno sea un iusnaturalista clásico) sino como parte de una práctica comunitaria, que adquiere sentido —especialmente— en el marco de una comunidad orientada a determinados fines. El derecho es un instrumento: en una democracia, de gobierno; en una religión, de salvación. Y la tradición religiosa de lectura e interpretación de textos legales (y sagrados) tiene un rol central en llevar a Cover a los mitos y las narrativas sin los cuales el texto del derecho no puede ser interpretado de manera adecuada y no es interpretado por quienes comulgan con esa práctica comunitaria. Los textualistas achatan al derecho y lo empobrecen al privarse de ese prisma, que puede —o no— tener un rol relevante en la adjudicación de casos o controversias interpersonales, pero que es fundamental para interpretar al derecho común —en el sentido de que es de todos nosotros.