• debates
  • ensayos
  • entrevistas
  • reseñas
  • Algunas advertencias “liminares”. La primera es que esto no es mi lista de los más importantes libros de derecho, ni los 12 libros de derecho que tenés que leer antes de morir, ni nada que sea otra cosa que una lista personal y hasta bitácora de un camino sinuoso (con énfasis en disfrute de lectura y relectura) intersectada por fuertes ráfagas de literatura del yo. En una lista más canónica estarían sin lugar a dudas un Hart, un Raz y un Rawls, que aquí no están. La segunda es el orden, por si se lo preguntan: no hay ninguna lógica, ni cronológica ni metodológica ni biológica, lo listé de un tirón y aparecieron en el orden en que se encuentran caóticamente en mi biblioteca.

    1. “Notas sobre Derecho y Lenguaje”, de Genaro Carrió (1a ed., 1965, con varias ediciones ampliadas hasta la 3ra). Una prodigiosa exhibición de habilidades múltiples de un jurista que jugaba en todas las posiciones de la cancha (el yeite pedagógico, el polemista, el sistematizador, el filósofo, el comparatista) y en todas las canchas (desde el terrenal análisis del concepto de arbitrariedad hasta cuestiones de teoría jurídica más etérea). Detrás de un título modestísimo (el autor, pillo, hace con eso algo de captatio benevolentia, no esperen “Tratado” aquí, nada majestuoso, son solo “notas”, y se despacha con un recital de hermosas piezas) es un libro hospitalario con el que recién empieza (mi caso al leerlo) y que acepta que vuelvas a él todos los veranos y encuentres paisajes (pasajes) espectaculares.
    2. “Fundamentos de Derecho Constitucional”, de Carlos Santiago Nino (1992). Creo que tuve suerte porque este libro me encontró con el derecho constitucional bidimensional ya aprendido, así que fue como conocer mi casa primero y enterarme después cómo eran el barrio y la ciudad (excede el espacio de estas líneas el explicar por qué pienso que esto es preferiblemente así, y sería una discusión pedagógica interesante). Los prometidos “fundamentos” y una construcción arquitectónica, rigurosa y siempre dialéctica, no “dogmatizante”, el autor no deja ninguna piedra sin dar vuelta para ver lo que hay debajo, y es un curso acelerado de teoría política, constitucional, historia y filosofía del derecho. Puede leerse en doble función con su hermano popular: “Un país al margen de la ley”, también del annus mirabilis 1992 de Nino, al tiempo que se reflexiona y que se lamenta lo que hubiera sido este libro en versiones posteriores aumentadas y actualizadas.
    3. “Los Derechos en serio”, de Ronald Dworkin (1977). Estaba estudiando con Aftalión, García Olano y Vilanova, y de pronto vi los colores. Leído no en Ariel, sino en aquella edición de tapas duras en que era el número 40 de “Grandes Obras del Pensamiento Contemporáneo” de Planeta, con un gran prólogo de Albert Calsamiglia, que se vendió por algún tiempo en los kioscos (PVP, 10 pesos, o sea 10 dólares)  y por mucho tiempo en librerías de saldo. Detrás de la utópica búsqueda de respuestas correctas y el viaje mítico del Juez Hércules, hay una vocación virtuosa de “entender” el sentido de las prescripciones y ser consistente y no divergente con sus reglas y principios: el derecho no es jugar al ring raje con las normas. 
    4. “A history of the Supreme Court”, de Bernard Schwartz (1993). Lo leí en tándem con “A People´s history of the Supreme Court” de Peter Irons (1999), a quien entonces mencionamos aquí ex aequo. Libros que aquí no podríamos escribir (hay acercamientos, como la serie de Clérico y Gaido a través de presidencias contemporáneas de nuestra Corte, los tres tomos de Alfonso Santiago) con ese nivel completísimo de detalle de contexto. Injurias personales, complicidades, trastiendas, coincidencias y grandes tendencias epocales a tiempo y destiempo, explicadas con pelos y señales, toda la materia prima del realismo jurídico y la súbita conciencia de que más allá de nuestros juegos de manos de premisas y conclusiones la vida del derecho está vaciada en el molde de una sociedad y una historia. No diré que la historia se repite ni que rima, pero nos pone todo en perspectiva: nos interesa porque eso que nos sirve para entender a la Corte Marshall y también vale para entender dinámicas y escenas de cualquier corte en cualquier lado y en cualquier época.
    5. “La Responsabilidad Civil en el Nuevo Código”, de Matilde Zavala de González, con la colaboración de Rodolfo González Zavala (cuatro tomos, 2015-2019) . Sonará rara la elección de una obra tan “derecho para el abogado litigante” frente a las otras de esta lista. Esa es precisamente la razón por la que la incluyo: el derecho no es solo un mundo de discusiones filosóficas, sino que llega a tierra cuando A demanda a B y C resuelve. Son cuatro tomos que comentan los artículos 1708 a 1780  del CCyC, y por eso también es un homenaje al ortodoxo formato de los Códigos Comentados. Pero más allá de estas justificaciones externas: es admirable la forma en que Zavala de González razona en el aire, distingue, interpola, acota y expande: un ejercicio vivo y pulsante de interpretación jurídica, que era en buena medida “autoportante” porque la autora no se esconde detrás de togas y pelucas de jurisprudencia y doctrina sino que (especialmente en textos “vírgenes” de toda prehistoria jurisprudencial) nos lleva de la mano a explicar por qué y como transforma las brutas normas en elegantes y rizomáticos criterios. Uso este libro como botón de muestra, porque Matilde Zavala de González era una genia del derecho y este gran finale (en parte coeditado por su hijo Rodolfo) fue la obra póstuma de su larguísima bibliografía de libros terrenales y prácticos con enorme sustancia y ojo clínico jurídico.
    6. “El caso de los exploradores de cavernas”, de Lon Fuller (1949), . Librito-cuento (traducido a nuestro idioma por Genaro Carrió, gran traficante de ideas jurídicas al español)  hermosamente escrito y pensado. Se lee de un tirón, y a medida que avanzamos en los votos todos tienen un poco de razón y todos se equivocan. La sentencia mejor escrita sobre un caso que nunca existió, y además, la festiva reivindicación de que el derecho puede ser genuinamente divertido (las chicanas de los jueces, sus boutades, sus digresiones, son hilarantes). No dudaría en calificarlo de cuento borgeano.
    7. “El derecho como razón pública”, de Owen Fiss (2003). Cada uno de los ensayos reunidos es un transformador de corriente alterna (colecciones de algo suelto, algo usado, algo prestado) a corriente continua (pensarlos qué silbato tocan cuando los ponemos a mirar como sistema mas allá del accidente procesal). Las formas de la justicia, los peligros de privatizar el conflicto, la obsesión por la objetividad, las acciones colectivas como dispositivo político y la burocratización del poder judicial aparecen aquí no como piezas aisladas sino como variaciones de una misma preocupación: cómo preservar al derecho como práctica pública en una época que constantemente lo empuja hacia la tecnocracia, la negociación o el cinismo. Fiss escribe como alguien que todavía cree -sin ingenuidad, pero también sin pedir disculpas por ello- que los jueces, los procedimientos y las instituciones pueden ser algo más que administración prolija de relaciones de fuerza. 
    8. “El análisis económico del derecho”, de Richard Posner  (1973). Una monumental “teoría del todo” (sucesiones, impuestos, división de poderes, todo tiene su espacio bajo el universo del law and economics) que admite lecturas y refutaciones parciales. Su merecida influencia, su obsesión por el improbable alineamiento de estímulos, instituciones y respuestas, su búsqueda de externalidades, una forma de escapar de la asfixia del silogismo, la autoridad y un intento osado de ver si en un punto lejano lo bueno y lo útil se unen o divergen.
    9. “El derecho como una conversación entre iguales”, de Roberto Gargarella (2022). Bellamente escrito, un libro de Roberto pero también un poco un libro en el que todos podemos estar en la mesa: vemos “la matrix” que conecta y sistematiza ideas y criterios sobre igualdad, moral pública, reproche penal, libertad de expresión, derecho a la protesta. Inspector riguroso de las salas de juegos y de las salas de máquinas del poder, es una “retrospectiva prospectiva” (como en tantos otros, la fecha engaña, porque recupera y encaja ideas y escritos previos del autor) que lejos de funcionar como dispenser de verdades, dogmas y opiniones performa en su desarrollo la misma idea de fondo del título: una deconstrucción que paradójicamente busca recuperar la única forma en que el derecho puede reclamar autoridad válida para regir la conducta de personas que se dan reglas para vivir juntos. .
    10. “Derecho Penal, Parte General”, de E. Raúl Zaffaroni, Alejandro Alagia y Alejandro Slokar (1ª Ed., 2000; 3ª ed. 2025). Nadie puede entender el derecho sin verlo en donde probablemente nació y sigue dominando el imaginario popular, en los delitos y las penas. El derecho penal es de alguna manera la lingua franca del derecho (y por eso puede permitirse que este libro no quede tan “anclado” en el derecho argentino). Va a las raíces con una buena historia del derecho penal, recupera escuelas, sueños y pesadillas, propone un sistema casi propio, y nos da la base para entender otras ideas y escuelas. Bien plantado en la intersección entre academica y buena prosa, ATP y APB, forma parte de nuestro botiquín de primeros auxilios para internarnos en las artes oscuras de esa rama del derecho que pensamos como última ratio y que al mismo tiempo vemos omnipresente en cada vueltita de la rueda de scroll del ratón. 
    11. “Elogio de los jueces escrito por un abogado”, de Piero Calamandrei (1935). Acaso ingenuo, sin dudas impresionista (no verán acá teoría ni data dura ni veleidades filosóficas) es un proto tratado de antropología jurídica que sirve para mostrar gajes y problemas del oficio. Cada una de las viñetas despierta en un lector la epifanía: tiene razón en lo que dice, pasa todo el tiempo, me pasó, y si no te pasó te va a pasar. Atemporal y de encandilante lucidez, tiene insights y anécdotas para ilustrar bibliotecas enteras y nutrir a partir de anécdotas agendas de investigación de los más diversos temas: litigación, retórica y oratoria, interpretación del derecho, microfísica del poder judicial, dinámica del conflicto mas allá del juicio, y hasta arquitectura judicial.
    12. “Recuerdos de un abogado patagónico”, de Julián Ripa (1984). La secuela de otro libro del autor: “Recuerdos de un maestro patagónico”. Conocía mi papá vagamente a Julián Ripa (era, como él, “maestro rural” en escuelas de frontera de dotación “unipersonal”: el director era el maestro y el portero y el sereno, y de ahí “aquel” libro); Ripa en simultáneo estudió derecho a distancia y luego abriría su estudio en Esquel, dando lugar a una mina de semblanzas, anécdotas, casos y largos pasillos narrativos nihilistas y chispazos de luz de justicia. Como aquel programa de ATC de los ochenta, es un “Historias de la Argentina Secreta”, un western patagónico (la ley en el fin del mundo, la idea de la fordista “Un tiro en la noche”). El derecho como épica moral y como novela de aventuras: pinta tu aldea y pintarás el mundo jurídico. Así empieza el libro y esta es la contratapa.