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  • Un cuerpo, un cuerpo de mujer, cuerpos sexuados. Hay mucha literatura que identifica la belleza deseada con el cuerpo de mujer, los senos turgentes, la juventud lúbrica y entregada.

    Yo quisiera contarte, voluptuosa hechicera,
    los encantos que adornan a tu edad juvenil;
    yo quisiera pintarte tu belleza
    en que veo mezclada la mujer con la niña.

    Así empieza Charles Baudelaire su invocación en El hermoso navío,1 un viaje al cuerpo de la mujer joven, como quien entra en las apasionantes profundidades marinas. Hay muchas poéticas construcciones de la sexualidad femenina en la mejor tradición literaria y una dirección constante que apunta a la posesión, el dominio, el juego que controla y somete. Algunos lo han dicho sin ambages, con segura prepotencia.

    Bella, mi bella,
    tu voz, tu piel, tus uñas,
    bella, mi bella,
    tu ser, tu luz, tu sombra,
    bella,
    todo eso es mío, bella,
    todo eso es mío, mía

    Pablo Neruda2 confirma la representación de la heterosexualidad como prolongación del deseo masculino, comandante implacable de relaciones silentes, donde la libertad de ella viaja en él, en sus alas viriles, sus garras de tigre, su vuelo de cóndor. Y de tanto rondar el romanticismo machirulo, inculcaron la temerosa ilusión de cenicienta.

    Todas íbamos a ser reinas,
    y de verídico reinar;
    pero ninguna ha sido reina
    ni en Arauco ni en Copán…

    Gabriela Mistral3 sentencia el corazón encogido de las chicas que callan, con su callar atado a la casa, a la intimidad, a los cuidados, tal vez a una canción que suena y manda, comanda y daña.

    En estos días las noticias sobre más agresiones a la integridad y a la sexualidad nos han sacudido otra vez, de la mano de periodistas que han investigado y revelado testimonios que acusan al cantante Julio Iglesias, y han abierto también la puerta de la jurisdicción frente a la presencia de indicios delictivos.4 En este caso, como en tantos otros menos sonados por menos mediáticos, la denuncia de agresión deja ver muchas claves para su ejecución, y revela que la violencia sexual se alimenta de un complejo entramado de significados sociales y culturales, que van más allá de la nuda noción de consentimiento. En España llevamos unos años discutiendo sobre delitos sexuales y consentimiento; la reforma legislativa que tuvo lugar en 2022 puso de relieve las dificultades que a veces plantea resistir la agresión sexual en un contexto de relaciones asimétricas, así como el bloqueo para decir no cuando hay violencia ambiental, vínculos jerárquicos, presión emocional o, como en el caso señalado, una relación laboral que constriñe.5 Este proceso de debate en el que nos encontramos aún inmersas ha sido sin duda saludable, y hoy permite acoger noticias como la del cantante guaperas sentado en el banquillo mediático, social y judicial. La noticia interroga con crudeza al personaje de las canciones sensibleras que en los 70 ponían banda sonora a las vidas de muchas mujeres, tal vez insatisfechas con su intimidad forzosa, esa polar intimidad escrutada por Emily Dickinson,6 ese sitio profundo de desigualdad.

    Cuando la agresión sexual acontece en el espacio laboral, la presión que ejerce la jerarquía se revela rápidamente como explotación, y la afrenta a la dignidad aparece con contundencia y dureza, porque el trabajo, como señalara Catharine MacKinnon, es una pieza clave para la supervivencia de las mujeres, es el espacio en el que libran la batalla por su autonomía y su independencia.7 La violencia sexual en el ámbito laboral subraya y refuerza la desigualdad y la discriminación que entraña la violencia de género.

    "Para valorar el daño sexual necesitamos conocer el espacio de significados en el que transcurre la interacción sexual heterosexual."

    Muchas son las cuestiones que se manifiestan cuando hablamos de violencia sexual, aquí he mencionado ya algunas: desigualdad, relaciones asimétricas, jerarquías, intimidación cultural, presión emocional. Estos condicionantes rondan y forjan la sexualidad como práctica social. Para valorar el daño sexual necesitamos conocer el espacio de significados en el que transcurre la interacción sexual heterosexual. Desde la psicología se ha señalado lo que se conoce como el doble estándar sexual, o lo que es lo mismo, la diferente percepción y valoración que chicos y chicas, varones y mujeres, tienen de la sexualidad. Ellas y ellos se mueven por el espacio heterosexual con guiones de género que van marcando sus prácticas. Diversos estudios demuestran la muy diferente iniciación sexual por parte de varones y mujeres.8 Resulta revelador que los aspectos de su sexualidad sobre los que las adolescentes, las mujeres jóvenes, hablan con mayor frecuencia sean los relacionados con el temor a quedar embarazadas y a las violaciones que suceden tras una cita. El guion femenino del sexo transita un sendero distinto del masculino, y en ellas el deseo se matiza y se retuerce, se salpica y se daña, hasta mermarlo, casi acallarlo.

    En la adolescencia, chicos y chicas van conformando un estándar sexual desigual; ellos responden a los imperativos de la masculinidad, demandan belleza, buscan cuerpos, placer genital y ofrecen lo que buscan; ellas avanzan con su feminidad romántica —a veces en jaque, pero resistente—, sus miedos, ofreciendo belleza al gusto de una cultura hipersexualizada en muchas de sus manifestaciones contemporáneas -músicas, tendencias estéticas o de moda.

    Estos antecedentes son importantes para entender cómo se gesta la violencia, con qué lodos se cuecen estos barros del atropello sexual, una interacción que encuentra a varones y mujeres posicionados de manera desigual, asimétrica, patriarcal. Mitos y creencias han forjado una interacción sexual presidida por la imposición del deseo sexual masculino a manera de patrón universal de deseo y placer. La posición de la mujer como suministradora de placer sexual masculino determinó la construcción de modelos, estereotipos, aspiraciones, fantasías y horizontes de satisfacción masculina que han tenido a las mujeres por objeto. La sexualidad ha reflejado de este modo prácticas sociales más extensas, con sus significados asentados en la cosificación, esa poética construcción de la belleza que se disfruta con la posesión.

    Vienes fabricada
    por veinte siglos
    de predestinación
    en que te hicieron así
    los hombres anteriores
    para amarte según sus necesidades
    e imperios
    y esa tradición
    si injusta
    y violatoria
    no es, en resumen,
    el menor de tus encantos.
    9

    Habrá quienes piensen que aún en este contexto de significados patriarcales en torno a la sexualidad heterosexual queda un espacio para resistir los avances y propuestas que no se quieren consentir. Debemos preguntarnos si ese lugar es de verdad diáfano, si es siempre el mismo; acaso no acechan ese espacio los guiones que transcurren en paralelo y que con demasiada frecuencia se cruzan violentamente, sin preguntar, sin comunicación, desde la superioridad de estatus que bloquea, silencia, somete.

    Ella rehúsa y calla.

    Pero la oscura y verde mujer
    que vive dentro
    de ella

    muerde rabiosamente
    y traga.10

    Habrá quienes piensen que hay lugar para la resistencia incluso en ese reducido espacio ensombrecido por la desigualdad, la jerarquía, el doble estándar sexual, el mito del cuerpo de mujer joven que rezuma deseo. Cómo sería ese espacio en que se mueven muchas mujeres, jóvenes, a veces racializadas, trabajadoras, en contextos de intimidación cultural, económica, social; cómo sería decir no, rechazar, poner aún más el cuerpo ya vejado, tal vez correr o huir. La sexualidad heterosexual transcurre en contextos donde el sí o el no se dicen con significados densos y complejos; el consentimiento muestra su tejido de relaciones y emociones ya forjadas.

    No ser casada en un negocio,
    medida en cabras,
    sufrir gobierno de pariente
    o legal lapidación.
    No desfilar ya nunca
    y no admitir palabras
    que pongan en la sangre
    limaduras de hierro.
    Descubrir por ti misma
    otro ser no previsto
    en el puente de la mirada.

    Ser humano y mujer, ni más ni menos.11

    Salir de una sexualidad zaherida y sometida no parece tarea que puedan resolver las mujeres solas ni solo con palabras. Develar la violencia, la explotación y la pretensión de impunidad debe ser un compromiso de toda la sociedad.


    1. Las flores del mal, introducción, traducción en verso y notas Carlos Pujol, Barcelona, Austral, 2022, p.79. ↩︎

    2. Bella, Obras completas, Buenos Aires, Losada, 1962, p. 889. ↩︎

    3. Todas íbamos a ser reinas, Antología, Barcelona, Alfaguara, 2019, p. 286. ↩︎

    4. Ver el artículo de Elena Cabrera y Ana Requena Aguilar. ↩︎

    5. La conocida como ley del solo sí es sí, Ley Orgánica 10/2022 de garantía integral de la Libertad Sexual (LO 10/2022), fue posteriormente modificada por la Ley Orgánica 4/2023, aunque sin cambios en lo relativo a la definición del consentimiento incluida en el artículo 178, inciso 1, del código penal español. ↩︎

    6. Poem 1695, Silenzi, Milano, Feltrinelli, 2007, p. 180. ↩︎

    7. Recordemos que el libro de Catharine MacKinnon, Sexual harassment of working women: A case of sex discrimination, Yale University Press, 1979, fue pionero en la conceptualización del acoso sexual laboral. ↩︎

    8. Para la bibliografía sobre estos aspectos de la sexualidad heterosexual, se puede consultar La sexualidad y el concepto de consentimiento sexual, en Doxa 47, 2023. ↩︎

    9. Cristina Peri Rossi, Poesía completa, Madrid, Visor, 2021, p.211. ↩︎

    10. Circe Maia, No y sí, Obra poética, Montevideo, Reveca Linke editoras, 2018, p. 338. ↩︎

    11. Ida Vitale, Fortuna, Poesía reunida, Barcelona, Austral, 2022, p. 107 ↩︎