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  • Hace un par de semanas leí por acá a María Lina Carrera y a Natalia Saralegui hablar sobre la importancia de contar historias para romper el envase al vacío y lograr que “entren ráfagas de aire a esos escritorios del sistema judicial”. Algo que debería darse por sentado —como punto de partida para que el derecho sea vivo y justo—, pero que aun así hace falta señalar una y otra vez.

    Hay otra dimensión del acto de contar historias que se vincula directamente con la justicia: el poder que han tenido y siguen teniendo tanto la literatura como el cine para generar escucha frente a situaciones injustas o a la limitación de derechos. No se trata de exigirle al arte que haga lo que las instituciones no logran por sí solas, sino de reconocer que, a veces, necesitamos que las historias se cuenten en otro registro para terminar de entender.

    Cuando en agosto de 2018 se perdió la votación en el Senado durante el debate por la legalización del aborto, uno de los argumentos más repetidos por quienes querían darle un barniz de seriedad a su decisión era que en la Argentina no había mujeres presas por aborto. El caso de Belén —la joven que estuvo casi tres años detenida en una cárcel de Tucumán entre 2014 y 2016— había estado presente en los plenarios de comisiones de ambas cámaras, pero no importó. Tampoco importó el informe de la Comisión de Género de la Defensoría General de la Nación, que relevaba 167 causas penales por aborto propio entre marzo de 2011 y febrero de 2016, sin contar los procesos iniciados en Tucumán, San Juan y Salta. Ni la virtual condena a muerte de Ana Acevedo, a quien se le negó tratamiento contra el cáncer por no permitirle abortar. Ni los múltiples casos de violencia institucional frente a emergencias obstétricas. No había escucha.

    Camila Plaate en “Belén” (Dolores Fonzi, 2025)

    Después de aquella derrota, una de las abogadas que más trabajó los argumentos sobre la no punibilidad del aborto en Argentina y luego los de su legalización— me propuso acompañarla a Santa Marta, Colombia, a un congreso sobre Derechos Sexuales y Reproductivos organizado por la Rama Judicial de ese país. El objetivo era compartir experiencias y pensar estrategias para incorporar la perspectiva de género —que no es otra cosa que perspectiva de derechos humanos— en la justicia.

    El segundo día llegué tarde a la primera actividad y pregunté qué me había perdido. Me dijeron que se había proyectado un documental llamado Vidas Robadas, una investigación conmovedora sobre violencia sexual contra niñas, realizada por la organización de mujeres Axayacalt, de Masaya, Nicaragua, que trabaja en prevención y acompañamiento de víctimas. Durante el intercambio posterior, una representante de la delegación chilena contó lo importante que había sido para el debate de la ley de identidad de género la película Una mujer fantástica, de Sebastián Lelio, protagonizada por Daniela Vega. Ahí, casi como una reacción impulsiva, dije: “Bueno, entonces tendremos que hacer una película para que el aborto se legalice en Argentina”. Lourdes Bascary, abogada feminista tucumana que estaba también allí, me miró y respondió: “Vos tenés que hablar con Belén”.

    Cuando volví a Buenos Aires y empecé a comentarlo con amigos y conocidos, trataron de explicarme que no era tan fácil “ir y hacer una película”. Lo sabía, pero no me lo iba a sacar de la cabeza. Empecé a escribir el libro y, en el proceso, entendí que lo importante era contar todo lo que no sabíamos del caso Belén: entrar en su vida, en lo que vivió antes, durante y después de la cárcel. Sin saberlo del todo, empecé a hacer algo que después aprendí a nombrar: un ejercicio de justicia epistémica. Relatar, con la mayor fidelidad posible, la red inmensa que se desplegó para lograr su liberación: desde la psicóloga que alertó a Soledad Deza – la abogada que tomó el caso- sobre la existencia de una mujer presa por aborto, hasta el trabajo incansable de organizaciones como Amnistía Internacional, Innocence Project, CLADEM, el CELS y tantas otras. Nadie se salva solo, lo dicen en El Eternauta, lo vivimos con Belén y el movimiento de mujeres.

    Un mes antes de la publicación del libro Somos Belén me reuní con Blas Martínez, guionista y director de documentales, a quien no veía hacía más de veinte años para contarle que quería transformarlo en película. Blas, hijo menor de Tomás Eloy Martínez, con mucha generosidad le llevó la propuesta a Leticia Cristi y Matías Mosteirin, de K&S, y ellos a Javiera Balmaceda, de Amazon.

    En el medio, Dolores Fonzi —la misma que en 2016 rompió el protocolo de los Premios Platino desplegando un cartel que decía “Libertad para Belén”, la misma con la que marchábamos en 2018— empezó a dirigir cine. Hoy, la historia de Belén es una película dirigida por ella. Algunas referentes históricas de la Campaña por el Aborto Legal, cuando la vieron, nos confesaban en voz baja: “Vinimos a apoyar por la causa y nos encontramos con una película maravillosa”. Un director de cine dijo “lo que más me gusta es que transmite que si en algún momento se pudo, se va a poder de nuevo”. Muchísimas mujeres, hombres, abrazan al que tengan a mano de la película para decirle: “gracias por esto”.

    Belén, la película, mantuvo algunos fragmentos y situaciones que están documentadas en el libro, y agrega el trabajo artístico de Dolores y su equipo, una adaptación de guion extraordinaria junto a Laura Paredes, con la colaboración de Carolina Santos y actuaciones memorables de Camila Plaate, Julieta Cardinali, Liliana Juárez, Ruth Plaate, Sergio Prina, César Troncoso y Luis Machín, entre otros.

    Cuando volvió a debatirse la legalización del aborto en 2020, fragmentos del libro fueron citados textualmente en el Congreso para fundamentar votos a favor. El cine permite llegar a muchísima más gente, de otras regiones, otras latitudes y otros idiomas, pero incluso con una película lograda aparece otro escollo: que se valore como obra una historia que habla de algo que afecta principalmente a mujeres, y a mujeres pobres; que se aprecie una película donde las mujeres ocupan roles centrales en la dirección, la producción y el relato.

    Las mujeres, históricamente, demoramos en ser escuchadas. Belén ya conmovió a muchísima gente y fue incorporada a clases de derecho, salud, cine, literatura y psicología apenas se estrenó. En Argentina, Mexico, Chile, España, Francia, por lo menos hasta donde tengo registro. Parece destinada a perdurar, pero ¿habrá que esperar para más adelante para verlo, como esperaron tantas veces las mujeres? En un contexto global que niega las desigualdades, ¿qué lugar les damos a las narrativas que, desde el arte, buscan nombrarlas?

    Queda pendiente otro tema: la ética de las narrativas. En el derecho, un caso ganado puede vivirse como el gol del campeonato. La diferencia es que acá hay personas. Eso nunca debería perderse de vista. En el libro y en la película, este punto fue hablado y acordado. No debería ser una rareza. Tal vez sea lo más difícil de contar, pero también una de las razones por las que esta película importa.

    Ojalá la vean quienes aún no lo hicieron. Y no dejemos de contar historias: sin olvidar a las personas que están detrás, y sin perder de vista el arte, que lo necesitamos más que nunca.