Cuando en El Aleph, el personaje Borges decide que todos los 30 de abril concurrirá a la casa de Beatriz Viterbo, aquella mujer que amó y que a él no lo quiso, cree que así podrá detener al tiempo. Obvio es predecir su fracaso. Lo que en vida de Beatriz era un cotejo inútil, se transformaría en un nicho inmóvil en el que el amante frustrado sobreviviría sin riesgos. La fecha elegida era la del cumpleaños de Beatriz, excusa perfecta para consagrarse a su memoria “sin esperanza, pero también sin humillación”.
No es un spoiler decir que, al personaje, después de más de diez años de visitar la casa de la calle Garay con el descubrimiento de El Aleph de por medio, se le desdibuja el rostro de aquella a quien decía nunca dejaría de amar.
El 14 de junio se cumplieron 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges, un escritor al que no cesamos de leer. El año pasado fueron 80 años de la publicación de El Aleph y lo festejamos con exposiciones, conferencias y mesas de debate. En 2023 recordamos los cien años de la publicación de Fervor de Buenos Aires con festivales de poesía y edición ad hoc. Atrapados en el mundo Borges, estamos destinados a conmemorar quizás su primer diente de leche, el día que empezó a caminar o aquél en el que supo que su ceguera le impediría seguir con la escritura a mano.
¿De dónde sale ese superpoder capaz, incluso, de opacar a tantos otros escritores y escritoras cuyas galaxias giran por detrás y, muchas veces, alrededor de Borges? ¿Cómo es que sigue sorprendiendo, cómo es que se renueva el interés del mismo modo que sucede en los ciclos interminables de sus relatos? La respuesta más simple, y que imagino correcta, es su literatura. Vivió en Buenos Aires durante parte del siglo xx, un escritor con una capacidad para desplegar ideas disímiles en un tejido de historias, versos y ensayos tan potentes y propios que pareciera que no hay manera de no caer bajo su influjo. De ahí la profusión de libros como Borges y las matemáticas, Borges y la música; Borges y la arquitectura; Borges y la política; Borges y la física cuántica, Borges y el big data, Borges y el derecho. Un escritor que piensa o nos permite pensar universos muy diferentes. Con esto no se pretende reducir la experiencia estética a derivaciones científicas o conclusiones acerca de la vida. No lo leemos en busca de una fábula que nos provea de enseñanzas. En un famoso ensayo Susan Sontag renegaba de las interpretaciones aplicadas al arte a las que calificaba de asfixiantes y reaccionarias, ¿a cuentas de qué reducimos una obra a una explicación, a un esquema mental de categorías?
Sucede, sin embargo, especialmente en Borges, que se producen núcleos de significado de una densidad tal que nos empujan fácilmente a otras reflexiones. Tampoco se trata de desentrañar el contenido “verdadero” de un texto, o de competir por ganar la cucarda de haber resuelto qué quiso decir cuando dijo algo; sino de nutrirnos de pensamientos surgidos a partir de aquello que leemos. Es como si el autor hubiera sembrado semillas de diversos órdenes y especies y en cada uno crecieran a su modo y tiempo.
Hace mucho ya descubrimos que el texto no es lo que el autor espera que sea. No sabe el autor qué es lo que generará en el lector y quien lee no sabe qué movió al escritor a fijar esas ideas en las palabras y las frases que conforman un cuento o un poema. En el Evaristo Carriego Borges refiere que “inferir de un libro las inclinaciones de su escritor parece operación muy fácil, máxime si olvidamos que éste no redacta siempre lo que prefiere, sino lo de menor empeño y lo que se figura esperan de él”. Menciona en otro texto la mera ilusión de creer que “diez minutos de diálogo con Henry James nos revelarían el ‘verdadero’ argumento de Otra Vuelta de Tuerca”. El lector no puede hablar del autor, sino más bien de la idea que tiene de él, basada en las características que le asigna. Tampoco lo que dice el autor se condice necesariamente con su intención. Puede estar motivado en otros intereses además de aquél que pueda hacer explícito. El sometimiento de quien escribe a reglas o preferencias estéticas es, además, un filtro que no puede resultar invisible a quien pretende extraer significados de un texto (¿por qué el Aleph, termina en dos ph y no en f?, le preguntaron en una entrevista, porque sonaba mejor, me gustaba más, contestó). La búsqueda de una rima, una cadencia o un cierre repentino, pueden determinar contenidos diversos. No me voy a detener aquí sobre las derivaciones de lo anterior hacia las discusiones sobre interpretación de la ley, la búsqueda de la intención del legislador, el carácter creador de los jueces cuando “dicen” el derecho.
La obra de Borges, por otra parte, contiene reflexiones y búsquedas de sentido que se proyectan sobre conceptos como ley, merecimiento, justicia o castigo. El mundo azaroso y abrumador de una Babilonia que ha decidido que el reparto de bienes y castigos depende del azar; la imposibilidad de pensar en abstracto de parte de un paisano de cara aindiada postrado en un catre en Fray Bentos; el intento por comprender el pensamiento de un jerarca nazi que cuenta sus crímenes en un límite entre la explicación y la justificación antes de ser ejecutado; las reflexiones en torno a las opciones de un Sancho Panza gobernador y juez ante una sentencia aparentemente imposible; el juzgamiento por jurados de un cruel juez inglés en el territorio de la India colonial; el duelo intelectual de dos teólogos donde la denuncia velada de uno deriva en la sentencia de muerte y hoguera para el otro; la conversión de un policía que enviado a atrapar un asesino no está dispuesto a tolerar que se mate así un valiente.
Es este último caso el de Cruz, un sargento de partida que, destinado a detener a Martín Fierro, se reconoce en él y abandona a su partida para pasarse de su lado. Breve entre sus cuentos breves, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz recrea la vida del personaje antes del “momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. A diferencia de Martínez Estrada, para quien Cruz es la perdición de Fierro, un personaje repugnante e indigno, un traidor a la ley, la vida que Borges cuenta de Cruz no es materia de reproche y está cruzada por menciones a sus propios antepasados, por citas de Yeats y de San Pablo sobre el significado íntimo de nuestros actos. A quién y hasta que límite se debe fidelidad, por qué obedecer las órdenes y cuál es su significado, en qué momento se reconoce uno traicionándose a sí mismo. “No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos), fue un iluminado, un converso”, dice de un guerrero lombardo que abandona a sus hombres para pelear del lado de la ciudad que hasta ese momento asediaba, en el cuento anterior dentro del mismo libro de relatos. La biografía de Cruz puede ser pensada en torno al modo en que nos reconocemos, construimos comunidad y nos relacionamos con la autoridad. Borges ha escrito sobre la gauchesca, un género que, dice, es “tan artificial como cualquier otro. No es obra de gauchos, sino de hombres de ciudad que imaginaron el habla y la vida del gaucho”, pero que se constituye luego, desde esa ficción en un habla que los identifica o que construye su imagen. A quién representa un texto o una idea, cómo se adecua un discurso al contexto en que se aplica, el poder entrecruzado de realidad y ficción, son cuestiones demasiado próximas a quien analiza los discursos teóricos acerca de sociedad y Estado.
Esa biografía de pocas páginas publicada en la revista Sur en 1944 ubica a los personajes hacia el final de la Ida de Martín Fierro. Otro de sus cuentos, “El fin”, ligado a la segunda parte del poema de Hernández, imagina un encuentro pendiente entre el moreno y Fierro, un duelo en el que muere el protagonista del poema, pero de alguna manera subsiste en su matador. Se ha dicho que el final del poema de Hernández describe al gaucho pacificado, incorporado a una Argentina en la que ya no tiene sentido revelarse, un cierre en el que padre e hijos se desperdigan por la pampa y cambian su nombre; Borges elige un final en el que Fierro regresa al duelo a cuchillo y su matador reinicia el ciclo del poema.
¿Por qué Borges vuelve al Martín Fierro, ese libro que admira, pero al que compara con Facundo cuando sostiene que nuestra historia sería otra y mejor si hubiéramos elegido la obra de Sarmiento? Si se lee con atención, no está hablando de las bondades estéticas de cada obra, ni siquiera de su contenido, sino de aquello que encontramos en cada una, aquello en lo que nos vemos reflejados, el efecto haber elegido a uno y no otro como libro nacional. Cruz, por su lado, comprende que todo hombre debe acatar su destino, y se vuelve del lado del desertor. Un destino que es en verdad una decisión. En otro de sus cuentos más famosos, en la lotería en Babilonia, una sociedad vive sometida al azar. Pero no se nos presenta como un azar impuesto por la fatalidad, sino que surgió de la elección de sus habitantes. Entre merecer un castigo y recibirlo porque así lo ha determinado la suerte, los babilonios eligen lo segundo.
Han pasado cuarenta años desde el fallecimiento del Borges que escribía cuentos con un personaje Borges que fantaseaba anclarse en el calendario. El Borges personaje de El Aleph había pretendido que el tiempo se detuviera; “Cambiará el universo, pero yo no, pensé con melancólica vanidad”, decía al inicio. Es este, además, un aniversario con número bíblico: cuarenta fueron los días del diluvio, el tiempo de Moisés y de Cristo en el desierto, los años que llevó el éxodo a través del desierto. Períodos de tiempo que parecieran destinados a la transformación, a representar una pausa hacia un momento distinto.
Los aniversarios pueden ser excusas para proveernos de una noción del tiempo medible, de cuánto hemos crecido, de cuál es el recorrido que tomamos desde un punto que seleccionamos del pasado y repensar el lugar en el que estamos y de dónde venimos. Solo debiéramos percatarnos de no repetir a Borges como figura decorativa, eludir el rito vacío. En uno de sus cuentos, en “La Señora Mayor”, se narra el festejo en enero de 1941, de los cien años de la última hija viva de guerreros de la independencia. Un ciclo de la historia argentina que se cierra, en un personaje ajeno a un festejo que nada tiene de significativo más que una pompa circunstancial.
Cien años antes, en 1886, moría en Buenos Aires, José Hernández, creador de las figuras de Fierro y de Cruz. Dice de él Borges que hizo lo único que puede hacerse con la tradición, modificarla. Traicionarla, quizás podamos animarnos a decir. Crecer es ser infiel al pasado, querer otras cosas, una afirmación de que las cosas pueden ser mejores. Borges también se definió a sí mismo como un traidor en referencia al dogma del ultraísmo del que antes había sido vocero. Quizás el mejor modo de festejar un aniversario que lleve su nombre, es leerlo siempre de nuevo, pensar otra vez en Cruz, en el guerrero lombardo, en buscarle el hilo y ser esa tradición de la que provenimos, pero también ser diferentes.