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  • A Matías

    Mi madre ha sido siempre atea practicante, de esas que dicen Darwin en vez de Navidad. Sospecho que nos mecía en la cuna repitiendo como un mantra “venimos de los monos, venimos de los monos”. La emocionaban pocas cosas tanto como enseñarnos a identificar coleópteros, lepidópteros y dípteros, explicarnos las formas reproductivas de helechos, algas y hongos, o mencionar vitaminas y minerales presentes en todo lo que nos llevábamos a la boca. Pero lo que más la exaltaba era buscar con nosotros fósiles y huesos. En una playa del sur, en la ladera de la cordillera, en una cueva ignota, sus ojos grandes sabían detectar con voracidad esas piedras que parecían iguales al resto pero no lo eran. Supimos atesorar el hallazgo de encontrar dólares de mar, puntas de flecha, huesos y caracoles fosilizados.

    Antes que un mecano o un ajedrez, sus hijos tuvimos una plancha de telgopor con alfileres con puntas de colores para coleccionar insectos (lo que suponía, las más de las veces, sacrificarlos colocándoles una gotita de alcohol en la cabeza, antes de atravesarlos con delicadeza y precisión para no romper ninguna parte, y proceder a nombrarlos).

    Desde muy chicos, nos permitía también darles de comer a sapos y ratones en el pequeño cubículo de laboratorio que ocupaba como becaria en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, metiendo las manitos en enormes peceras de vidrio para alcanzarles a los presos alguna mosquita recién cazada o un pedacito de manzana.

    El período del año en que esas dotes pedagógicas maternas se henchían y desplegaban como cola de pavo real era durante las vacaciones de verano, cuando luego de deliberación hasta altas horas de la noche sobre el mapa de la República Argentina, nuestros progenitores elegían un destino aún marcado como conocido, y salíamos a la ruta en lenta caravana de Citroën 3CV (con mis tíos y primos, otra parentela y amigos) para hacer campamento en un pueblo fantasma en San Luis, en el lago helado al pie del volcán Lanín, cerca de una caverna con pinturas rupestres, o en medio de la tierra escandalosamente roja de Misiones.

    Pero su pulsión por los restos óseos se volvió irrefrenable cuando vivimos en Perú, adonde basta escarbar un poquito para que aparezca una osamenta humana, un pedazo de cerámica, un trozo de tejido o los restos todavía anudados de un collar de caracoles. Perú es una enorme e ininterrumpida huaca.

    La cuestión es que estábamos un domingo de 1977 con nuestros primos que habían venido a visitarnos, trepando a la huaca Pan de Azúcar, en San Isidro. Es una enorme pirámide de adobe, que por entonces se veía como un cerro de arena y tierra protegido apenas por una cerca alambrada y un guardián. Debajo de ese cerro se adivinaba la pirámide Huallamarca, aún sin excavar ni reconstruir. Jugábamos a las escondidas. Yo iba rápido por la base del cerro, buscando un buen lugar para escabullirme, y me topé con mi hermana, cuya agilidad es igual a cero. Justo ahí escuchamos la advertencia del primo Santiago de que había terminado de contar y empezaba a buscar. “Punto y coma, el que no se escondió se embroma”. Sin pensarlo mucho, porque ya no había margen ni opciones mejores, vimos una especie de orificio o pliegue disimulado, un orificio horizontal. Me acosté y repté por la tierra rasposa, como zambulléndome dentro del cerro, y cuando mi cabeza pasó el primer escollo noté que se abría una gruta bastante cómoda dentro de ese cerro que fue sagrado. Mi hermana además de torpe es muy miedosa, y me seguía lanzando suspiros de alarma (nada ostentosos, tampoco era cuestión de delatar nuestro genial escondite). Repté por el hueco hasta no ser visible desde el exterior y le chisté para que se apurara a entrar. Una vez que nos acostumbramos a la penumbra (la única luz entraba por el agujero-puerta) vimos que había espacio incluso para estar de pie y se abría un pequeño recodo o prolongación hacia un costado. Fui hasta allí y los encontré: eran varios esqueletos de huesos refulgentes, tendidos al fondo de la cueva. Mi hermana lanzó un agudo chillido asustado y se tapó la boca, recordando que todavía nos estaban buscando. Contamos tres calaveras con sus osamentas un poco entremezcladas y amontonadas. Ella seguía paralizada, con las manos en la boca y los ojos muy abiertos. Yo no pude evitar llevarle un presente a mi mamá, y elegí la mejor de las tres calaveras, la más entera. Me la puse bajo el brazo como una pelota de futbol, volví a reptar boca arriba fuera de la cueva y corrí hasta la rampa donde caminaban ella y mi tía Quiti, conversando. Mi primo me vio a lo lejos y perdí a las escondidas. Pero qué me importaba: mi madre amó aquella ofrenda.

    Run run. No llegaron a enterrarnos. No limpiaron nuestros cuerpos con el agua del río Rímac, ni nos vistieron con los ropajes más delicados ni nos envolvieron en fardos ni quemaron hojas de coca ni construyeron máscaras alegres para disimular nuestras caras magulladas. No nos homenajearon. Y allí quedamos, tirados para siempre.

    Parece que en la huaca no había mucha vigilancia aquel domingo a la mañana. Mi vieja decidió colocarse el cráneo bajo las ropas, simulando una panza de embarazada, y salimos de allí llevándonos la calavera. Nos amontonamos en el autito, un viejo escarabajo Volswagen color crema pastelera que siempre nos dejaba tirados, y volvimos a casa con el nuevo inquilino.

    Desde entonces, la calavera siempre estuvo en casa. Ocupaba un lugar central en el escueto y provisorio mobiliario familiar entre libros y vasijas, y convivíamos con él con familiaridad y también extrañeza. Mis hermanos más chicos, bastante supersticiosos ellos, eludían pisar el escalón número ocho de la escalera que llevaba al piso alto de la casa porque coincidía con la altura en que estaba ubicado el cráneo en la biblioteca. Se colgaban o saltaban con tal de no quedar a la altura de esos ojos. Mi hermana mayor y yo, más prestos a lo tenebroso y quizá también sintiéndonos responsables de que estuviera entre nosotros, jugábamos a hacerlo hablar moviendo su mandíbula y poco a poco logramos extraerle los dientes y muelas, que se fueron perdiendo.

    Algunas veces nos preguntábamos quién habría sido ese hombre (siempre lo nombramos en masculino) y el desafío era inventar buenas historias que terminaban en el palazo por la espalda que lo derribó para siempre. Nuestra única certeza es que nuestra calavera había recibido un tremendo golpe que había astillado y hundido el parietal derecho. Lo imaginamos guerrero de la antigua cultura Lima defendiendo su templo ante una invasión inca, o conquistador español caído en una emboscada, o soldado de las huestes sanmartinianas liberando la capital del virreinato o borrachín asesinado en una reyerta y escondido su cuerpo en ese cerro polvoriento donde nadie lo buscaría. Nos olvidamos rotundamente de los otros dos esqueletos, los que dejamos atrás, y nuestras historias solían ser en singular, violentas y poco heroicas, incluso un poco patéticas, protagonizadas por esos ojos vacíos y solemnes que nos miraban sin cesar, día y noche.

    Vinieron los gallinazos, las gaviotas y los perros a comernos y nadie los espantó. Mi brazo aún sujetando el de mi hermano.

    Cuando siete años después nos fuimos del Perú y desarmamos la casa en la que habíamos vivido el exilio con las valijas casi hechas por la expectativa de que nos íbamos al día siguiente, mi madre—obviamente—quiso llevarse la calavera.

    A pesar de la rotunda incomprensión de mi padre, mamá la puso indeclinable entre sus prioridades, condición sine qua non de la vuelta, junto con unos pocos discos adquiridos en esos años y escuchados hasta el cansancio (“Pajarito verde” de Soledad Bravo, “Atom Heart Mother” de Pink Floyd, uno de tangos clásicos de Gardel), y por supuesto la olla a presión Marmicoc y la radio Sietemares que habían llegado con nosotros y sido objetos fundantes del hogar. Ya no existía la mochilita de tela de vaquero que mi abuela Esther había cosido para que yo cargara la radio, y mi hermano menor ya no iba en cochecito con el ancla de la pesada olla. Pero eran objetos irrenunciables para ella si queríamos seguir siendo familia, y creo que la calavera había alcanzado similar estatuto.

    Contra todo pronóstico, las cosas en el aeropuerto no se complicaron demasiado.

    Aún no entiendo cómo la calavera logró pasar por los controles aduaneros, envuelta en papel de regalo y con un moño rojo. Ventajas de un tiempo en el que todavía no existía el escáner. Con el mismo método de simular regalos mi madre logró pasar en las valijas algunos huacos, el más grande encontrado en el cementerio de Chancay, entre tumbas profanadas la noche anterior por saqueadores que se llevaban lo más entero y vendible al turismo, y dejaban tiradas momias de pelos y uñas larguísimos, con la piel intacta y tatuada, junto a cerámicas y enseres rotos o deslucidos. Los otros dos, más pequeños, los había comprado por pocos soles a vendedores ambulantes que aparecían mágicamente en medio del médano inmenso y solitario apenas el auto estacionaba (aparcaba, se dice allá) cerca de algún sitio arqueológico. No podíamos saber si eran huacos originales o falsificaciones bien hechas, aunque mi madre sostenía con bastante sentido común que en Perú para un pobre era más fácil exhumar una tumba que envejecer de forma verosímil una cerámica recién hecha.

    No veo ni escucho nada. Pero siento el calor y el olor de una piel de hembra que me lleva consigo.

    Pasaron los años y la calavera continuó ocupando un lugar central y omnisciente en las sucesivas casas familiares que siguieron al retorno, en San Isidro, Saavedra y finalmente Gómez. Nosotros crecimos, nos fuimos, echamos canas y carnes, pero el cráneo seguía más o menos igual, un poco más desdentado y amarillento pero intacto. Mamá le pasaba muy cada tanto el plumero o un trapo para quitarle polvo y telarañas. Por supuesto incitó a que todo niño que pisara la casa jugase con esos huesos magnéticos. Venimos de los monos y en estas órbitas vacías nos convertiremos.

    Mi madre—ya lo dije—es fervientemente atea, pero ahora que se está poniendo vieja algo empezó a incomodarla de aquella presencia que resultaba de alguna manera una declaración de valores y una provocación, un desafío a la muerte y al miedo o prevención que provoca.

    La primera señal de esta transformación sucedió cuando anunció que no quería dormir más con la calavera, y un día la guardó bien envuelta dentro de una caja de cartón rotulada con un letrero que decía sencillamente “calavera”, y me pidió que me trepe y la coloque arriba del ropero, bien atrás, entre los bártulos que no se tocan nunca. Luego, cada vez que alguno de nosotros viajaba a Lima o nos visitaba algún amigo peruano, se ponía insistente y cargosa encomendándonos llevar la calavera y devolverla a la huaca de San Isidro. No alcanzaba con decirle que ahora es imposible traspasar una frontera con un cráneo así como así. Que íbamos a terminar presos intentando cumplir aquella misión.

    Así que decidimos buscarle la vuelta y mi hermana, que además de asustadiza y lenta, es insistente, averiguó entre sus conocidos y empezó unos largos y engorrosos trámites para pedir a través del Instituto Nacional de Antropología la repatriación de los susodichos huesos y huacos ante la Embajada peruana en Buenos Aires.

    Luego de un par de años de idas y vueltas, gestiones burocráticas, nomenclaturas, formularios, fotos y medidas, finalmente llegó el día en que nos autorizaron a entregar la calavera.

    Salió de la casa familiar así sin más, sin ninguna ceremonia ni comitiva de despedida. En la misma cajita de cartón de detergente Ala donde había quedado recluida los últimos tiempos, con el tamaño justo para sujetarla bien, con la mandíbula suelta encima del cráneo. Pasó unos cuantos días en casa de mi hermana, junto al perchero de la entrada, esperando el turno para la recepción en el Instituto.

    Mi hermana, ya lo dije, es miedosa, y ha abandonado el sendero darwinista de la vida, apelando a altares y talismanes, invocando fantasmas y presencias, y dando cabida a todo tipo de sugestiones politeístas. Su convivencia con la caja de la calavera no fue inocua, y le atribuyó todos los incidentes desfavorables o las señales insólitas que acontecieron a lo largo de esos pocos días. Objetos que se rompían o desaparecían, ventanas que no se abrían y otros pequeños desastres domésticos. Nada grave, más bien una serie de traviesas diabluras, como diciendo “aquí estoy”, de aquel hueso tan fiel y nuestro.

    Una amiga suya experta en fantasmas le aconsejó ponerle nombre para que se calme. “Ha sido parte de la familia tantos años, no puede irse así nomás: bautícenlo”. Un breve concilio familiar por whatsapp resolvió llamarla graciosamente y sin mucha convicción José Kale. Nombrar aquieta las ánimas, por lo menos la de mi hermana, y todo pareció tranquilizarse.

    Pasaron las semanas y llegó el día de entregar nuestra querida calavera. Cargué la cajita de cartón en el baúl del auto. La cita era al mediodía en la otra punta de la ciudad, cerca del barrio chino. Conseguir estacionamiento por esa zona es más difícil que desenterrar un muerto, pero a un par de cuadras del Instituto se abrió de golpe un hueco exacto para encajar el auto, al lado de una embajada. La cajita no era nada pesada pero parecía que de golpe los nervios anquilosaban las manos, volviéndolas torpes marionetas de quién sabe quién. De golpe la caja se abrió y los huesos se cayeron entre los adoquines de la calle, entre un auto y otro, muy pegados entre sí. Tuve que agacharme y reptar de nuevo, como aquella vez en la pirámide, para meterme debajo de los autos, y sacarlos. En medio del fragor ciudadano, nadie pareció reparar en esa delicada operación con huesos viejos. Me levanté manchado de aceite y barro, y un poco tieso. Sentí muy lejos la voz de mi primo señalándome “¡piedra libre!”. Me acomodé los anteojos, me sacudí un poco la mugre, y avancé solemne con la caja como quien lleva un féretro.

    Soy joven, ¿escuchan? Más joven y menos necio que todos ustedes que envejecen, ríen, lloran, duermen y despiertan delante mío.

    El lunes de la entrega fue largo. Esperé un buen rato a que me atendieran, imprimiesen el formulario, lo firmásemos el técnico, la directora del Instituto y yo. Todo un ceremonial. Fue raro soltar la caja y dejarla allí en tránsito, camino al depósito del Instituto. Esos huesos finalmente a resguardo en una dependencia estatal. Nuestro antiguo crimen confeso. Asociado a un número de expediente que vaya a saber si prospera.

    El día continuó con muchas otras diligencias, entrevistas y trámites, y terminó con el homenaje a Eduardo Jozami a un año de su muerte, organizado por su hija en el teatro El Excéntrico. Durante más de dos horas, sucesivos compañeros de militancia hablaron de su paso por la política, la cárcel, la escritura y la gestión cultural. Evité las empanadas y el vino del final, para ahorrarme la charla y volver a casa por fin. Estaba cansado.

    Iba manejando en estado de atenta y rutinaria distracción por la calle Superí y luego de un semáforo, en medio de una cuadra transitada, sin aviso alguno, un viejo Taunus emergió entre los autos estacionados y se incrustó en mi auto. Anonadado, vi a un nonagenario salir intacto de su auto para observar los daños, y luego dirigirse a mi ventanilla para decirme muy tranquilo y parsimonioso: “pensé que iba a detenerse al notar las luces”. Intercambiamos los papeles del seguro, que fotografié con el celular. No reparé hasta llegar a casa en el nombre del viejito peligroso. Se llamaba José Aurelio Caleb.

    Mascullo. Solo espero que alguien repare en mi existencia. Toque mi herida mortal, incurable.