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  • La pregunta que da título al libro, ¿Cómo he de vivir?, es una de las preguntas fundacionales de la filosofía, porque demanda una orientación para nuestra vida. Interroga el modo en que usamos nuestro tiempo, los deseos que cultivamos, los vínculos que sostenemos, las instituciones que construimos y las formas de convivencia que consideramos justas. En ese sentido, a pesar de que se formula desde una perspectiva individual, la trasciende y se proyecta hacia el mundo en que queremos vivir y hacia el tipo de sociedad compatible con una vida digna.

    José Mujica no fue, ni pretendió ser, un filósofo. Decir que lo fue sería injusto con la filosofía y también con él. Sería aprovecharse de su figura para atribuirle una sistematicidad que no buscó, pero sería igualmente injusto desconocer que tuvo una sensibilidad extraordinaria para detectar problemas filosóficos fundamentales. Mujica pensaba desde una mezcla singular de observación profunda, memoria histórica, intuición moral y aprendizaje político. Esa forma de pensar no produjo una doctrina, pero sí una orientación vital que nos permite volver a preguntas que la vida contemporánea parece haber sepultado bajo la dinámica del consumo, la aceleración y el cinismo.

    Gustavo Pereira, ¿Cómo he de vivir? El camino filosófico de Mujica, Crítica/Planeta, 2026.

    En buena medida, el impacto de Mujica se explica por esa capacidad de rememoración. Su voz nos recuerda cosas que de algún modo ya sabíamos, pero que habíamos dejado de tener presentes. Nos recuerda que el tiempo no es solo un recurso administrable, sino la materia misma de la vida; que el consumo no equivale a felicidad; que la libertad puede empobrecerse cuando se convierte en compulsión egocéntrica; que la igualdad es una condición para vivir entre otros sin humillación; o que la política pierde su sentido cuando se separa de la ética. Tal vez sus palabras han tenido tanta recepción en públicos muy distintos porque devuelven centralidad a preguntas que han sido trivializadas.

    La primera respuesta que el libro reconstruye a partir de Mujica refiere a la vida buena. La vida buena, en la tradición clásica, está asociada a la formación del carácter, al ejercicio de la razón práctica y a la capacidad de orientar la existencia hacia fines que merezcan ser elegidos. Mujica recupera esa tradición poniendo especial énfasis en lo que podría denominarse inteligencia ética. Su apelación a la reflexión y la deliberación aspira a generar una respuesta inteligente en los ciudadanos ante los imperativos del consumismo y la búsqueda sin sentido de cierto bienestar material. Lo que cuestiona es la confusión entre medios y fines, ya que la economía, la técnica, el mercado y el Estado deberían estar al servicio de la vida. Cuando se autonomizan y empiezan a imponer sus propias lógicas, la vida humana queda subordinada a instrumentos que ella misma ha creado.

    Por eso una de las claves del pensamiento de Mujica es lo que podríamos llamar una ética de lo suficiente. La austeridad que él encarna no debe entenderse como privación ni como culto al sacrificio, sino como un ejercicio práctico de libertad. Consiste en reducir la dependencia respecto de deseos inducidos, necesidades artificiales y formas de reconocimiento superficial. En ese punto, Mujica se acerca a la tradición estoica, pero la desplaza hacia el interior de las democracias contemporáneas, ya que no se trata de aceptar pasivamente el mundo tal como es, sino de adquirir fortaleza interior para no ser gobernados por aquello que nos promete felicidad mientras nos vuelve dependientes. La autolimitación no aparece así como renuncia, sino como condición para recuperar soberanía sobre la propia vida.

    Esta crítica se vuelve especialmente relevante frente a la mercantilización contemporánea. Uno de los males de nuestra época es que cada vez más dimensiones de la existencia son traducidas al lenguaje del mercado. La educación se concibe como inversión rentable, los vínculos como capital relacional, el tiempo libre como oportunidad de consumo, la identidad como marca personal. Mujica reacciona contra esa colonización de nuestros espacios vitales por la forma mercancía, y de ahí surge su insistencia en que no todo puede comprarse ni venderse. Es necesario preservar espacios de sentido que solo existen cuando no son reducidos al intercambio. La amistad, el cuidado, la solidaridad, la participación política y el contacto con la naturaleza poseen, en términos kantianos, valor y no precio.

    De allí surge otra dimensión central del libro, que es la oposición entre alienación y resonancia. La vida moderna ha multiplicado nuestras capacidades, pero también ha generado formas profundas de extrañamiento. Vivimos en un mundo que hemos construido y que, sin embargo, muchas veces se nos presenta como ajeno. Trabajamos en sistemas que no controlamos, consumimos objetos que no satisfacen, habitamos instituciones que con frecuencia se vacían de sentido y nos movemos a una velocidad que dificulta la experiencia plena. Hartmut Rosa ha llamado resonancia a la posibilidad de establecer una relación significativa con el mundo, con los otros, con la naturaleza y con nosotros mismos. Mujica, sin utilizar ese vocabulario, parece haber vivido y pensado desde una intuición semejante. Su defensa del tiempo para el amor, la amistad, la contemplación, el trabajo con sentido y la vida comunitaria es una defensa de relaciones resonantes frente a una existencia acelerada y alienada.

    La pregunta por cómo vivir conduce inevitablemente a la política. Mujica no entiende la vida buena como una aventura puramente individual. Para él no hay autorrealización suficiente en una sociedad atravesada por la desigualdad, la exclusión y la humillación. Por eso la justicia ocupa un lugar decisivo en el libro. Una sociedad injusta no solo distribuye mal los recursos, sino que también produce formas de desprecio, dependencia y resignación. La promesa democrática que se aspira a recuperar consiste en que nadie sea condenado a vivir una vida disminuida por el lugar en que nació, por su pobreza o por la falta de oportunidades reales para desarrollar sus capacidades.

    En este punto, Mujica permite recuperar algo que nuestra época parece haber olvidado: la ética tiene un lugar fundamental en la política. Esto no significa moralizar ingenuamente los conflictos ni suponer que la buena voluntad basta para gobernar. Más bien significa reconocer que ninguna política puede orientarse sin una idea del comportamiento correcto que encarne el carácter de una sociedad democrática y justa.

    A esa dimensión se suma la integridad. En tiempos de política espectacularizada, dominada por cálculos de imagen y estrategias de comunicación, Mujica produjo una impresión singular, en particular porque su autoridad se asentó en la percepción de la coherencia entre su acción y su palabra. Esa coherencia, por supuesto, no significa ausencia de contradicciones. Mujica las tuvo, y algunas fueron importantes. Pero su figura transmite algo cada vez más escaso en la vida pública: la sensación de que las convicciones no eran simplemente recursos discursivos, sino orientaciones efectivas de la vida. La integridad aparece entonces como una virtud política indispensable, porque permite que la palabra pública conserve densidad moral.

    Otra respuesta que el libro reconstruye es la del ciudadano del mundo, como un aspecto de su autodefinición como un “viejo estoico”. Mujica fue un dirigente profundamente uruguayo y latinoamericano, pero su mirada desbordó con frecuencia los límites nacionales. Pensó los problemas de la humanidad como problemas comunes. La crisis ambiental, la desigualdad global, la violencia, la mercantilización de la vida y la incapacidad de la política para gobernar procesos económicos y técnicos cada vez más poderosos aparecen en su discurso como síntomas de una civilización que ha perdido orientación. Este cosmopolitismo estoico de Mujica proyecta las pertenencias locales hacia una responsabilidad global.

    Finalmente, el libro propone pensar a Mujica desde la idea del hombre nuevo. Esta expresión tiene una larga historia en la izquierda latinoamericana y está cargada de expectativas, excesos y fracasos. En Mujica, el hombre nuevo no puede entenderse como un sujeto perfecto ni como una figura purificada por la revolución. Más bien aparece como una orientación práctica: es alguien capaz de resistir la mercantilización, gobernar sus deseos, vivir con integridad, comprometerse con la justicia, cultivar vínculos significativos y reconocerse como parte de una comunidad humana y natural más amplia. No es el héroe que se coloca por encima de los demás, sino quien aprende a vivir de otra manera para contribuir a transformar el mundo común.

    Así, Mujica se convierte en una excusa para la filosofía. No una excusa menor, sino una especialmente fecunda. A través de su vida y de sus palabras podemos volver a pensar la ética, la justicia, la libertad, la autenticidad, la alienación, la resonancia, la igualdad y la democracia. Su importancia no reside en haber formulado conceptos nuevos, sino en haber encarnado preguntas antiguas en un tiempo que tiende a olvidarlas. Nos recordó que la política no puede reducirse a administración, que la libertad no puede reducirse a consumo, que la igualdad no puede reducirse a consigna y que la vida buena no puede reducirse a éxito.

    La pregunta “¿cómo he de vivir?” no admite una respuesta definitiva. Pero sí admite formas de orientación, y Mujica contribuye a ellas como alguien que devolvió espesor ético a la conversación pública. Tal vez ese sea su legado más profundo. En una época que corre demasiado, consume demasiado y piensa demasiado poco sobre sus fines, Mujica nos obliga a detenernos y volver a preguntar qué tipo de vida merece ser vivida y qué tipo de mundo debemos construir para que esa vida sea posible.