Encontré muy atractiva la idea de Roberto Gargarella de contar cuáles libros, o artículos, influyeron en sui formación y en sus convicciones, y se me ocurrió copiarla y contar mi propia experiencia sobre el tema.

Ella comienza a los 19 años, cuando cursé Filosofía del Derecho en la cátedra de Ambrosio Gioja, con la Teoría General del Derecho y del Estado de Hans Kelsen como texto único. Lo leí por obligación, y quedé fascinado desde el prólogo. Es el más claro de los libros de Kelsen, porque es el menos kantiano, ya que se trata de un libro pensado para una audiencia anglosajona. El libro constituyó la base de mi conocimiento de la teoría general del derecho, y nunca he podido alejarme mucho de él. Modificó todas las creencias que había adquirido hasta ese momento en la facultad sobre la naturaleza del derecho, creencias que provenían del estudio de las materias dogmáticas, especialmente el derecho civil.

A partir del Kelsen, y gracias a Kelsen, pasé a interesarme en Hart, Alf Ross y Olivecrona, que fueron los primeros autores con los que intenté familiarizarme con la filosofía del derecho (luego Raz ocupó un lugar destacado y, finalmente, Dworkin). Por supuesto que no seguí desde ese momento la teoría pura de forma rígida, y no adhiero a todas sus propuestas (no simpatizo de manera completa con la norma básica, por ejemplo) Pero después de leer a Kelsen nunca pude tomar en serio a la teoría del derecho natural, ni siquiera cuando la exponen autores de la calidad de Finnis. En un adolescente de 19 años Kelsen deja una marca imborrable, para no hablar de la influencia de Kelsen explicado por Gioja.

La obra de Kelsen marcó mi inicio en la teoría del derecho, pero sin embargo yo seguía sin tener ningún tipo de guía en materia de filosofía moral. Gioja me proporcionó también esa guía: el libro de Bertrand Russell Ética y Política en la Sociedad Humana. En ese momento acababa de dejar la adolescencia, puesto que lo leí a los 20 años, pero ocasionó el mismo efecto que produjo Kelsen. Con la Teoría General del Derecho y del Estado me convertí en un positivista jurídico ferviente, y con Ética y Politíca en la Sociedad Humana me convertí en un subjetivista moral ferviente. Después de Kelsen, no pude tomar en serio al iusnaturalismo, y después de Russell no pude tomar en serio al objetivismo moral. Desde luego que el libro de Russell, a pesar de su título, es una obra de metaética, por lo que deja lugar para optar por casi cualquier teoría de ética normativa. En mi caso, opté por la ética utilitarista, pero siempre he examinado al utilitarismo a partir de una metaética subjetivista. Como ocurrió con Kelsen, la influencia de Russell su multiplicó por el hecho de que trataba de Russell explicado por Gioja.

A los 20 años, entonces, tenía ya las bases de la teoría general del derecho y de la filosofía moral, pero no tenía ninguna base filosófica general. La obtuve a los 26 años durante uno de los cursos del doctorado, en el cual Gioja nos hizo leer la compilación de Alfred Ayer El Positivismo Lógico. El impacto intelectual fue otra vez enorme y me convertí en un incondicional de Carnap, Neurath, Schlick, y –por supuesto- del Wittgenstein del Tractatus. Después del libro de Ayer no pude tomar más en serio a la metafísica. Esa influencia perduró muchos años y se reflejó en mi tesis doctoral, escrita cuando tenía 34 años, y titulada El Positivismo Lógico en la Filosofía del Derecho. Nuevamente, en este caso, la influencia de los positivistas lógicos se potenció con las explicaciones de Gioja. Es obvio que no me limité a adherir ciegamente al positivismo lógico, y que aprendí mucho de la filosofía del lenguaje, en especial de la obra de John Austin y del segundo Wittgenstein, por ejemplo, pero siempre con un sedimento empírico de corte antimetafísico.

Y allí estaba yo, entonces, influido por Kelsen en filosofía del derecho, por Russell en filosofía moral, y por los positivistas lógicos en filosofía, a secas. Faltaba algo, naturalmente, y lo que faltaba era una base en filosofía política. Llegó a los 37 años, cuando Genaro Carrió dictó su famoso seminario sobre John Rawls y su Teoría de la Justicia en SADAF. A la calidad académica del libro se sumó el enorme talento docente de Carrió y la calidad de los participantes del seminario, entre quienes figuraban Carlos Alchourron, Eugenio Bulygin, Eduardo Rabossi, Carlos Nino, Jaime Malamud Goti, José Vilanova, Horacio Spector, Tomás Simpson, Guido Pincione y Hugo Zuleta, entre otros. Una fiesta intelectual, todos los lunes de 18 a 20 horas. Después de Rawls, enseñado por Carrió, nunca más pude tomar en serio al autoritarismo ni al paternalismo. Nuevamente, es obvio que no me detuve en Rawls, pero fue Rawls el que me condujo a Nozick y a Cohen, entre los contemporáneos, y a Mill y Bentham entre los clásicos, por caso.

Estos son los cuatro libros que marcaron mi vida académica. Me considero una persona afortunada por haberlos leído junto al mejor filósofo del derecho del siglo XX en Argentina, Ambrosio Gioja, y al mejor jurista del siglo XX en Argentina, Genaro Carrió. Era inevitable recibir en este caso una buena formación académica, y yo me limité a ser el receptor pasivo de ella. He escuchado a filósofos y juristas de España, Italia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y de la mayoría de los países de Sudamérica, y —desprovisto de todo nacionalismo— nunca me impactaron como Gioja y Carrió.

Pero quiero completar este resumen de las influencias en mi vida académica mencionando también los tres artículos que más de impresionaron por su calidad intelectual a lo largo de mi carrera. Dos son filosóficos: “Essentially Contested Concepts”, de W.B.Gallie (Proceedings of the Aristotelian Society, 1955/1956), y “Systematically Misleadings Expressions”, de Gilbert Ryle (Proceedings of the Aristotelian Society", 1931/1932). El tercero es jurídico: “Fairness and Utility in Tort Theory”, de George P. Fletcher (Harvard Law Review, vol.85, number 3). Los tres trabajos me ayudaron a ver las cosas claras, y no puedo menos que recomendarlos con entusiasmo.