El objetivo de mi breve contribución es explorar la invisibilidad del poder a través del prisma de una de las obras maestras de la ciencia ficción latinoamericana: El Eternauta, escrita por Héctor Germán Oesterheld e ilustrada por Francisco Solano López. Voy a tomar en cuenta especialmente la primera parte, ya que las siguientes son más explícitas en la representación de la vida bajo el régimen de los Ellos o no siempre fueron escritas por Oesterheld. En una época en la que las historietas están siendo revalorizadas también en el mundo occidental y en la que los cómics, en general, ya no se consideran una subcultura, se aprecia mucho mejor la figura de gigantes como el autor de El Eternauta, quien influyó en grandes intelectuales como Borges y, a su vez, recibió también su influencia.
Idealmente estas páginas se inscriben dentro del enfoque conocido como “Law and Pop Culture”. Retomando las metáforas del espejo y la lámpara desarrolladas por Michael Asimow, creo que se puede afirmar que los cómics reflejan las percepciones sociales sobre el derecho y, al mismo tiempo, contribuyen a modelar los imaginarios colectivos de la justicia, lo que nos permite observar el derecho desde una perspectiva diferente.
Asimismo, el hecho de que los cómics circulen en distintos contextos jurídicos y culturales demuestra su potencial transnacional. Al dirigirse a un público que trasciende las fronteras nacionales, crean un lenguaje visual común mediante el cual las preocupaciones sobre el derecho, la justicia y la autoridad pueden ser abordadas colectivamente. Esta reflexión resulta especialmente relevante en un momento en el que la democracia pierde terreno, el constitucionalismo se debilita y los límites del derecho constitucional se hacen cada vez más evidentes. En este sentido, los cómics no solo constituyen un espejo de las preocupaciones jurídicas contemporáneas, sino también una luz que ilumina la fragilidad de la propia democracia constitucional.
Como constitucionalistas, solemos concentrarnos en la arquitectura visible del poder: las instituciones, los tribunales y las leyes. Sin embargo, El Eternauta nos obliga a dirigir la mirada hacia las dimensiones invisibles de la autoridad, aquellas fuerzas que operan desde las sombras o, peor aún, que emergen desde el interior mismo de nuestra vida cotidiana. No me detendré aquí en reconstruir la trama de esta obra icónica, que doy por conocida entre los lectores de esta Revista, pero sí quisiera destacar una de sus escenas iniciales, de enorme fuerza simbólica y particularmente relevante para el propósito de este trabajo.
En una noche de invierno en Buenos Aires, un grupo de amigos juega al truco dentro de una casa herméticamente cerrada. De repente, comienza a caer una nieve silenciosa, luminosa y mortal. Es el principio del fin de lo que, a primera vista, parece una invasión alienígena; pero ¿quiénes son realmente los extraterrestres? ¿Acaso son algo distinto de los seres humanos? La historia de El Eternauta gira precisamente en torno a esta pregunta. En una entrevista concedida a Televisión Pública hace unos años, Estela Barnes de Carlotto, figura destacada del famoso movimiento Abuelas de Plaza de Mayo, describió al antiguo dictador argentino Jorge Rafael Videla no como un ser humano, sino como alguien que había perdido su humanidad: un “extraterrestre”. Esta llamativa observación sirve como punto de partida idóneo para analizar El Eternauta. Se trata también de una poderosa advertencia: a menudo, los enemigos de la democracia no provienen del exterior, sino que se alimentan de las estructuras democráticas y surgen desde dentro.
Para comprender la invisibilidad del poder debemos volver a la historieta original y no a la reciente adaptación de Netflix. En la serie de Netflix, la nevada letal ocurre durante una noche de verano. Aunque esta decisión resulta visualmente impactante, modifica el significado metafórico profundo de la obra original, donde la nieve cae durante una noche invernal. Precisamente porque ocurre en invierno, el cambio traumático aparece como algo casi natural, fundiéndose con un fenómeno meteorológico esperado. Esto vuelve mucho más insidiosa e invisible la irrupción de la amenaza externa: la violencia estatal y la perversión totalitaria se normalizan, confundidas con la aparente inevitabilidad de un hecho cotidiano. Aunque Oesterheld suele ser presentado como un autor “profético”, la historieta está profundamente arraigada en la historia argentina, caracterizada por elementos que se repetían cíclicamente en aquellos años.
Sin desconocer su extraordinaria capacidad visionaria, debe subrayarse que Oesterheld supo sobre todo identificar con notable lucidez las vulnerabilidades estructurales y los patrones cíclicos que históricamente condujeron a los colapsos democráticos en la Argentina. A lo largo del siglo XX, el país sufrió seis golpes de Estado exitosos (1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976). El último de ellos llevó al poder al general Jorge Rafael Videla.
Para comprender esta dinámica propongo articular el análisis en torno a cinco conceptos: invisibilidad, terror, delegación, atomización y memoria.
En cuanto a la invisibilidad, en la historieta, los verdaderos responsables de la invasión —los Ellos— permanecen completamente invisibles. No tienen rostro, ubicación precisa ni forma reconocible. Actúan como una presencia abstracta y elusiva, un verdadero una forma de vacío que remite a la conceptualización de Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo.
Como sostuvo Arendt, el terror totalitario prospera precisamente gracias a la invisibilidad y la imprevisibilidad, produciendo un estado psicológico cualitativamente distinto del miedo ordinario.
En cuanto la delegación, los Ellos nunca ejercen directamente la violencia, sino que recurren a una rígida cadena piramidal de delegación. Utilizan a los Gurbos, a los Cascarudos y, finalmente, a los Humanos -Robot y a los Manos.
Entre estos intermediarios desempeñan un papel especialmente significativo los Manos. Su nombre deriva precisamente de su rasgo físico distintivo: son una especie altamente inteligente y artística dotada de enormes manos con numerosos dedos. Este detalle anatómico posee un profundo significado simbólico. En la tradición cultural, las manos representan la creación, el arte y el contacto humano. Sin embargo, los Ellos han convertido esos extraordinarios dedos en instrumentos destinados a operar los mecanismos de la destrucción.
Los Manos obedecen porque llevan implantada una “glándula del terror”, diseñada para provocarles la muerte en el momento en que experimenten ansiedad, disenso o cualquier forma de pensamiento autónomo.
Esta construcción narrativa constituye una representación extraordinariamente eficaz de lo que Hannah Arendt denominó la “banalidad del mal” durante el juicio a Eichmann. El mal ya no aparece como una fuerza demoníaca o monstruosa, sino como una rutina burocrática y despersonalizada. Los Manos son los funcionarios eficientes y meticulosos de una maquinaria de muerte, los “demonios mediocres” de la modernidad. Habitan esa trágica “zona gris” de la colaboración: son al mismo tiempo victimarios y víctimas de una maquinaria mucho más amplia. Mediante la fragmentación de las acciones y la delegación de responsabilidades, la estructura totalitaria permite que cada ejecutor se perciba simplemente como un engranaje, diluyendo así toda responsabilidad moral individual.
Otro mecanismo totalitario que debemos analizar es la atomización social. La nevada mortal destruye instantáneamente el tejido social, obligando a los individuos a un aislamiento radical.
Según Arendt, la creación del “hombre masa”, aislado, apolítico y despojado de vínculos comunitarios, constituye la condición sociológica indispensable para la dominación total. Cuando desaparecen los vínculos sociales, perdemos también nuestro “sentido común”, que se encuentra ontológicamente arraigado en la relación con los demás. Sin esa red compartida de significado, los individuos quedan completamente expuestos a la propaganda, al terror y a la obediencia pasiva.
Frente a esta fragmentación individualista, El Eternauta introduce su mensaje político más radical: el rechazo del héroe solitario. Juan Salvo no es un superhéroe dotado de capacidades excepcionales; es un hombre común. En el universo de Oesterheld, el excepcionalismo individual es incapaz de derrotar al poder absoluto. La supervivencia —y, en última instancia, la resistencia— solo son posibles mediante la cooperación y la reconstrucción de los lazos de solidaridad. El grupo, el héroe colectivo, constituye así un poderoso antídoto democrático y constitucional frente al aislamiento totalitario.
Como se señala en un famoso diálogo de la obra, a pesar de la destrucción y la aniquilación, lo que realmente importa es la “supervivencia del espíritu”, que debe alimentarse de la narración.
Ello nos conduce a la cuestión jurídica central: ¿qué papel desempeña el derecho cuando comienza a caer la nieve?
El inicio de la catástrofe sumerge a los protagonistas en aquello que Giorgio Agamben, desarrollando las intuiciones de Carl Schmitt, denominaría tal vez un estado kenomático: un vacío jurídico, una auténtica suspensión del derecho, un verdadero estado de excepción. La invasión de los Ellos podría interpretarse como un poder constituyente destructivo que arrasa el orden jurídico preexistente para instaurar un nuevo régimen de sometimiento absoluto.
Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que durante las transiciones totalitarias el orden jurídico formal suele permanecer aparentemente intacto. El fascismo nunca derogó formalmente el Estatuto Albertino en Italia; del mismo modo, durante la dictadura militar de Jorge Rafael Videla la Constitución argentina de 1853 nunca fue formalmente abolida. Lo que ocurrió fue que, en los hechos, la Constitución quedó subordinada a una serie de instrumentos jurídicos dictados por el Proceso, empezando por el Estatuto del Proceso*.* El totalitarismo no siempre anuncia su llegada reescribiendo los textos constitucionales: con frecuencia los vacía de contenido desde su interior.
En ese vacío jurídico, ¿cómo debemos interpretar las acciones violentas de Juan Salvo y sus compañeros? ¿Cabe hablar de desobediencia civil?
Como sostuvo John Rawls, la desobediencia civil presupone una “fidelidad a la ley” del sistema jurídico que se critica: es estructuralmente no violenta, selectiva e implica la disposición a asumir las consecuencias jurídicas de los propios actos. Las acciones de Juan Salvo trascienden claramente ese marco. Lo que observamos es el ejercicio del derecho de resistencia.
El derecho de resistencia ha sido reconocido en diversas tradiciones constitucionales nacidas del trauma del autoritarismo. Así ocurre, por ejemplo, con el artículo 20, apartado 4, de la Ley Fundamental alemana, que lo configura como una última ratio, admisible únicamente “cuando no exista otro remedio” para preservar el orden constitucional. Disposiciones similares pueden encontrarse en el artículo 21 de la Constitución portuguesa, en el artículo 23 de la Constitución checa y en diversos textos constitucionales latinoamericanos.
Como muestra el derecho constitucional comparado, la constitucionalización del derecho de resistencia cumple una función dual y al mismo tiempo frágil. Por un lado, constituye un instrumento orientado al futuro, destinado a fortalecer a la ciudadanía y prevenir procesos de erosión democrática. Por otro, entraña importantes riesgos interpretativos, ya que históricamente ha sido invocado retrospectivamente por quienes protagonizaron golpes de Estado para justificar sus propias rupturas del orden constitucional.
En El Eternauta, Juan Salvo y sus compañeros ejercen ese derecho en su forma más pura y existencial. No luchan por un programa político determinado, sino por preservar lo que quedade sus vidas anteriores, de sus afectos y de su libertad para seguir siendo humanos, evitando ser transformados en instrumentos automáticos y desprovistos de memoria al servicio del Estado.
Finalmente, no es posible separar este análisis jurídico y literario de la trágica biografía de su autor. Héctor Germán Oesterheld no solo escribió sobre la guerra sucia y las desapariciones forzadas: terminó siendo una de sus víctimas. En 1977, durante la dictadura de Videla, Oesterheld fue secuestrado junto con sus hijas y pasó a integrar la larga lista de los desaparecidos.
Leída desde esta perspectiva, El Eternauta trasciende los límites de la ciencia ficción y de la cultura popular para convertirse en un poderoso instrumento de memoria colectiva y esto nos lleva a nuestra última palabra clave. La estructura temporal circular de la historieta, con Juan Salvo condenado a vagar eternamente a través del tiempo, adquiere un profundo significado simbólico: representa la persistencia de una memoria histórica que se resiste a ser borrada por la falsa pacificación o por el olvido impuesto por los regímenes totalitarios.
La amenaza en El Eternauta resulta aterradora porque, al igual que una repentina nevada invernal, surge desde el interior mismo de la vida cotidiana. La obra nos advierte que las semillas del totalitarismo no siempre provienen del exterior: constituyen una perversión latente que puede anidar dentro de cualquier sistema democrático y constitucional.
Resistir, como nos enseña Juan Salvo, significa preservar nuestra humanidad, rechazar la atomización y seguir contando nuestra historia. El verdadero escudo de todo orden constitucional no reside únicamente en el texto de la Constitución, sino también en la memoria activa y colectiva de la ciudadanía. Porque, como sutilmente nos recuerda la saga, si perdemos la vigilancia, los verdaderos “otros”, los monstruos definitivos, podríamos terminar siendo nosotros mismos.