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  • Lea Ypi (Tirana, 1979) es una joven académica albanesa, más bien única en su género, que ha ganado fama mundial a partir de los libros autobiográficos que escribiera sobre su vida y la de su familia, en una Albania gobernada por el dictador Enver Hoxha. Sus libros se convirtieron prontamente en best-sellers globales, fueron traducidos a más de 30 idiomas, y vendieron cientos de miles de ejemplares. Pienso en dos trabajos: Free. Coming of Age at the End of History (2021, traducido como Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia, 2023), y en Indignity. A life reimaged (2025), aunque voy a dedicar esta reseña, exclusivamente, a Libre, el primero de los dos.

    Antes de detenerme brevemente en Libre, quiero señalar que Lea (una colega brillante y cercana, multilingüe, y que ha hecho una estancia larga, en la Argentina), fue considerada una de las diez mejores pensadoras del mundo por la revista británica Prospect, en 2022; fue nombrada miembro de la Academia Europea, en el 2020, y de la Academia Británica, en el 2024; y es (o lo era, al menos, hasta convertirse en best-seller) profesora en la London School of Economics. Como académica, Lea enseñaba cursos sobre Marx, e investigaba sobre teoría de la justicia, teoría de la democracia e inmigración, entre otros temas.

    De las muchas paradojas que encierra la obra (la vida) de Lea, se encuentra una ya anticipada y que resulta central en su libro: habiendo sobrellevado una vida compleja bajo una de las más irracionales dictaduras comunistas que diera la Europa moderna, ella dedicó parte importante de su vida adulta a la enseñanza del marxismo. Esta situación le generó muchas tensiones a la autora, incluso en el contexto de su propia familia. Su madre, en particular, observó siempre con perplejidad el hecho de que ella se dedicara a estudiar “las ideas de un sistema que destruyó tantas vidas”, lo cual —admite Lea— parecía bastar para que ella se convirtiese en “la persona responsable de apretar el gatillo.” De hecho, según confiesa la autora, dicha situación familiar y, sobre todo, ese larvado conflicto con su madre, terminó por convertirse en razón principal para escribir Libre. Comenta Lea, entonces, sobre el duro juicio materno que veía recaer sobre ella: “Yo sabía que eso era lo que pensaba mi madre. Siempre quise explicárselo, pero no sabía por dónde empezar.” Agrega entonces: “Pensaba que aclarar (mi postura) iba a llevarme un libro entero. Éste es el libro”. Fue así que, en plena pandemia, durante una estancia académica en Berlín, y “escondida en un armario” (para resguardarse de las demandas de sus hijos) ella se dedicó a reflexionar sobre su pasado en Albania, escribiendo esta obra. Lo hizo, tal como reconoce en la última línea del libro (spoiler) “para explicar, para reconciliar y para continuar la lucha”.

    En más de un sentido, Libre resulta un trabajo ejemplar. Ejemplar, sobre todo, en cuanto a cómo es que un académico puede contribuir a la discusión pública, combinando sus conocimientos específicos en una cierta área, con una perspectiva asentada en la auto-biografía. Lo de Lea resulta notable en todos los aspectos aquí involucrados: su fineza teórica; su capacidad para comunicar sus ideas a través de un lenguaje comprensible y a la vez erudito; y su enorme sensibilidad. En efecto, el libro aparece escrito muy a flor de piel, y revela siempre, de una manera muy franca, lo que ella siente sobre lo que escribe. Un ejemplo particularmente bonito de esto que digo aparece en la mirada, honesta y cándida, con que ella se refiere a las categorías principales del marxismo, que disciplinadamente aprendiera en la escuela. Comenta entonces que “detrás del capitalista y del terrateniente estaban mis bisabuelos; detrás de los trabajadores estaban los gitanos que se ocupaban en el puerto; detrás de los campesinos estaban las personas con las que mi abuela faenó en el campo, de las que ella hablaba con condescendencia.”

    Otro ejemplo particularmente atractivo de esa mirada, no ingenua pero a la vez virginal, de la autora, aparece cuando reproduce la lista que escribiera a su llegada a Atenas, poco luego de la caída del régimen de Hoxha. Lea redactó entonces una lista, a través de la cual procuró enumerar “todas las cosas que veía por primera vez”, y que incluyó ítems como los siguientes: “La primera vez que sentí el aire acondicionado en la palma de las manos; la primera vez que comí plátanos; la primera vez que vi semáforos; la primera vez que me puse unos vaqueros; la primera vez que no tuve que hacer cola para entrar en una tienda; la primera vez que pasé un control de fronteras; la primera vez que vi una cola formada por coches en lugar de por seres humanos; la primera vez que me senté en un retrete en lugar de ponerme de rodillas; la primera vez que vi que la gente iba detrás de un perro sujeto a una correa en lugar de ver perros callejeros yendo detrás de la gente; la primera vez que tuve entre las manos un chicle de verdad…la primera vez que vi cruces sobre las tumbas…”

    Un aspecto adicional, que destacaría especialmente de este libro, tiene que ver con la aproximación de la autora, entre piadosa y tierna (pero siempre lúcida) al pasado opresivo que vivió. Pienso, de manera especial, en el modo en que ella se refiere a las personas que la rodearon, en relaciones habitualmente marcadas por los ocultamientos, las delaciones y los silencios. Por ejemplo, en un pasaje importante del texto, ella describe a vecinos y conocidos, sin perder capacidad crítica, y revelando a la vez las ambigüedades propias de esa era. Escribe entonces: “Las mismas personas que se habían espiado entre sí también se habían proporcionado encubrimiento. Los guardias de las prisiones habían sido prisioneros; las víctimas habían sido victimarios”. Esa misma aproximación, piadosa y tierna hacia quienes la rodearon, aparece cuando se refiere a las razones morales que la motivaron a escribir este libro sobre su infancia. Dice Lea: “Algunos consideran un deber moral combatir el cinismo y la apatía política; para mí es más bien una deuda que siento que tengo con las personas del pasado que lo sacrificaron todo, porque esas personas no eran cínicas, esas personas no creían que las cosas acabarían arreglándose solas con el paso del tiempo.”

    Finalmente, subrayaría de Libre, su delicado contenido académico. El escrito ofrece, todo a lo largo, una sesuda reflexión sobre la libertad —su significado, sus implicaciones, las diferencias que la libertad puede importar para quien la mira desde una preocupación por el socialismo o por el capitalismo. Y es una reflexión delicada —agrego— porque, aunque su pensamiento al respecto está siempre presente, y aunque Lea Ypi tiene una concepción muy definida sobre la libertad, ella busca no imponerla sobre sus lectores, ni presentarla como si fuera obvia. Más bien, esa discusión teórica, abstracta y difícil, ingresa en el libro a través de ejemplos llenos de humanidad, que incluyen interrogaciones y dudas.

    Según entiendo, Lea piensa la libertad como tiende a hacerlo el liberalismo igualitario, es decir, atenta a las limitaciones que imponen las circunstancias en que viven las personas y que ellas no han elegido (lo que John Rawls llamaría la “lotería de la naturaleza”), e interesada por la posibilidad de que las personas puedan ser plenamente responsables de sus propias vidas. Pero Lea opta por no sacudir a los autores a través de pesadas teorías. Ella prefiere recurrir a otras ayudas. Puede ser, entonces, que para explayarse sobre la libertad la autora aluda a sus recuerdos de familia (y así nos cuente que, “si había una lección que aprender de la historia de mi familia y de mi país, era que nunca se eligen las circunstancias bajo las que se desarrolla la historia”). O puede ser, también, y de manera más específica, que la autora apele a las enseñanzas de su abuela, el personaje más querido y admirado en la obra (de su abuela Nini, cuenta Ypi que ella “nunca había dejado de ser responsable de sus actos;” a la vez que recuerda sus lecciones, como la de que “la libertad…es ser consciente de tus necesidades”).

    Lea Ypi cierra Libre con algunas íntimas reflexiones sobre la libertad, a la luz del opaco socialismo que viviera en su país, y el deslucido liberalismo que viniera a reemplazarlo. Sostiene así (y va un nuevo spoiler): “Para mi familia, el socialismo era sinónimo de negación: la negación de lo que querían ser, de su derecho a cometer errores y a aprender de ellos, de explorar el mundo a su manera. Para mí, el liberalismo era sinónimo de promesas incumplidas, de destrucción de la solidaridad, del derecho a heredar privilegios, de hacer la vista gorda ante la injusticia”. La autora concluye entonces afirmando lo siguiente: “Mi mundo está tan lejos de la libertad como aquel del que mis padres intentaron escapar. Ambos distan mucho de ese ideal. Pero sus fracasos adoptaron formas muy diferentes y, si no hacemos un esfuerzo por entenderlos, continuaremos divididos para siempre.”