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  • I

    Se debe a Renato Cristi el convincente intento de comprender la dictadura de Pinochet bajo la matriz ideológica del liberalismo autoritario de Carl Schmitt. La reivindicación de la dictadura por un amplio espectro de candidaturas presidenciales –la del actual Presidente Kast, así como la de los candidatos competidores Matthei y Kaiser– hacen inevitable extender la apreciación de Cristi también a la actual ultraderecha chilena. En su discurso de 1932 ante los industriales del Ruhr, Starker Staat, gesunde Wirtschaft, Schmitt formuló un diagnóstico de la República de Weimar que la ultraderecha latinoamericana –en particular Milei y Kast–ha hecho suyo: el Estado débil –incapaz de resistir las presiones redistributivas de los partidos, los sindicatos y los grupos de interés– sería la causa primaria de una economía enferma (del “colectivismo”, la inflación y del gasto estatal). La solución de Schmitt fue transparente: Estado fuerte, economía sana. No que el Estado se retire de la economía sino que se fortalezca lo suficiente para poder aislar el mercado de las exigencias de la política.

    La apelación a Schmitt no es exclusiva para el caso chileno. Michael Wilkinson ha descrito también desde el liberalismo autoritario el modo en que la institucionalidad de la Unión Europea sustrae la economía del control democrático. Christian Viera y Gonzalo García-Campo han argumentado, en esa línea, que la Constitución económica chilena puede comprenderse como un proyecto neoliberal autoritario cuya genealogía remite directamente al diagnóstico schmittiano, consolidado durante la dictadura e incorporado a la constitución vigente. La vinculación con la matriz ideológica de Schmitt guarda sentido respecto del presente. Pues permite explicar varios rasgos de la implementación gubernamental de la ideología de ultraderecha en Chile y Argentina: la tendencia a la concentración del poder ejecutivo, la desconfianza hacia los grupos –sindicatos, partidos políticos y organizaciones sociales– como fuentes de demandas ilegítimas sobre el Estado y la retórica de crisis y emergencia como contexto de justificación de recortes que en condiciones normales serían resistidas.

    La matriz schmittiana, sin embargo, no parece suficiente para explicar el componente más radical del programa de la ultraderecha: el desfinanciamiento deliberado del propio Estado. Javier Milei lo dijo sin eufemismos: venía a destruir el Estado desde adentro. Kast opera bajo la misma lógica; con menor estridencia retórica, pero con idéntica dirección programática. Vale preguntar en consecuencia hasta qué punto el marco del liberalismo autoritario resulta adecuado para comprender la ultraderecha del Cono Sur actual y, en cambio, qué del programa de Kast y Milei no logra capturar del todo su vinculación con la matriz schmittiana del Starker Staat, gesunde Wirtschaft.

    II

    Hermann Heller, en Staatsrecht oder Diktatur? (1933), señaló que el Estado fuerte propuesto por Schmitt no podía sino devenir dictadura. Pues dotar de autonomía al mercado respecto de lo político inevitablemente termina por someter el Estado al mercado. Para Heller el Estado fuerte que proponía Schmitt lo era sólo en la dimensión formal. Materialmente se presenta en cambio como una esfera de acción política capturada. Mientras la política concentraba poder decisorio en el Ejecutivo, entregaba el contenido de las decisiones a los intereses del capital. Fuerte hacia abajo –contra las demandas redistributivas sociales– pero débil hacia arriba –ante el poder económico concentrado–. La crítica de Heller apuntaba a una hipocresía estructural en la propuesta de Schmitt: el liberalismo autoritario encubre bajo la retórica de la soberanía del Leviatán la captura del Estado por el capital.

    La hipocresía estructural de la propuesta de Schmitt, sin embargo, no pretendía ser una manipulación. Al contrario, la pretensión de aislamiento soberano de la economía imponía al menos un límite discursivo a la captura por el capital: obligaba a justificar las decisiones en términos del interés general del Estado y no de los intereses de las facciones. Se presenta la hipocresía, parafraseando a Elster, como una fuerza civilizadora del capital. Mientras el Estado mantuviera la ficción operativa de su autonomía se conservaba un repositorio retórico de resistencia ante la colonización privada. Por muy débil que fuera, el Estado de Schmitt se pretendía fuerte.

    Kast y Milei abandonan en cambio incluso la hipocresía detrás del Estado fuerte de Schmitt. En la ultraderecha la captura del Estado por el capital no se encubre. Es el programa declarado. Al disolver la ficción de la soberanía política estatal –incluso a nivel formal–, disuelven también el único límite discursivo que esa ficción podía llegar a imponer. No sólo se pierde la fortaleza real del Estado –que Heller ya había desmontado– sino la capacidad de invocar la soberanía como límite a la captura privada. El resultado es un Estado desprovisto de toda la gramática que Schmitt le atribuyó como propia.

    La redistribución regresiva es la prueba más clara de esa diferencia. La pretensión schmittiana de soberanía es difícilmente conciliable con el programa explícito de transferencia de recursos desde el Estado hacia el capital. Incluso en el nivel de la hipocresía, semejante transferencia horada la legitimidad necesaria a un Estado fuerte para resistir las presiones redistributivas de los grupos sociales. La matriz schmittiana conduce al fascismo, no al neoliberalismo. Para Kast y Milei la distribución regresiva es en cambio el programa explícito. La transferencia de recursos hacia la acumulación del capital excluye esos recursos del espacio políticamente disputable, transformándolos en propiedad privada blindada de la decisión democrática.

    III

    La austeridad como instrumento desborda al Estado: el desfinanciamiento sistemático no produce el Estado fuerte schmittiano –produce un Estado que ya no puede hacer nada, ni siquiera encapsular los mercados de lo político–. Ese es el horizonte declarado del programa de la ultraderecha sudamericana. Mientras para Schmitt el desfinanciamiento del Estado obstaculizaría el programa de conducción de la economía, para Kast y Milei en ese desfinanciamiento radica precisamente la salud de la economía. Estado débil, economía sana. La lógica autodestructiva del programa de la ultraderecha emerge de manera transparente.

    Mark Blyth demostró en Austerity: The History of a Dangerous Idea (2013) que las políticas de austeridad se implementan sistemáticamente en contextos donde no son económicamente necesarias. Su función no es fiscal sino redistributiva: transfieren los costos de las crisis –reales, construidas o inducidas– desde el capital hacia el trabajo y los servicios públicos. Wolfgang Streeck, en Buying Time: The Crisis of Democratic Capitalism (2013), añadió una dimensión política insoslayable al análisis: el endeudamiento y el déficit no son anomalías del neoliberalismo sino instrumentos propios de su estructura de gobernanza. Un Estado en desfinanciamiento permanente no puede resistir las exigencias del Marktvolk –el pueblo del mercado– desplazando con ellas al Staatsvolk, al pueblo democrático. La austeridad no restaura el equilibrio fiscal: aplaza indefinidamente la contradicción entre democracia y capitalismo mientras la resuelve políticamente a favor del segundo.

    El punto de inicio habitual de las políticas de austeridad es una crisis financiera privada que el Estado socializa: el déficit que justifica el recorte no es producto del gasto social sino del rescate del capital privado. El caso chileno es más radical: no hay crisis financiera objetiva que socializar. El punto de inicio es directamente la declaración de emergencia –el “Estado en quiebra” y la herencia fiscal irresponsable del gobierno anterior–. Un acto performativo que se presenta como diagnóstico técnico pero que es ante todo una decisión política sobre qué cuenta como gasto legítimo y qué cuenta como malgasto o derroche. Esa construcción es el puente entre la concentración ejecutiva y el desfinanciamiento estructural: la retórica de la emergencia produce la deferencia institucional y discursiva que permite implementar la austeridad antes de que la deliberación democrática pueda organizarse para resistirla.

    IV

    El ciclo no comienza con el gasto sino con su interpretación. El punto de partida es la declaración de que el Estado anterior gastó más de lo que podía. Esa declaración inaugural constituye el acto performativo que pone en marcha el ciclo. Parece externo a él porque se presenta como constatación de una realidad preexistente. En rigor es interno porque construye a nivel político-discursivo una realidad que ya viene configurada precisamente como la condición normal del capitalismo tardío (Streeck). El ciclo opera simultáneamente por dos vías que se refuerzan mutuamente: el recorte del gasto y la rebaja tributaria a los grandes capitales reducen por vías paralelas la capacidad del Estado de financiarse. Son las dos caras del mismo programa de autosarcofagia. La declaración de emergencia legitima luego el recorte; el recorte reduce la capacidad recaudatoria y la base institucional del Estado; esa reducción produce un déficit real que confirma retrospectivamente la emergencia declarada; y el déficit ahora confirmado justifica mantener y profundizar el recorte. Es la lógica de la profecía autocumplida.

    Lo que hace al ciclo especialmente resistente a disputa electoral es su estructura epistemológica: el programa hace su propio diagnóstico infalseable. Si el Estado gasta y hay sensación de crisis, la austeridad es la solución. Si la austeridad se aplica y la sensación de crisis persiste, la conclusión no es que la austeridad falló sino que fue insuficiente. La emergencia no puede ser refutada desde dentro de la lógica del programa porque cualquier evidencia adversa se convierte en argumento a favor de más recorte. Es la estructura de una ideología en sentido fuerte: no una descripción del mundo sino un marco que organiza la percepción del mundo de manera que no pueda ser contradicho por él.

    V

    Aquí reside la paradoja más inquietante del programa autosarcofágico de la ultraderecha. La retórica de emergencia concentra poder ejecutivo –produce, transitoriamente, algo que se resembla al Estado fuerte schmittiano. Pero esa concentración no se usa para aislar la economía de la política democrática, como quería Schmitt, sino para implementar el desfinanciamiento estructural que hace al Estado incapaz de actuar políticamente. El poder se concentra para luego abolirse a sí mismo como capacidad de acción estatal. El Estado fuerte de la emergencia es en simultáneo el instrumento de su propia liquidación.

    La genealogía histórica de esa convergencia no es tranquilizadora. Clara Mattei mostró en The Capital Order: How Economists Invented Austerity and Paved the Way to Fascism (2022) que en el período de entreguerras la austeridad y el autoritarismo no fueron respuestas alternativas a la crisis sino instrumentos complementarios de restauración capitalista. El objetivo de las primeras políticas de austeridad modernas en Italia y Gran Bretaña entre 1918 y 1925 no era la estabilidad fiscal sino contener las demandas redistributivas del movimiento obrero que la guerra había fortalecido. El caso de la dictadura chilena es una demostración de este patrón temprano. La austeridad hizo técnicamente posible lo que el fascismo impuso coercitivamente. No convergieron por accidente. La ultraderecha latinoamericana añadió una vuelta de tuerca singular, sin embargo: esa convergencia ya no requiere dos instrumentos separados. La retórica de la emergencia hace ambas cosas en simultáneo: concentra el poder para implementar la austeridad y produce la crisis que justifica más concentración. El fascismo histórico necesitaba destruir las instituciones democráticas desde afuera. El programa contemporáneo las vacía desde adentro.

    El autocanibalismo estatal no deja un vacío. Produce una sociedad específica: la que aprende a no esperar nada del Estado porque el Estado ha sido sometido a no ofrecer nada. El programa que vacía al Estado llena simultáneamente su espacio con una forma de organización social individualista, orientada al emprendimiento, a la especulación y las inversiones. Estructurada por la lógica del mercado como árbitro de méritos y fracasos. La atomización no es un efecto colateral sino el producto deliberado de la austeridad, la condición subjetiva que hace al ciclo sostenible en términos electorales e irreversible en términos políticos. Eso quisiéramos abordar en el siguiente ensayo.

    En el presente, debe indicarse como a nivel electoral el circulo se sublima. La retórica de emergencia tiene éxito incluso donde la emergencia no se presenta a nivel individual porque opera sobre una inseguridad difusa que el propio neoliberalismo previo produjo. Cuando el Estado se retira de la provisión de bienes públicos, los ciudadanos dejan de experimentar los intereses comunes como algo que puede ser provisto por el Estado. La experiencia que se dogmatiza es la de individuos compitiendo en el mercado. El mercado, sin embargo, es inherentemente inseguro: la atomización produce resentimiento. Y ese resentimiento es el combustible de la política de la ultraderecha: no promete resolver la crisis sino identificar responsables. El programa estatal de desmantelamiento del Estado se alimenta así de su destrucción previa, adquiriendo rendimientos crecientes. Cada ciclo de austeridad pavimenta el terreno subjetivo para el siguiente. La emergencia ficticia es electoralmente perfecta porque conecta con sensaciones que ella misma produce y propone soluciones que agravan el problema y que la hacen todavía más profunda y permanente.