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  • Hay noticias que uno nunca querría recibir, aunque sabe que, en el transcurso de la vida humana, acabarán llegando. Con la muerte de Jürgen Habermas nos ha dejado uno de los últimos gigantes intelectuales del siglo XX. Será difícil pensar en Alemania y en Europa sin su voz y su prosa. Sus intervenciones en los debates públicos a veces reprendían a sus contemporáneos por su ceguera y por su incapacidad para sacar a la luz las implicaciones ocultas de sus posiciones. ¿Quién más habría visto en el debate de los historiadores reflexiones implícitas sobre la identidad y la culpa alemanas de la posguerra y la responsabilidad alemana por el Holocausto? ¿Quién más habría advertido sobre las implicaciones militaristas del «Zeitenwende» y los peligros del rearme alemán en nombre de la ayuda a Ucrania? Habermas no temía irritar e incluso ofender, pero nunca intencionadamente.

    Los filósofos tienden a ser ajenos al mundo y todos sabemos que la historia de la filosofía comienza con la polis condenando a muerte a Sócrates, el que decía la verdad. Este conflicto entre las ilusiones del demos y las percepciones del filósofo recibió una nueva formulación de la mano de Immanuel Kant. La tarea del filósofo no era solo «sapere aude», pensar por sí mismo, sino que la tarea de la crítica consistía en reflexionar sobre la época en la que se vivía. Con Kant y luego con Hegel, la temporalidad —es decir, el sentido de la época en la que se vivía— entró en la conciencia filosófica. Habermas es el heredero de esta tradición, que en la obra de la teoría crítica de Horkheimer y Adorno se convirtió en una crítica radical de la sociedad y la cultura que negaba y frustraba el potencial humano emancipador.

    El mundo ha perdido a un gigante intelectual y muchos de nosotros hemos perdido a un querido maestro y mentor. Y recitaré las oraciones judías en su honor: «Que su memoria sea una bendición».