Dice Fabián Casas que la burocracia es ese lugar donde ya no hay una pizca de amor: un largo corredor de los años, brillando, envasado al vacío. Quienes trabajamos desde y con el derecho, tratando de permear con palabras a burócratas profesionales, sabemos lo que significa caminar por ese corredor. Sabemos las teclas que antes prendían la luz y ahora hace tiempo que entraron en corto. Sabemos también algunas maniobras para ir por escaleras y atajos más inaccesibles a los ojos de los demás mortales. Sabemos también —y a veces desconfiamos de este saber primario, primitivo— que una de las maneras más eficaces de hacer entender la realidad detrás del reclamo legal es contar historias. Estas historias pueden ser grandes anécdotas, claro, o bien mínimas. Pequeñas artesanías que cambiaron el rumbo de una historia vital. Historias que rompen el envase al vacío y hacen que entren ráfagas de aire a esos escritorios, del sistema judicial, los parlamentos o las mesas de entrada que correspondan.

Aunque parezca fácil, saber contar historias es difícil. Es quizá por eso que las personas y los pueblos valoran a quienes se toman el tiempo en hacerlo. Según cuenta Donna Haraway, un equipo de investigación indagó sobre el valor de las historias en un pueblo originario de Filipinas, los agtas, cazadores-recolectores modernos. En la investigación intentaron averiguar qué era lo más valorado por la comunidad. El resultado fue brutal: a quienes narran, por sobre el resto, sin importar cuán útiles y funcionales fueran las demás tareas. El estudio mostró que los campamentos con mayor proporción de narradores y narradoras profesionales tenían mayores niveles de cooperación. Las personas preferían vivir allí. Según documentaron, con la narración de historias esos pueblos aumentaban la empatía “y las perspectivas más hospitalarias hacia otros y otras, incluso hacia extraños y extrañas”1.

Contar historias es una de las herramientas más poderosas para cambiar la realidad y sería una picardía desaprovecharla para quienes trabajamos con el derecho. Allá donde nos enseñaron a citar artículos, leyes y códigos para darle fuerza a nuestros pedidos, proponemos llevar nuestra caja de experiencias, una bolsa de vidas atravesadas por algún factor particular que despertó una necesidad. Un pueblo cuyos habitantes, para hacerse de agua potable, tienen que caminar muchos kilómetros. Animales maltratados a costa de apuestas ilegales. Una persona que alquila su vientre para que otros puedan ser madre o padre. Para contar esas vidas, proponemos aplicar una de las máximas de la escritura: show, don’t tell.

Las historias nos muestran lo que está pasando. Con sus imágenes, dejan de lado aquellas frases imposibles con las que se nos enseñó el derecho para dar lugar a ver y escuchar lo que está pasando en ese lugar, la textura, en ese contexto, con esos sujetos, lejos de víctimas y victimarios planos y universales. No decimos que una persona está cansada: contamos la cantidad de pasos que tiene que dar desde su casa al pozo de agua. Cuántos minutos de la vida de cada día. Indagamos quiénes buscan a los animales maltratados. Cómo son sus vidas. Qué hacían antes, qué ofrecen las apuestas. Escuchamos a quien alquila su vientre. Preguntamos quiénes son esos padres y madres. Cuáles son sus deseos, sus miedos, sus dolores. Por qué y cómo hacen lo que hacen.

Este tipo de narrativa presenta un modelo de comunicación que, a través de las historias, resuena emocionalmente en las personas, en sus valores y en su identidad. Ya no es una mera agenda de temas sino una trama argumental sobre la cual se montan esos temas2. En El poder de los afectos en la política, Chantal Mouffé cuenta que las personas necesitan sentir que su involucramiento en la política les da voz y las empodera. Para generar adhesión, las narrativas deben transmitir afectos en sintonía con las preocupaciones y experiencias personales de la población. Cuando ocurre esta unión entre ideas y afectos, las ideas adquieren poder3. Las historias nos interpelan. Ahí donde logran tocar la fibra de la empatía, las historias nos ponen frente a la pregunta: ¿qué tipo de personas queremos ser después de saber esto? Las personas juzgamos a quienes respaldan nuestras opiniones con narrativas basadas en experiencias personales y nos parecen más confiables que aquellos que respaldan sus opiniones con datos verificables4.

Escribir, y que se entienda, para quienes trabajan con el derecho y para quienes no. La propuesta no es parte de una frivolidad estética ni de una estrategia que se limita al trabajo, por ejemplo, en juicios por jurado. Por el contrario, es la búsqueda consciente de escribir y que se entienda, de desnudar esas maniobras elitistas del derecho que hacen que parezca que si hay muchas locuciones en latín, el trabajo es más serio. En la necesidad de contar historias radica el poder de construirnos nuevas narrativas democráticas. En la necesidad de tener algo para decir y en la voluntad de decirlo, aunque haya que reescribirlo decenas de veces.

Los casos funcionan como peldaños y han sido centrales para el avance de los derechos en América Latina. Como dice Donna Haraway: “Importa qué historias contamos para contar con ellas otras historias; importan los conceptos que utilizamos para pensar con ellos otros conceptos”5. Volver a los registros más primarios y conocer cómo estas experiencias vitales lograron salir del anonimato puede ser un insumo clave para las épocas venideras de apatía y de vecinos desconocidos. La propuesta radical que proponemos, por lo tanto, es perfeccionarnos en un arte que funciona, que escucha a sus protagonistas y traduce esas experiencias en lenguajes asequibles para las burocracias. Dejamos, por último, y como estampita, una frase del texto Arbitraria de Leila Guerriero, que dice: “Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan”6.


  1. Haraway, D. Prólogo en Le Guin, Ú. K. (2022). La teoría de la bolsa de la ficción. Rara Avis Editorial. Pág. 22. ↩︎

  2. Westen, Drew, The Political Brain, Nueva York, Public Affairs, 2007, citado por D’Adamo, Orlando y García Beaudoux, Virginia, Comunicación Política: narración de historias, construcción de relatos políticos y persuasión, Comunicación y Hombre, núm. 12, junio, 2016, Universidad Francisco de Vitoria Pozuelo de Alarcón, España, pp. 23-39. ↩︎

  3. Mouffe, Chantal, El poder de los afectos en la política, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Siglo XXI, 2023, p. 35. ↩︎

  4. Hagmann, David, Julia Minson, y Catherine H. Tinsley. “Personal Narratives Build Trust Across Ideological Divides”, 2021. ↩︎

  5. Haraway, D. Prólogo en Le Guin, Ú. K. (2022). La teoría de la bolsa de la ficción. Rara Avis Editorial. Pág. 12. ↩︎

  6. Guerriero, Leila (2022). Zona de obras. Anagrama. ↩︎