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  • La racionalidad comunicativa

    La principal contribución de Habermas a la filosofía, sociología, derecho y teoría de la democracia es la teoría de la acción comunicativa (1982). De ella depende todo el edificio conceptual desarrollado en esas áreas. En su centro está la idea de que la interacción humana es esencialmente comunicativa y de que el lenguaje no puede ser entendido como un mero instrumento sujeto a las intenciones de los hablantes. (Son conocidas sus críticas a la teoría del significado intencionalista). La idea central de la teoría de la acción comunicativa es que, en las interacciones humanas mediadas por el lenguaje, hay una racionalidad que no es puramente instrumental o estratégica: la racionalidad comunicativa. Afirmar que hay racionalidad en las interacciones comunicativas implica sostener que existen exigencias o “deberes” racionales que se nos imponen en tanto seres capaces de hablar y actuar. Estos deberes no son mandatos de nadie, sino exigencias que surgen del uso comunicativo del lenguaje. Dicho uso nos impone “obligaciones” que no son solo ilocucionarias, sino también obligaciones de realizar acciones extra-lingüísticas. Los deberes racionales tienen un sentido específico que a veces se olvida. Así como, cuando quiero alcanzar un fin, “debo” (en sentido racional) querer realizar la acción que constituye el mejor medio para lograrlo —aunque en ese momento no tenga ganas de hacerlo (sería irracional, en sentido instrumental, no querer el mejor medio para alcanzar un fin que se desea)—, en la comunicación lingüística hay cosas que “debo” hacer porque se siguen de los actos lingüísticos realizados. Estas obligaciones comunicativas no dependen de mis intenciones previas, por eso no tienen un sentido instrumental. Independientemente de mis intenciones, debo hacer algo porque dije algo, por ejemplo, o porque otra persona está justificada en exigírmelo en función de lo que previamente dije.

    Hay una reconocible matriz kantiana en esta concepción de la racionalidad comunicativa: la racionalidad humana no es solamente instrumental; es más amplia; no solo debemos (en sentido racional) elegir los mejores medios para nuestros fines, también debemos —en ese mismo sentido— universalizar la máxima de nuestra acción (Kant) o cumplir nuestras obligaciones comunicativas (Habermas). Obviamente, estos deberes racionales —sean instrumentales o comunicativos— pueden no ser cumplidos. Las normas de la racionalidad ejercen un tipo de coerción tenue: siempre podemos no actuar como deberíamos; siempre podemos ser irracionales.

    La acción comunicativa y el discurso

    La teoría de la acción comunicativa piensa la comunicación adoptando la perspectiva del oyente. En la vida cotidiana, en el contexto de la acción comunicativa, siempre hay un otro (una segunda persona) que puede preguntarme por qué hago lo que hago o digo lo que digo, o simplemente decir no. Un análisis pragmático de estos casos revela que hay dos tipos de cuestiones sobre las que el oyente puede interpelar al hablante exigiendo razones: la verdad de hechos (o teorías) y la validez de normas sociales que el hablante presupone. Esto significa que el oyente atribuye siempre al hablante una pretensión de verdad y una pretensión de corrección. Ambas funcionan como presuposiciones inevitables de la comunicación que conducen al intercambio de razones. Cuando un oyente interpela a un hablante en alguno de los dos sentidos mencionados, a menos que este adopte una actitud instrumental (estratégica) de manipulación o interrumpa la comunicación, la única alternativa racional disponible consiste en dar razones. Desde luego, las razones ofrecidas inicialmente por el hablante pueden no ser suficientes; el oyente —que también está sujeto a las mismas exigencias de racionalidad— puede seguir solicitando justificaciones. Nuevamente, a menos que el hablante adopte una actitud estratégica, la única alternativa racional consiste en seguir dando razones. Habermas sostiene que, cuando esto ocurre, hablante y oyente pasan a un nivel superior de comunicación en el que la interacción consiste exclusivamente en el intercambio de argumentos: lo que denomina discurso (Diskurs). Este puede ser teórico (si versa sobre la verdad de enunciados) o práctico (si versa sobre la corrección de normas).

    Lo que interesa especialmente a Habermas es el pasaje de la acción comunicativa al discurso. La plausibilidad y necesidad de este pasaje son decisivas para su teoría. La reconstrucción minuciosa de las reglas de la comunicación pretende mostrar que el tránsito a la argumentación racional es un presupuesto inevitable de la interacción comunicativa. Se trata de un presupuesto inevitable, aunque contrafáctico y, en ese sentido, ideal. No es, sin embargo, un ideal normativo que el teórico Habermas plantea como deseable, sino uno ya implícito en la práctica comunicativa.

    La situación ideal de habla

    El concepto de situación ideal de habla, así como la concepción de una ética del discurso, ha suscitado numerosos malentendidos. Pero la idea de que una argumentación racional colectiva presupone reglas ideales de simetría entre los participantes, o una ética mínima, no es tan extraña. En el discurso, los interlocutores están liberados de la carga de la acción. Participar en una argumentación implica asumir múltiples compromisos: decir la verdad, dar razones para las afirmaciones que hacemos, prestar atención a las objeciones que nos hacen, no excluir a nadie que formule una objeción relevante, etc. Puede ser que este conjunto de condiciones nos permita sostener que toda argumentación racional presupone el reconocimiento de todos los participantes como interlocutores con el mismo derecho a hablar. No obstante, la idea de fundamentar una ética en la argumentación, y no solo una ética de la argumentación, exige mostrar que hay una conexión necesaria entre discurso y acción. Aun cuando se reconozca que la argumentación racional presupone reglas “morales”, lo que debe demostrarse es que esas reglas, reconocidas por quienes argumentan en el momento mismo de argumentar, tienen validez para la acción social fuera de las argumentaciones. Por eso la suerte de la teoría se juega en probar la conexión entre la acción comunicativa y el discurso.

    En este punto, Habermas ha ido cambiando de opinión. Hay una versión más fuerte de la teoría (1982) y —tras una revisión profunda— una versión más débil (1996). Hay varios cambios en la teoría a lo largo del tiempo. A veces los críticos no tienen en cuenta estos cambios y discuten sobre diferentes interpretaciones. Todos tienen razón. Simplemente se refieren a diferentes épocas del desarrollo de la teoría.

    La coordinación de las acciones sociales

    Como teoría de la acción social, la teoría de la acción comunicativa viene a dar una respuesta al llamado “problema hobbesiano”, esto es, al tipo de racionalidad que debemos presuponer en los agentes para explicar un orden social estable en el que se siguen normas. La respuesta es clara: si presuponemos únicamente la racionalidad estratégica, no podemos explicar la normatividad de lo social. La teoría sostiene que la coordinación de las acciones sociales —en las que suponemos que cada agente persigue sus fines— no puede ser entendida como interacción estratégica, sino que tiene que ser pensada como “orientada al entendimiento”, es decir, como acción comunicativa, un tipo de interacción en la que los agentes se guían por pretensiones de validez planteadas en sus actos de habla. Esto contrasta con los actuales agentes autónomos de inteligencia artificial que, comprobadamente, pueden comportarse como “agentes del caos”.