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    1. Quienes conocemos a Jaime sabemos que es un amigo extraordinario, dueño de un sentido del humor infrecuente, de una inteligencia sutil y de una disposición a nunca huir de la complejidad. Creo (con temor a simplificarlo), que esa combinación de calidez, fineza y valentía intelectual lo vuelve el individuo excepcional que es.

    Mucho de esto puede advertirse en El último liberal, un libro que recoge una serie de conversaciones entre Jaime y Andrés Rosler. Quisiera destacar un hecho que Carlos Pagni subraya, en su prólogo, y que no deja de sorprender: en lugar de consagrarse a celebrar el Juicio a las Juntas como una hazaña propia, Jaime ha elegido revisitar críticamente lo realizado y preguntarse si no hubiera sido mejor no haberlo hecho.1 Que Jaime haya vuelto críticamente sobre aquella decisión ha causado no poca perplejidad. Si uno considera el nivel de las atrocidades cometidas por el régimen militar de 1976, esa perplejidad puede llegar a producir escalofríos. La sola posibilidad de que uno de los principales arquitectos intelectuales del Juicio a las Juntas se permita siquiera dudar de lo que parece ser uno de nuestros más grandes “momentos constitucionales” resulta, a primera vista, desconcertante.2

    Al margen de las relevantes consideraciones que Jaime ha hecho sobre aquellos juicios y sobre sus efectos en la democracia argentina, pienso que en esas inquietudes retrospectivas hay algo más que una reflexión ceñida a ese episodio puntual de nuestra historia constitucional. Me parece, ante todo, que en esas inquietudes Jaime deja ver uno de los rasgos más hondos de su legado intelectual. A lo largo de su recorrido académico, Jaime nos ha invitado a pensar junto a él la naturaleza trágica de ciertas decisiones públicas; nos ha obligado a desconfiar del impulso simplificador de muchas teorías morales; y nos ha mostrado que el derecho, incluso aplicado con dignidad, solo puede hacerlo al precio de traducir conflictos humanos densos y complejos a formas más estrechas y necesariamente imperfectas.

    Me parece que hay en ese gesto –y también en su bien conocida incomodidad frente a los homenajes y otras formas de consagración– una disposición intelectual especialmente valiosa: una resistencia a las narrativas simplificadoras. Historiadores, filósofos morales, teóricos del derecho y juristas en general solemos vernos siempre tentados a ordenar la realidad a partir de relatos, principios o categorías que la vuelvan más inteligible. En esa operación de ofrecer claridad, suelen quedar por fuera importantes matices, ambigüedades y aristas que también integran la “verdad” de una situación. Creo que Jaime ha sido siempre particularmente sensible a ese costo. Quisiera, por eso, proponer tres consideraciones que tal vez permitan apreciar mejor el alcance de esa disposición intelectual.

    1. Una primera manera de comprender la sutileza de las dudas retrospectivas de Jaime radica en advertir que las grandes decisiones públicas –como las que la democracia argentina enfrentó en 1983– siempre envuelven un componente trágico. La tragedia no surge necesariamente de errores o defectos personales, sino de las tensiones inherentes al propio ejercicio del poder. El gobernante, así como el asesor político, se ve obligado a elegir entre bienes en conflicto –justicia o estabilidad política, castigo o reconciliación– sin poder tener certeza ex ante de si la decisión adoptada fue la correcta. Quienes ejercen la autoridad no pueden distinguir con claridad sus errores de sus aciertos hasta que ya es demasiado tarde.3 Y esto ocurre, en buena medida, porque una decisión no se evalúa únicamente a la luz de las razones que la justificaron al ser adoptada, sino también por los efectos que acaba produciendo.

    Precisamente, una de las intuiciones que atraviesan los últimos trabajos de Jaime estriba en la idea de que el juicio moral no depende exclusivamente de las intenciones o de la racionalidad de una decisión. Depende también, y de un modo significativo, de cómo resultan finalmente las cosas. En uno de sus últimos trabajos, Suerte, moralidad y responsabilidad penal4, Jaime observó que evaluamos moralmente a las personas no solo por lo que quisieron hacer, sino también por las consecuencias que sus acciones efectivamente produjeron, aun cuando esas consecuencias dependan de factores fuera de su control. La suerte, es decir, ese conjunto de factores y circunstancias que escapan al dominio del agente, tiene un peso relevante en nuestra vida moral.

    La influencia inexpugnable de la suerte crea una tensión profunda en nuestra concepción de la responsabilidad. Intuitivamente creemos que una persona debería ser juzgada solo por aquello que controla. Sin embargo, en la práctica, nuestras evaluaciones morales cambian según los resultados. Dos conductores pueden actuar con el mismo grado de cuidado, pero si uno atropella a un niño y el otro no, nuestra reacción moral será distinta. Para Jaime, ese desajuste no es el fruto de un simple error psicológico. Da cuenta, más bien, de un dato constitutivo de la condición humana. Nuestra experiencia moral está atravesada por contingencias que ninguna teoría normativa consigue disipar del todo.

    Por eso Jaime es tan consistente al sugerir que las grandes decisiones políticas adquieren inevitablemente un componente trágico. Una decisión que hoy consideramos prudente o admirable podría haberse revelado desastrosa si las circunstancias hubieran evolucionado de otro modo. La historia transforma retrospectivamente el significado de las acciones. Lo que en un momento fue un cálculo razonable puede aparecer después como una temeridad; lo que parecía arriesgado puede convertirse en un acto de lucidez histórica. En política, más que en ningún otro ámbito, el juicio moral está inevitablemente expuesto al veredicto incierto de los acontecimientos.5

    Así, las inquietudes retrospectivas de Jaime pueden entenderse precisamente a la luz de estas consideraciones. Tal como lo interpreto, el asunto nunca se trató, en rigor, de afirmar que el Juicio a las Juntas hubiera sido sin más una decisión incorrecta. Lo que sus dudas siempre parecieron resistir es la tentación retrospectiva de ver aquella decisión como una decisión moral perfecta, evidente desde el principio. Jaime sabe que las decisiones políticas no se toman desde la comodidad de una historia ya resuelta. Se toman en medio de incertidumbres profundas, de riesgos institucionales reales y de consecuencias que nadie puede prever con seguridad.

    Mirado desde la distancia, el Juicio a las Juntas aparece como un episodio fundacional de la democracia argentina. Pero quienes participaron en su diseño e implementación —y, de manera decisiva, el presidente Raúl Alfonsín— no podían saber cómo terminaría la historia. La estabilidad democrática era frágil, las Fuerzas Armadas conservaban poder y el desenlace político estaba lejos de estar asegurado. En ese contexto, la decisión de juzgar a los jerarcas militares no podía reducirse a una simple aplicación de principios morales claros. Se trataba, ante todo, de una apuesta política cargada de incertidumbre.

    En ese sentido, la reflexión tardía de Jaime, más que debilitar el significado moral de este tipo de decisiones, las vuelve más inteligible. Nos recuerda que incluso las definiciones históricas que hoy consideramos más justas fueron tomadas en un mundo en el que el resultado era incierto. Y precisamente por eso conservan algo del carácter trágico que Jaime ve en la experiencia moral: el hecho de que actuar correctamente no elimina la posibilidad de consecuencias inesperadas, ni nos libera de la sombra persistente de la suerte.

    1. Una segunda consideración, íntimamente conectada con lo anterior, se refiere a la consistente preocupación de Jaime frente al impulso simplificador de muchas teorías morales. Lo que en ellas parece inquietarlo no es, desde luego, la aspiración para orientar la acción, sino la facilidad con que a veces prometen resolver asuntos prácticos complejos mediante principios demasiado generales, demasiado pulcros, demasiado seguros de sí mismos. Jaime siempre ha advertido que la experiencia moral desborda una y otra vez esos esquemas teóricos. Hay decisiones en las que los bienes en juego no pueden reducirse sin pérdida a una única regla, a un único criterio, a una única fórmula de corrección. Y cuando una teoría pretende hacerlo, la pérdida no es solo intelectual. Es también moral.

    Creo que esa advertencia ayuda a ver un rasgo muy característico de Jaime. En su obra hay una desconfianza sostenida frente a las teorías morales que quieren poner la experiencia humana demasiado en orden. Él ha sabido ver que la vida moral se resiste a esa aspiración a la pulcritud. Hay conflictos que no admiten una salida enteramente limpia, decisiones correctas que no eliminan del todo la experiencia de una pérdida, y emociones –como la vergüenza, la ira o la humillación– que no están en la periferia de nuestras prácticas evaluativas, sino en su centro. Tal vez por eso la literatura ocupa en sus últimos trabajos un lugar tan importante. Allí reaparecen, con todos sus matices, lo que muchas teorías morales pretenden depurar.6 En definitiva, una teoría puede ganar mucho en coherencia cuando prescinde de esas dimensiones, pero también empieza a perder contacto con aquello mismo que pretende explicar, o cuando menos reglar.

    Si se mira desde esta perspectiva, su reflexión crítica sobre el Juicio a las Juntas adquiere un significado mucho más amplio. No se trata solo de volver sobre una decisión histórica determinada, sino de oponerse a la tentación –tan frecuente en la vida moral y política– de creer que una sola idea, por brillante que parezca, puede ordenar sin sacrificios toda la complejidad de una situación. En esto también reside, me parece, una parte esencial de su legado, en habernos enseñado a desconfiar de las respuestas demasiado rápidas, de las justificaciones demasiado puras y de las teorías que, para conservar su elegancia, necesitan amputar aquello que en la experiencia humana se resiste a encajar.

    1. Una tercera consideración se relaciona con el modo en que Jaime mira al derecho. Una lectura rápida de varios de sus trabajos podría sugerir que su preocupación consiste simplemente en señalar que el derecho tiende a simplificar los conflictos sobre los que interviene. Y algo de eso hay, sin duda.7 Pero lo verdaderamente distintivo no es tanto esa observación –que muchos juristas han formulado antes– como la manera en que él intenta comprender la densidad humana de las situaciones sobre las que el derecho pretende ordenar.

    En libros dedicados a asuntos tan dispares como Humo y espejos8Terror y justicia en la Argentina9, Jaime se aproxima al derecho con una sensibilidad casi antropológica. Su mirada no se detiene únicamente en las normas o en los argumentos jurídicos. Él indaga en los mundos morales en los que las normas efectivamente operan. En las emociones colectivas, en las diferentes formas de humillación y de vergüenza, tanto como en los silencios y las complicidades difusas que atraviesan a una comunidad.

    Desde su perspectiva, el derecho aparece menos como un sistema lógico que como una práctica social que interviene sobre tramas muy densas. Jaime nunca pierde de vista que el derecho opera sobre cadenas causales largas y complejas, con responsabilidades entrelazadas, sobre relaciones cargadas de afectos, lealtades y expectativas recíprocas. Comprender eso exige algo más que habilidad doctrinal. Exige cierta sensibilidad para percibir aquello que el derecho necesariamente recorta cuando transforma esa complejidad en categorías institucionales.

    Por cierto, en el caso de Jaime, esa sensibilidad, no se formó solo a partir de la reflexión académica. Se fue afinando también en experiencias de terreno -desde las yungas bolivianas hasta sus misiones en Zimbabue, Haití, El Salvador, Libia, Ruanda o Sudáfrica- y también en el ejercicio, aún más infrecuente, de volver sobre la voz de quienes habían ocupado el lugar de los acusados o de los vencidos en procesos que él mismo había contribuido a diseñar.10 Hay allí un rasgo muy propio de Jaime. Esto es, la convicción de que el derecho no puede comprenderse realmente si no se lo sigue hasta esos escenarios en los que se mezcla con las emociones y las pasiones políticas.

    Tal vez por eso, en los trabajos de Jaime, el derecho nunca aparezca como un dispositivo capaz de cerrar definitivamente los conflictos que aborda. Esa conciencia de los límites del derecho, lejos de debilitar su valor, parece haber sido para Jaime una condición para tomárselo realmente en serio.

    1. Para terminar, creo que hay en Jaime, para quienes lo hemos leído y admirado, una enseñanza acerca de cómo pensar y de cómo plantarse frente al mundo. Esa enseñanza se hace visible en su negativa de recostar la experiencia humana en lechos de Procusto conceptuales, ya sean morales, jurídicos o políticos. Allí donde otros buscan demasiado pronto una fórmula, una regla final o un relato tranquilizador, Jaime nos obliga a permanecer un poco más en el laberinto, a soportar mejor sus tensiones y a pensar con más honestidad –y sobre todo con más humildad–, el costo que pagamos por cada intento de simplificación. Hay, en esa resistencia a la mutilación teórica de lo humano, una de las formas más raras y más valiosas de la valentía intelectual.

    1. Jaime Malamud Goti y Andrés Rosler, El último liberal: conversaciones sobre justicia, Estado de derecho y democracia, Buenos Aires, Ariel, 2025. ↩︎

    2. Ver Jaime Malamud Goti**,** Terror y justicia en la Argentina: responsabilidad y democracia después de los juicios al terrorismo de Estado, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2000. Puede consultarse, también, Jaime Malamud Goti, Crímenes de Estado: dilemas de la justicia, Buenos Aires: Hammurabi, 2016. Para un análisis de estos asuntos, debe leerse el trabajo de Federico Morgenstern, Contra la corriente: Un ensayo sobre Jaime Malamud Goti, el juicio a las juntas y los procesos de lesa humanidad, Buenos Aires, Ariel, 2024. ↩︎

    3. Esta es una idea central en Joseph Tussman, The Burden of Office: Agamemnon and Other Losers, Vancouver, Talonbooks, 1989, un texto que Jaime considera especialmente iluminador. ↩︎

    4. Jaime Malamud Goti, Suerte, moralidad y responsabilidad penal, Buenos Aires, Hammurabi, 2008. ↩︎

    5. Ver, asimismo, Barnard Williams, “Moral luck”, Proceedings of the Aristotelian Society, volumen suplementario L (1976), pp. 115-135; “Politics and moral character”, en Public and Private Morality, Stuart Hampshire (ed.), Cambridge: Cambridge University Press, 1978. ↩︎

    6. Ver, entre otros, Jaime Malamud Goti, “La Eternidad”, en Homenaje a Carlos S. Nino, Marcelo Alegre, Roberto Gargarella y Carlos Rosenkrantz (eds.), Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Derecho, 2008 y “Traición, heroísmo y sentido de la existencia: pensando en Borges y el mal”, en La cultura penal: homenaje al profesor Edmundo S. Hendler, Gabriel Anitua e Ignacio Tedesco (comps.), Buenos Aires, Editores del Puerto, 2009. ↩︎

    7. Tomando como punto de partida los análisis de Jaime sobre la lógica bipolar de la inculpación y sobre las explicaciones monocausales que dominaron los juicios a los militares, Mariela Puga ha mostrado que esa tendencia del discurso jurídico a simplificar en exceso no solo distorsiona la comprensión de conflictos complejos, sino que también puede debilitar ciertas luchas por los derechos humanos, al reproducir formas de autoritarismo incompatibles con una democracia genuina. Mariela Puga, “Sobre cómo concibe Malamud Goti a una democracia genuina”, en Política criminal y derechos humanos: derechos fundamentales, dogmática penal, justicia transicional, Estado y justificación del castigo. Libro homenaje a Jaime Malamud Goti, Rusconi, Maximiliano; Leonardo Pitlevnik y Gustavo A. Beade (dirs.), Buenos Aires: Hammurabi, 2024. ↩︎

    8. Jaime Malamud Goti, Humo y espejos: la paradoja de la guerra contra las drogas, Buenos Aires, Editores del Puerto, 1994. ↩︎

    9. Op. cit↩︎

    10. Ver al respecto Malamud Goti y Rosler, El último liberal, op. cit. ↩︎