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  • Antes de comenzar, quisiera agradecer a la autoridades de la Universidad Nacional de la Plata y de la Facultad de Derecho, por esta decisión de otorgar un honoris causa para Carlos Nino, y por concederme a mí el privilegio de presentar esta Laudatio. Gracias, por tanto, y de manera especial, al Presidente de la Universidad, Martín López Armengol, y al Decano saliente, el Dr. Miguel Berri. Por lo demás, me llena de orgullo participar de esta ceremonia, en la cual se distingue también a los queridos Jaime Malamud Goti y Martín Farrell. Paso entonces a mi presentación.

    La tarea para la que me han invitado, que es la de hacer el elogio de las contribuciones de Carlos Nino a la vida pública, implica una misión desafiante, pero finalmente sencilla. Aunque abundaré sobre sus aportes, tratando de honrar la invitación que me han hecho, y evidenciando las muchas razones que existen para otorgarle un doctorado honoris causa, entiendo que mi tarea podría limitarse a comentar un solo hecho de la rica trayectoria de Nino. Ocurre que Carlos Nino fue el protagonista central del acontecimiento más importante en la vida jurídica de la Argentina, el Juicio a las Juntas, un evento que otorga dignidad moral a una historia política —la del país— llena de barro y horror, y que incluye muy poco de lo que enorgullecerse. Dentro de ese contexto aflictivo, Nino fue responsable principal del diseño de un juicio que se articuló y desarrolló de manera ecuánime y justa, particularmente hacia aquellos que habían masacrado a una generación recurriendo a las formas más crueles, y permitiendo que ellos —los peores criminales— gozaran del juicio más imparcial posible —quiero decir, asegurando que no tuvieran la mínima razón de queja, que no pudieran decir que se los había tratado parcialmente o como si no fueran iguales. Que ese juicio justo, imparcial, transparente, respetuoso de los procedimientos y cuidadoso de las garantías hasta el extremo —ese juicio ideado por un puñado de filósofos analíticos— se haya convertido en un ejemplo admirado en todo el mundo, es un hecho que le otorga el estatus de prodigioso. Y que ese proceso judicial quimérico, que obligara a sentar en austeros bancos de madera, bajo la calma luz de los tribunales, a quienes habían concentrado hasta entonces el poder absoluto, se concretara de modo impecable, digno, exitoso, en la Argentina —en la Argentina!— ya nos permite hablar de un verdadero milagro. Nino —un personaje con todas las condiciones del antihéroe— fue el principal ideólogo de ese milagro, ocurrido en la Argentina, durante un tiempo que el sociólogo Carlos Altamirano denominó, aptamente, “el momento noble” de nuestra historia. Este solo dato debe bastar para justificar la asignación de éste y todos los premios y reconocimientos que tengan a bien otorgársele a Carlos Nino.

    Me refiero a Nino como antihéroe porque él nació y vivió como uno de ellos: un Gregorio Samsa responsable, trabajador y culposo, una persona de físico imperfecto y de salud frágil, tímida a pesar de sus esfuerzos expansivos, de movimientos torpes, y tremendamente miedosa. Pues bien, ese pequeño personaje kafkiano, mostró —tal vez por su candidez, tal vez por inconsciencia— un coraje moral excepcional, en los momentos en que era necesario, y más difícil, ser valiente. Por ejemplo, en 1979, es decir, en uno de los momentos más terribles de la dictadura, Nino publicó, con inocencia, uno de sus primeros artículos, defendiendo la no-punibilidad del consumo personal de estupefacientes. Años después —pienso en septiembre de 1983— un Nino ya maduro, todavía viviendo en dictadura, redactó y firmó, junto con Jaime Malamud Goti y Genaro Carrió, una histórica carta de lectores, en el diario La Nación, dando argumentos para considerar inválida la ley de auto-amnistía, que el General Bignone acababa de dictar, con el objeto de asegurar impunidad para los militares. Para referirme a quienes se involucraron corajudamente en dicha empresa, propongo que utilicemos un término apropiado: en su sentido estricto, el de “próceres”. Más todavía: en esos años, como sabemos, Nino se involucró con cuerpo y alma en el diseño del Juicio a las Juntas, pero también en la atención de sus secuelas, a sabiendas de que las conversaciones que tenía sobre el tema se desarrollaban, habitualmente, bajo el espionaje estricto de los servicios de inteligencia de la dictadura, que seguían activos y colaborando con aquella, ya en democracia. Sobre el coraje moral de Nino subrayaría también la integridad que le reconocí, en los tiempos verdaderamente aciagos que vivimos en el Consejo para la Consolidación de la Democracia, en particular luego de una sucesión de levantamientos militares que buscaran impedir que los juicios se extendieran hacia la oficialidad más joven. Pasamos ese tiempo, en el Consejo, con el reloj en la mano, calculando a qué hora podía llegar el eventual golpe de estado que tendría a gente como Nino entre sus blancos predilectos. Nino atravesó esos años con hidalguía, esto es, con generosidad y nobleza de ánimo.

    Lo dicho hasta aquí ya nos refiere a otro de los rasgos más notables, y que más me interesan destacar, de la labor intelectual de Nino: Nino se mostró siempre dispuesto a poner la teoría al servicio de transformar la práctica jurídica del país. Así, siendo un filósofo del derecho interesado y capacitado para transitar las más áridas cuestiones conceptuales, en un nivel de abstracción muy alto, Nino abordó siempre la teoría con el objeto de hacer, de éste, un país algo mejor. Ello así, muy especialmente, luego de culminar sus estudios doctorales en Oxford, y regresar a la Argentina, en los años 80. Entonces, y no por azar, su principal línea de estudios se movió, desde sus investigaciones sobre la dogmática penal y la teoría del castigo, que habían definido su etapa doctoral, hacia los estudios de la democracia, que dominaron sus trabajos desde su vuelta al país.

    Se explica, de este modo, que sus reflexiones sobre la validez de las normas jurídicas, resumidas, justamente, en su libro La validez del derecho, nacieran al calor de las discusiones que emergieran a la vuelta de la democracia, en torno a cómo actuar frente a la legislación de facto que nos legara la dictadura. Recordemos, en particular que, en ese momento, el partido peronista, encabezado por el jurista Italo Luder, propuso, resignadamente, reconocer la validez de la auto-amnistía militar. Ello, como si la democracia no contara con herramientas jurídicas apropiadas para enfrentar a la legislación de facto. En ese contexto es que encuentran su sentido y explicación las investigaciones que iniciara Nino, tratando de desentrañar las condiciones que permitían hablar de una norma válida. Quiero decir, Nino no se internó en elucubraciones tan abstractas sobre la validez del derecho por razones vinculadas —pongámoslo así— con la “jactancia de los intelectuales”, sino motivado por la necesidad —por la angustia— de demostrar que las normas producidas en condiciones de exclusión política y social no podían considerarse leyes válidas, en democracia. La teoría de Nino sobre cuándo y bajo qué condiciones una norma gana validez, resultaron simplemente imprescindibles, en lo que fuera luego la anulación de la auto-amnistía declarada por el Congreso en la primera ley dictada por el legislativo, en el retorno de la democracia. Más tarde, esos mismos estudios sobre la validez, impulsados por Nino, proveerían de fundamento a su insistente prédica en contra de la doctrina de facto —una doctrina que la Corte argentina había sostenido históricamente (vergonzosamente), hasta entonces, y que luego del gobierno de Alfonsín, el más alto tribunal volvería a sostener.

    Lo mismo que advertimos con el tema de la validez del derecho —la preocupación de Nino por abordar un tema complejo y abstracto, de forma tal de criticar y reformar una práctica concreta— lo podemos reconocer en sus estudios sobre el principio de autonomía de las personas —un tema que ocupa el lugar central en el que es, tal vez, su libro más importante, Ética y Derechos Humanos. Desde allí —desde sus reflexiones sobre el principio de autonomía— Nino derivó su crítica al perfeccionismo moral; su insistente énfasis en la distinción entre moral privada y moral pública; y su defensa estricta de la no-interferencia estatal en cuestiones de moral personal o autorreferente. Es en esta área en donde se reconoce al Nino más liberal —más radicalmente liberal, podría decirse. Ese radical liberalismo de Nino encontraría expresión, de modo especialmente notable, en sus tempranos reclamos por la abolición de la censura; en su defensa de la no-criminalización del consumo personal de estupefacientes; en su firme apoyo al derecho al divorcio vincular —pretensiones todas concertadas, judicial o legislativamente, durante los años del gobierno de Alfonsín.

    Un tercer gran ejemplo de la vinculación entre teoría abstracta y práctica concreta, en Nino, se advierte en sus trabajos en defensa de la democracia deliberativa, reunidos especialmente en el libro La Constitución de la Democracia Deliberativa. Ese marco teórico, el de la democracia deliberativa, es el que le ofreció a Nino la base desde donde criticar lo que él denominó el “híper-presidencialismo” latinoamericano. Como sistema de organización política en democracia —decía Nino— el híper-presidencialismo representaba la negación más extrema del ideal deliberativo: así, se desalentaba la cooperación; se fomentaba una dinámica de suma cero; se privaba al sistema de válvulas de escape; se dificultaba el debate colectivo; y se concentraba en una sola persona las decisiones que le correspondía tomar a la comunidad política en su conjunto. Las investigaciones de Nino sobre la democracia deliberativa, junto con estas críticas al híper-presidencialismo, ejercieron, como todavía ejercen, un impacto extraordinario en la región: ellos se convirtieron en referencia obligada en los procesos constitucionales desarrollados en América Latina, y en las discusiones académicas sobre el tema, en los años 80. Los estudios constitucionales de Nino aparecen coronados por un espléndido libro, Fundamentos de derecho constitucional —tal vez lo mejor que se haya escrito en la materia, en el país— y por sus excepcionales trabajos en favor de la reforma constitucional, impulsados desde el Consejo para la Consolidación de la Democracia, y en parte plasmados en la Constitución Argentina de 1994.

    Destaqué recién la persistente vocación de Nino por encarar cuestiones teóricas muy abstractas, a partir de preocupaciones reformistas, muy concretas. Quisiera ahora resaltar otro rasgo notable de su reflexión académica, que se vincula con la consistencia de su pensamiento. Más particularmente, me interesa destacar el modo en que esa consistencia lo llevó, tal vez a su pesar, a sostener posiciones que intuitivamente, quizás, él no suscribía. Admito que este juicio es polémico, porque Nino era capaz de encontrar argumentos para defender sólidamente absolutamente lo que quisiera, por lo cual puede parecer difícil afirmar, como lo hago, que él muchas veces se sintió obligado a sostener, finalmente, algo que, de inicio, rechazaba. Sin embargo, hay varios casos que me ayudan a respaldar lo que sostengo. Por ejemplo, Nino volvió de Oxford con los modales e ideas propias de un “liberal inglés” (así era como el juez Enrique Petracchi se definía a sí mismo). No obstante, y a pesar de ciertos impulsos conservadores que marcaron su liberalismo temprano, Nino defendió siempre la constitucionalización de los derechos sociales y económicos (algo así como la constitucionalización del segundo principio de John Rawls); como apoyó también las formas más participativas de la democracia, con absoluto entusiasmo. Se trataba de derivaciones naturales de los principios de justicia en los que creía. De modo tal vez más notable, Nino quien —como viéramos— había abogado como nadie por la derogación de la ley militar de auto-amnistía, observó con atención y mucho respeto al proceso uruguayo que culminó en el dictado de una ley de amnistía para los militares. Ello, en razón del proceso de amplísima discusión democrática que precedió y continuó al dictado de dicha ley, tal como lo dejara expresado en su libro Juicio al mal absoluto. Asimismo, y por razones procedimentales similares —las leyes, para él, sólo podían reclamar validez en la medida en que fueran el producto de un robusto debate colectivo— Nino llegó a sostener, en materia penal, que todo el sistema de castigo podía perder autoridad, y por lo tanto carecer de valor normativo, si la mayor parte de la población se encontraba, de hecho, socialmente marginada y legalmente excluida de la elaboración y discusión de esa normativa penal.

    Son estas las cuestiones que, según entiendo, apoyan enfáticamente el otorgamiento de esta distinción honoraria para Nino: su servicio a la democracia; su coraje moral; la notable consistencia de su pensamiento; la puesta de su inteligencia al servicio de transformar al país en otro, un poco más noble.

    Todo esto es cierto y es decisivo, según entiendo, para dar por cumplida la misión que se me asignara. Sin embargo, quisiera hacer referencia, ahora, a lo que Nino representó para muchos de nosotros, esto es decir, para sus discípulos más cercanos. Quiero hablar de la actitud y carácter de maestro que tuvo Nino para quienes trabajamos largos años con él —y pienso aquí en los así llamados Nino boys and girls, es decir, Carlos Rosenkrantz y Hernán Gullco, en sus comienzos, y luego Marcelo Alegre, Marcela Rodríguez, Roberto de Michele, Gabriel Bouzat, Roberto Saba, Silvina Álvarez, entre varios otros. A nosotros, Nino, simplemente nos cambió la vida. Nino demostró, como maestro, una preocupación desmesurada por nuestra formación académica. En este sentido, me pregunto —y les pregunto a quienes me escuchan— cuántos de todos los profesores titulares que conocen, actuando en cualquiera de las universidades públicas y privadas del país, han dedicado al menos una parte significativa de su vida, no al dictado de clases, sino a la formación académica de gente. Me pregunto cuántos discípulos les conocen; cuántas horas piensan que esos profesores han empleado para discutir con sus estudiantes, y corregirles sus textos; y cuántos de esos estudiantes han crecido, luego, con ideas propias y pensamiento crítico.

    En mi condición de exdiscípulo quisiera hacer mención, sobre todo, del “seminario de los viernes,” que desarrollábamos en el Instituto Gioja, de la Facultad de Derecho de la UBA. Podría hablar horas del seminario, pero me limitaré a señalar unas pocas cosas, en razón de la relevancia extraordinaria que tuvo en su biografía, y también en las nuestras. Los seminarios de los viernes se iniciaban en marzo de cada año, cuando Nino llegaba de sus clases en Yale, con una maleta repleta de fotocopias en mal estado, que nosotros recibíamos como “maná del cielo”. Esas fotocopias en papel representaban el alimento que nutriría nuestras discusiones por el resto del año. Iniciada la temporada, cada sesión encontraba luego un comienzo mágico, su primera media hora, durante la cual Nino resumía y reconstruía el texto que luego íbamos a debatir en la hora y media restante —Nino lo presentaba a su modo, normalmente convirtiendo en brillantes, textos, en muchos casos, simplemente actractivos. El seminario era de puertas abiertas, y a él podía asistir literalmente cualquiera. Recuerdo el caso de algunos asistentes que participaron en el mismo durante años, sin decir palabra, pero siendo siempre bienvenidos. Yo también transité mi primer año en silencio, sin entender una sola frase de lo que todos los demás discutían. Como le decían sus estudiantes a Gregory Bateson, yo podía haberle dicho a Nino: “no sé qué es lo que está diciendo, pero entreveo que es algo extraordinario”. Recuerdo que luego de ese fallido comienzo, terminé mi primer año en el seminario, yéndome de vacaciones a la playa con un solo libro, Ética y derechos humanos, que devoré solo, en la arena, durante quince días. Cuando terminé esa lectura, sin embargo, lo supe: había aprendido el idioma, ya conocía la lengua. Muchos de sus discípulos seguimos nuestros estudios en el exterior, alcanzamos uno o dos doctorados, paseamos por universidades de todo el mundo, pero —y digo esto sin margen de duda— en ningún lugar nos formamos más y mejor que discutiendo con Nino, ya sea en el seminario de los viernes; ya sea en las desopilantes tardes en el Consejo para la Consolidación; ya sea en el CEI, mientras comíamos facturas y bebíamos gaseosas, desternillados de risa —riéndonos con Nino o, más frecuentemente, de Nino.

    Por supuesto, recordamos a Nino como aquel que nos enseñó con su ejemplo, que existía la posibilidad de un camino distinto de aquel del litigio y el dinero —un camino que era más excitante y capaz de darle más sentido a nuestras vidas. Lo recordamos como el profesor que propició el encuentro del primer Presidente de la democracia, Alfonsín, con los mejores filósofos de su tiempo (Ronald Dworkin, Owen Fiss, Tim Scanlon, Thomas Nagel, Bernard Williams) lo que nos hizo imaginar que otro país era posible —uno en donde las máximas autoridades estudiaban, discutían y hacían todo lo que estaba a su alcance para entender y resolver mejor las descomunales tragedias morales que enfrentaban. Lo recordamos también como el primer latinoamericano que llegara a ser Profesor en la Escuela de Derecho de Yale; como el primer jurista latinoamericano en publicar en Oxford University Press; como el primer latinoamericano en escribir en revistas como Mind o Philosophy and Public Affairs; y tantos etcéteras. Sin embargo, y sobre todo, recordamos a Nino como el abogado brillante que dejó de lado el éxito en la profesión para vivir modestamente, como Profesor; como el maestro que, con celestial candidez, transformaba las preguntas insólitas de sus estudiantes en cuestionamientos agudísimos, para recién después responderlos; como el docente al que los demás profesores, en Yale, debían echar de la clase, porque tendía a prolongar sus lecciones indefinidamente, para seguir discutiendo con sus estudiantes en el aula; como el intelectual público que (como contara Garzón Valdés en un magistral artículo en homenaje a Nino) era capaz de perseguir a su interlocutor por los pasillos, y montarse después con él en su taxi, con rumbo incierto, sólo para seguir con la discusión en marcha y convencer a su eventual contrincante de que estaba equivocado.

    Entusiasta infinito, comprometido y militante, tal vez a su pesar, Nino se involucró con la pasión e inteligencia que lo caracterizaban, en los procesos de cambio constitucional que empezaban a darse, en su tiempo, en toda América Latina. La mañana del 28 de agosto de 1993 Nino le escribió a su amigo Owen Fiss: “Mañana me iré por tres días a Bolivia. Los nuevos diputados necesitan saber qué hay dentro de la Constitución, porque deben decidir si es necesario o no darle una segunda lectura. Espero que la altura del lugar no afecte demasiado mis explicaciones.” Al día siguiente de ese mensaje, Nino moría, en La Paz, mientras el avión comenzaba a carretear en destino, y la altura del lugar, finalmente, se convertía en obstáculo insuperable para sus explicaciones. Sirva este honoris causa como homenaje a su memoria, y también como muestra de afecto y cuidado hacia sus queridos Susana, Ezequiel y Mariano.