• debates
  • ensayos
  • entrevistas
  • reseñas
  • Es habitual hablar de los cruces entre la política y la Justicia: que la Justicia está atravesada por la política se ha vuelto una verdad de Perogrullo. Pocas personas en la Argentina están mejor posicionadas que Juan Carlos Maqueda para opinar al respecto: ocupó sucesivamente los más altos cargos de una y otra esfera. De eso quisimos hablar con él. Diáfanamente, no abona el cinismo imperante y  sostiene una mirada principista acerca de las tareas que le tocó protagonizar: nos dice, entre otras cosas, que el principal requisito de un juez de la Corte es ser buena persona (además de saber derecho). A continuación, la primera parte de las dos horas que el ex juez supremo nos concedió para hablar del tema, enfocada en su carrera política. El viernes publicaremos la segunda parte, sobre algunos de sus principales votos en los 22 años que ocupó un lugar de la Corte Suprema.

    La Crítica: Usted ingresó a la Corte en un momento muy particular: 2002, después del intento de juicio político en la Cámara de Diputados con Duhalde como presidente. Usted era presidente provisional del Senado en aquella época. A poco tiempo de ingresar a la Corte, vivió “desde adentro” el juicio que haría Kirchner. De este segundo juicio se habla más, pero del de Duhalde se habla poco, y (por lo menos mi impresión) fue decisivo para abrir la puerta para el juicio que vendría después. Me gustaría saber cómo vivió esos dos procesos y cómo los compararía.

    Juan Carlos Maqueda: La diferencia que hay ahí es que yo al juicio político de 2003 lo viví desde adentro y puedo hablar de eso. Al juicio político de la época de Duhalde, yo lo viví alejado porque yo estaba de presidente del Senado y estaba abocado a los problemas que teníamos en el Senado. Ahí no había mucho tiempo para otra cosa. No eran tiempos en los cuales uno se pudiera dar el lujo de estar abocado a otros temas, por más que le interesaran, que no fueran los que tenía que tratar uno. Y eso se desarrolló entre el Ejecutivo y en la Cámara de Diputados, entonces no conozco en detalle cómo fue.

    Sí recuerdo que había una demanda en contra de la Corte por parte de la gente que ya venía desde la época de Menem y de De la Rúa. Venía muy acentuada en ese momento, con manifestaciones frente a la Corte que hacía, por ejemplo, la Asociación de Abogados Laboralistas, y que pedían que la Corte se fuera. Había un desgaste muy grande de la Corte en sí. Yo no tenía relación interna con la Corte en aquel momento; lo veía desde afuera.

    Lo que sí recuerdo haber escuchado en corrillos políticos —este intercambio se hacía dentro del Poder Ejecutivo; yo no estaba para tomar decisiones sobre el juicio político, pero uno a veces escucha cosas— era que la Corte tenía una actitud extorsiva con respecto al gobierno de Duhalde. Entonces este juicio político fue una respuesta casi natural en ese momento. Esa respuesta casi natural llevó a que la Corte se frenara un poco. Lo que entiendo —aunque no lo tengo del todo claro— es que por parte del gobierno de Duhalde negociaron entre el presidente de la Cámara de Diputados y quien era secretario general de administración de la Corte, que era el “Negro” Reyes, fueron acercando las partes, hacerlos dialogar, y finalmente el juicio político se terminó.

    La Crítica: ¿Y el de 2003?

    Juan Carlos Maqueda: Bueno, el de 2003 fue absolutamente distinto. Yo creo que había quedado ya en el 2002 una sensación de que la Corte estaba muy desgastada desde el punto de vista general: con la gente, con los medios de comunicación, con los abogados. Estaba muy desprestigiada la Corte y había que hacer cambios. Me parece que Néstor Kirchner llegó con esa idea. Y los que estaban en la Comisión de Juicio Político en el año anterior, que era gente cercana a él —(Sergio) Acevedo y (Ricardo) Falú—, siguieron en esta Comisión de Juicio Político.

    Hubo un hecho que fue desencadenante. Néstor Kirchner asume el 25 de mayo de 2003, y en junio Nazareno hace unas declaraciones que fueron muy desafortunadas sobre el Corralito; el mismo procedimiento que había hecho antes con otra declaración sobre el tema. Pero esta vez yo, ya estando adentro, veo cómo venía la mano. Moliné O’Connor se había ido a Francia a ver el Roland Garros (porque él era presidente de la Asociación Argentina de Tenis). Desde Francia, le habló por teléfono a Nazareno y le dijo: “Metele el tema del corralito. Metéselo”. Nazareno hacía lo que Moliné le decía porque Moliné era el cerebro de la Corte… Nazareno era la cara.

    La Crítica: ¿Y Moliné a su vez respondía a Anzorreguy? 

    Juan Carlos Maqueda: ¡No! Tenía una autonomía total y absoluta. Yo me había enterado de eso muchos años antes, en el año ‘94. Cuando se firmó el Pacto de Olivos, se decide que va a haber dos lugares en la Corte y que se tenían que ir el presidente y el vicepresidente de la Corte, o sea, Nazareno y Moliné. En ese momento, Menem le dio la tarea a Anzorreguy de que fuera él quien le trajera la renuncia de su cuñado (Moliné), y su cuñado se esconde en un campo y no aparece más. Nadie sabe en qué campo fue, dónde, si tenía amigos con campo o qué. Lo cierto es que Anzorreguy o no lo encontró, o sabía dónde estaba y sabía que no le iba a firmar la renuncia, y no le lleva la renuncia a Menem. Nazareno se queda acá y da toda una batalla para no renunciar. Y entonces tienen que ser Barra y Cavagna Martínez quienes dan un paso al costado. Los designan a los dos convencionales constituyentes, y aparte Barra va de ministro de Justicia y Cavagna Martínez se va de embajador a Italia. Ahí además se quería que entrara Masnatta, pero yo era amigo de él y me acuerdo de que él no quería: “Yo estoy acá en la Comisión de Venecia, y acá me divierto, en la Corte me aburro”.

    La Crítica: ¿Y cómo fue la transición, cuando se van los jueces en 2003? 

    Juan Carlos Maqueda: Bueno, te venía hablando de Moliné. Lo conocí poco,  porque fue muy poco el tiempo que estuvimos juntos. Si bien fue un año, porque su juicio político fue en diciembre de 2003, durante ese año Moliné trabajó hasta mitad de año y de ahí en adelante no trabajó, estaba dedicado absolutamente a su defensa. 

    Tal es así que en el mes de julio, cuando todavía no estaba suspendido, renuncia el presidente de la Corte, Nazareno. Entonces Moliné, que era vicepresidente, tenía que asumir la presidencia de la Corte y se hace una reunión con una tensión impresionante; el aire se cortaba con una navaja. Moliné nos dice a todos nosotros: “Yo voy a renunciar al cargo de vicepresidente, así que tendrán que elegir ustedes quién va a continuar al frente”. El ofrecimiento natural era para Petracchi… pero Petracchi dijo: “No, no, no. A fin de año se termina el período de presidencia, lo tiene que terminar el ministro decano”, que era Fayt. Entonces Fayt lo terminó, y allí se lo eligió a Petracchi para el siguiente mandato. 

    La Crítica: Fayt y Petracchi tenían una interna, ¿no?

    Juan Carlos Maqueda: ¡Uh! In-fer-nal. Bastaba que Fayt dijera “A” para que Petracchi dijera “B”, y viceversa. Cada uno lo hacía desde la forma de ser que tenía. Fayt era un hombre muy arrebatado en ese sentido, y Petracchi era muy calmo, muy tranquilo, medía las palabras. Pero obviamente, si había algo que no sucedía era que tuvieran posiciones coincidentes; y cuando coincidían, no lo hacían notar.

    Igualmente, cuando yo llego a la Corte ambos ya estaban, digamos, en la minoría. Fayt había ido y venido un poco más, pero cuando yo llegué, Fayt ya era parte de la minoría. De hecho, yo entro a fines del 2002 y empiezo mi actividad en el 2003. En ese momento, Boggiano también ya había abandonado a la mayoría automática. A Boggiano le jugaron una mala pasada, porque le dijeron que él se podía quedar, y entonces él abandonó la mayoría automática. Eran mensajes que llegaban en ese momento desde la Jefatura de Gabinete. Pero después, cuando llegó el momento de cumplir, no le cumplieron.

    La Crítica: Ya que estamos hablando de esto, usted entró por Bossert, habiendo sido presidente provisional del Senado, siendo un político de raza. Entra conociendo absolutamente a todo el mundo. Usted pasa de ese lugar con esa centralidad, con todos esos contactos, al “monasterio” de la Corte… Me imagino que la gente guardaba su teléfono. ¿Cómo funcionaba eso?

    Juan Carlos Maqueda: Bueno, mirá, yo hice algo durante los 22 años: yo he atendido a todo el mundo. Ahora, atender a todo el mundo y escuchar a todo el mundo también implica la responsabilidad de decirle: “Mirá, yo te voy a escuchar, pero cuando llegue el momento de fallar, yo voy a fallar según mi leal saber y entender”. Y cuando fue pasando el tiempo, ya hubo más sinceridad en ese sentido, porque yo les decía: “Yo en esto que vos me estás planteando no te puedo acompañar porque ya tengo jurisprudencia sentada en contra”. Hubo quienes lo tomaban a bien y hubo quienes lo tomaban mal.

    La Crítica: Sin dar nombres, ¿me puede dar un ejemplo de alguna situación en que alguien lo haya tomado a mal?

    Juan Carlos Maqueda: Mirá, yo recuerdo —nadie de la política—, recuerdo un compañero de facultad, que me llamaba y se lo tomó a mal. Un simple abogado, nadie de la política, al que yo además no veía desde hacía muchos años.

    La Crítica: Siguiendo con su comienzo en la Corte, usted entra a la Corte en un momento muy particular. Porque la Corte estaba —Lorenzetti lo describe así en un libro— “en el subsuelo de la legitimidad”. Y hubo todo un proceso muy consciente de la Corte, del que usted formó parte, que busca reconstruir —yo creo que lo logra— la legitimidad de la Corte de cara a la ciudadanía.

    Juan Carlos Maqueda: Eso lo hacemos con Petracchi a la cabeza. Petracchi tuvo una tarea muy importante y realmente lo hizo sin levantar mucho polvo, como era la forma de ser de él. Él era netamente un hombre de la Justicia. No era un hombre que hubiera tenido una actividad política. Él había sido, en la época previa al retorno a la democracia, veedor político del Partido Justicialista. Ahí tuvo relaciones políticas, pero la realidad es que era un cargo que le daba la Justicia Electoral. El padre sí fue Procurador del Tesoro y después fue Procurador de la Nación, las dos veces con el peronismo. Él siempre decía: “Mi padre fue siempre peronista. Yo no soy peronista”. Era un simpatizante.

    Se avanza mucho en ese período de los tres años de Petracchi, y ahí viene la incorporación de los cuatro nuevos que designan en la época de Kirchner: Lorenzetti, Highton, Argibay y Zaffaroni. Petracchi los sabe tratar muy bien, los sabe modular, pero cuando termina su período, él dice que hay que establecer nada más que un período en la presidencia de la Corte y que él no está de acuerdo con seguir. Bueno, eso sorprendió un poco porque se daba por sentado que Petracchi iba a seguir como presidente de la Corte por lo menos un período más. Bueno, fue la oportunidad por la cual se lo eligió a Lorenzetti, que era de los cuatro que había designado Kirchner, y en el caso mío el quinto, el que tenía apetencias para ser presidente; los otros no las teníamos.

    La Crítica: Quería guardar esta pregunta para el final, pero ahora que lo dice tengo que preguntárselo. Usted fue presidente provisional del Senado. En esa calidad también ocupó la Presidencia de la Nación, cuando el presidente Duhalde viajaba. Entonces: cabeza del Legislativo y del Ejecutivo. ¿Por qué no la presidencia de la Corte, como Figueroa Alcorta?

    Juan Carlos Maqueda: Bueno, la verdad debo decir que no tengo el comportamiento natural que tienen la mayoría de los políticos en ese sentido. A mí la vida me fue poniendo en distintas circunstancias y en esas circunstancias traté de cumplir lo mejor posible. Yo, por ejemplo, cuando fui vicepresidente del Senado, me encontré con la presidencia en las manos porque me tocó dirigir las dos asambleas legislativas. Y en el medio, el que tenía que dirigir la segunda Asamblea Legislativa, que había sido presidente del Senado (Ramón Puerta), no la quiso dirigir. Entonces hubo un gran enojo interno en el Senado. Naturalmente, cuando volvimos en la primera reunión de bloque, se decidió que Puerta no siguiera y que siguiera yo de presidente. No es que lo busqué; me llegó, y en un año muy difícil como fue el 2002.

    La presidencia de la Corte nunca fue una cosa que me generara una aspiración siquiera. Por empezar, esto de Figueroa Alcorta es muy lindo para contarlo ahora, pero para vivirlo… A Figueroa Alcorta lo designan presidente de la Corte  después de estar quince años como ministro de la Corte, y asume recién después de que se da el golpe. Él no estaba para nada convencido de firmar la acordada de 1930 que redactó Repetto. Y Repetto lo apretó muchísimo, a tal extremo que se dice que a partir de esa situación se dice que nunca quedó bien Figueroa Alcorta. Se arrepintió siempre de haber firmado esa acordada y que además esto le hizo mucho daño a su salud, según decía la familia, y terminó así una carrera que había sido brillante para él porque había empezado como legislador provincial… Habíamos empezado juntos, digamos, la carrera. Otra diferencia es que él fue gobernador de Córdoba; yo no fui gobernador de Córdoba. Yo nunca busqué y me opuse cada vez que me propusieron ser candidato a intendente de Córdoba o a gobernador de Córdoba… (para Presidente de la Nación nadie me propuso). Eran cargos que yo no buscaba. De la misma manera, no busqué la presidencia de la Corte. Es un rasgo de mi personalidad. Lo excepcional es que yo haya sido presidente provisional del Senado; eso es lo excepcional. Por eso te cuento cómo llegué ahí. 

    Tuve otros cargos destacados pero en ámbitos distintos. Por ejemplo, siendo José Manuel de la Sota el jefe político de la renovación peronista, cuando nos enfrentamos con el PJ oficialista, nosotros íbamos por la Democracia Cristiana en la reforma constitucional de 1986-1987 en Córdoba, no nos dieron elecciones internas, tratamos de hacer un frente, pero los otros no quisieron. La Democracia Cristiana fue la única que nos dio el sello. Nosotros sacamos el doble de los votos que sacó el Partido Justicialista oficial. Y en el bloque de convencionales constituyentes de la reforma del ‘87 en Córdoba, que se llamaba bloque del Peronismo Renovador y la Democracia Cristiana, el presidente del bloque era yo, porque De la Sota me pidió: “Sé presidente vos, que de esto tenés más manejo que yo”. O sea, cuando eran cosas así que no eran disputadas, yo las aceptaba.

    Me ha tocado ser presidente de la Comisión de Justicia en situaciones de mucho trabajo en la Cámara de Diputados, fui vicepresidente de la Cámara de Diputados en Córdoba, fui vicepresidente del bloque de diputados justicialistas a nivel nacional, pero nunca fueron cargos que yo busqué.

    La Crítica: ¿Y por qué creés que te los ofrecían si no los buscabas?

    Juan Carlos Maqueda: Yo creo que me los ofrecían por mi dedicación al trabajo; más de uno me lo dijo. Y en el caso de la convención constituyente, era porque De la Sota tenía el manejo político y yo tenía más el manejo jurídico de las cosas.

    La Crítica: Usted fue el último candidato a la Corte propuesto antes del Decreto 222/03 y del proceso de audiencias ante el Senado. Usted no pasó por ese procedimiento. Da la impresión de que desde que existen esos procedimientos un candidato con un perfil político como el suyo hoy no sería propuesto: a partir de ahí entraron Zaffaroni, Lorenzetti, Highton, Rosatti… o bien jueces, o bien abogados con perfil muy académico. El único con carrera política fue Rosatti, pero casi que se ocultaba esa parte y se enfatizaban sus antecedentes académicos. Luego se ha hablado de Carrió, de Pichetto, de Fernández Sagasti, pero nunca se concreta. ¿Le parece que es una buena idea excluir a los políticos? Y, en consecuencia, ¿cree que un candidato político profesional hoy sería un buen candidato para la Corte? 

    Juan Carlos Maqueda: Mirá, yo creo que es un fenómeno que excede a la Argentina. Si tomamos la Corte de los Estados Unidos, durante mucho tiempo los candidatos fueron de la política, y acá en la Argentina hasta 1930 también fue así. Eso empezó a cambiar en 1930 acá. En los Estados Unidos cambió después, en la Corte de Roosevelt todavía eran políticos con altísimo nivel jurídico. Luego, el propio Warren había sido tres veces gobernador de California, un hombre de una carrera política. Ese cambio en los Estados Unidos se da en los últimos tiempos, a partir de los años ‘60 o ‘70. Los demócratas empezaron con la costumbre de ir preparando al hombre que iba a la Corte nombrándolo camarista en el Distrito Federal de Washington, y eso se convirtió en una costumbre.

    Acá en la Argentina, desde 1930 en adelante, se fue haciendo carne que tenían que ser hombres ligados a la academia, a la profesión o, en la mayoría de los casos, a la Justicia. Entonces, un caso como el mío era realmente difícil. En mi caso siempre resaltaron mis cargos políticos por encima de la corta carrera académica que pude haber tenido, y eso era lógico. Era bastante excepcional ya en aquel momento.

    Te cuento una anécdota: después de que me jubilé de la Corte, fui a recibir el cargo de profesor honorario en la Universidad de La Pampa. El decano de la Facultad de Derecho me dijo que un profesor de derecho civil quería hablar conmigo en privado, y yo acepté. Este profesor me dijo que él era el decano de la Facultad de Derecho de Mendoza cuando a mí me designaron, y que la organización de decanos que él presidía sacó en ese momento un comunicado, o envió una nota al Senado, o algo así, oponiéndose a mi designación porque yo no era un hombre que viniera de la academia, no era un hombre que viniera de la profesión, no era un hombre que viniera de la Justicia y, fundamentalmente, era un hombre que venía de la política, que era precisamente lo que en ese momento no querían que se nombrara. Y me dijo que quería conocerme para decirme que, después de ver mi desempeño a lo largo de los años, había mandado una carta al Ministerio de Justicia apoyando que me otorgaran los cinco años más si yo los pedía. Me pasó lo mismo con gente del Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires (el de la calle Montevideo, no el Colegio Público), que me pidieron una reunión y me dijeron: “Nosotros nos opusimos cuando usted asumió porque era un político, pero hoy queremos decirle que estamos muy satisfechos con que haya sido y nos habría gustado que haya seguido siendo”.

    Son cosas que se dan en la vida, y uno no puede negarlas. En un momento de altísimo desprestigio de la política me proponen a mí en este cargo, y existía en alguna gente la presunción de que me iba a manejar con torpeza política en la Corte.

    La Crítica: ¿Alguna vez Duhalde le contó por qué lo propuso a usted en ese contexto?

    Juan Carlos Maqueda: No. Yo no era de las huestes de Duhalde, yo era del peronismo de Córdoba. Pero dentro del justicialismo yo tenía un nivel de conocimiento como un hombre vinculado al derecho constitucional. Había sido cuatro veces convencional constituyente (dos en la Provincia de Córdoba, una para la Carta Orgánica Municipal de Córdoba y la Nacional de 1994). Duhalde me había visto actuar en la convención constituyente y en la “preconstituyente”, el período que va desde el Pacto de Olivos hasta la ley de declaración de la necesidad de la reforma. Yo era diputado y ahí tuve un protagonismo muy grande. Además fui apoderado del partido en Córdoba, y después fui apoderado nacional de la lista de Cafiero y De la Sota. Estuve siempre en estos ámbitos. Digamos que me distancié de estos ámbitos cuando Menem nombró a la “mayoría automática”, con quienes yo no tenía ningún tipo de relación. 

    El día que renuncia Bossert, Duhalde me llama a la Casa de Gobierno y me dice: “Me tenés que ayudar con este tema, ha renunciado Bossert”. Yo ni sabía que había renunciado. Yo entendí que “ayudar” era ayudarlo a decidir a quién proponer. Le digo: “Sí, por supuesto, te ayudo a buscar a alguien”. Y él me dice: “Sería muy bueno que fueras vos, porque no vas a tener ninguna contra dentro del partido y tampoco hacia afuera”. Fue cierto. Enseguida me dio el apoyo el radicalismo de Córdoba, por ejemplo, a través del senador Rubén Martí, con quien habíamos disputado políticamente en la provincia. Yo nunca tuve conflictos personales de ese tipo en la política.

    La Crítica: ¿Y usted cree que las habilidades políticas adquiridas en tantas décadas sirvieron para la Corte? ¿Y cree que hoy sería bueno que hubiera algún político profesional en la Corte?

    Juan Carlos Maqueda: Empiezo por la segunda, porque sobre lo otro me puedo extender un rato. Yo creo que un candidato a la Corte, por lo que yo he aprendido ahí, tiene que ser, básicamente, una buena persona y tiene que saber mucho de derecho. Su historia personal sirve como antecedente para saber si está capacitado, pero el comportamiento adentro de la Corte no es necesariamente igual al que tuvo antes. El ejemplo más claro son grandes camaristas que llegan con un muy buen prestigio y sin embargo en la Corte no logran tener un rol destacado. Digo que tiene que ser básicamente una buena persona, porque una mala persona puede trabar el desempeño de la Corte brutalmente.

    Y respecto a la primera pregunta: sí, yo creo que sirve. Yo siempre fui un hombre de consenso. Creo que la democracia se basa en el consenso y que el diálogo es elemental, y fundamentalmente con quienes no piensan como uno. Eso es lo que permite los consensos para llegar a soluciones en situaciones límite, como con el Pacto de Olivos, que quienes estábamos en tensión pasamos a trabajar en conjunto. En la Corte trabajé mucho más para buscar mayorías que para salir con mis votos individuales, tal como lo señaló en su momento el constitucionalista Gustavo Arballo en el trabajo del que estábamos hablando antes de empezar la entrevista. He salido con votos individuales solo cuando no me quedaba otra alternativa para marcar una posición, como en el caso Fontevecchia, pero no como un enfrentamiento con mis colegas, como a veces se hace, sino para afirmar mi posición.

    Yo considero que la Corte es un cuerpo y hay que buscar mayorías, porque los que están del otro lado (me ha tocado vivirlo como abogado) esperan una jurisprudencia con consenso, no una que cambie permanentemente, eso hace a la seguridad jurídica. Como todo cuerpo colegiado, la Corte es un lugar difícil donde existen diferencias, como las que te contaba entre Petracchi y Fayt. Yo pude tener diálogo con los dos y pude acercar posiciones en cosas que parecían irreductibles.

    Te cuento algo en relación a esto de la cuestión política, es la primera vez que lo voy a contar. Cuando Petracchi se quedó sin su vicepresidente, que era Augusto Belluscio (que renunció a los 75 años), me propuso a mí que fuera el vicepresidente de la Corte porque había visto mi tarea trabajar en lograr consensos. Yo le dije: “No, doctor, no se olvide de que yo soy político. Yo le quiero aconsejar a usted que elija a uno de los cuatro que nombró este gobierno. Yo no le voy a decir quién, pero elija a uno de esos cuatro. Yo la tarea que estoy haciendo la voy a seguir haciendo igual”. Y ahí eligió a Elena Highton, que fue vicepresidenta desde entonces. Yo hice primar siempre una visión política de resguardo de la institución que un juez no siempre tiene. Petracchi tenía una formación jurídica muy buena, se había preparado toda la vida, había pasado por varios lugares, pero quizás no tenía esa chispa política para darse cuenta de que si había cuatro jueces nuevos nombrados por el nuevo gobierno, y uno al gobierno no lo quiere provocar, cuando se produce una vacante natural (no una vacante forzada por el gobierno) era conveniente darles ese lugar. Él lo entendió enseguida y lo hizo. Yo apliqué en la Corte toda la idea del diálogo y el consenso que había aprendido en la vida política, y creo que es muy importante que haya alguien que haga eso, por más que no venga de la política.

    La Crítica: ¿Cuánto inciden las relaciones personales en la jurisprudencia? ¿Cuánto de lo que leemos en los fallos es producto de que las relaciones personales salgan bien o mal?

    Juan Carlos Maqueda: Mirá te doy un ejemplo: en el tema del federalismo, que incluye el tema de las municipalidades y de la Ciudad de Buenos Aires, yo lo llevé adelante desde que llegué a la Corte porque era un tema muy postergado. Sentí mucha afinidad cuando llegó Rosatti a la Corte, porque a Rosatti lo conocía desde antes de la Convención Constituyente de 1994, de congresos de derecho constitucional, y en la Convención nos nutrimos de intercambios mutuos y teníamos un pensamiento muy afín, no en todo, pero en muchas cosas.

    La Crítica: Trabajaron juntos en la Constituyente de 1994, en la Comisión de Redacción, por donde pasaba todo. Y ustedes dos, por el peronismo, fueron de los convencionales más importantes en materia de redacción.

    Juan Carlos Maqueda: Sí, y también quiero nombrar a dos personas que ya han muerto y que no tenían tanta resonancia en el derecho constitucional, pero que fueron fundamentales en la política de consensos de la Convención: Alberto Balestrini (que después fue intendente de La Matanza, presidente de la Cámara de Diputados y vicegobernador de Buenos Aires) y el mendocino Rodolfo “Chango” Díaz (que después fue académico). Eran dos personas que trabajaban para el consenso. En una convención constituyente hay tantos sectores trabajando por temas particulares, tantos lobbies, que la tarea de construir consensos se vuelve importantísima. 

    Un tema muy transversal y difícil fue el del aborto, apoyado nada menos que por el presidente de la Nación, Carlos Menem. Había un grupo de mujeres del justicialismo que hacían firmar una planilla para que se incluyera la protección de la vida desde la concepción. Con estos muchachos (Balestrini, el “Chango” Díaz, Carlos Corach, hasta Eduardo Menem) fue que lo pudimos bajar a eso. El radicalismo también participó activamente, y Raúl Alfonsín tuvo un rol muy importante, junto con Jesús Rodríguez. También otra gente del lado de Alfonsín fue muy importante. También el “Changui” Cáceres trabajó muchísimo. Los fines de semana nos juntábamos con Alfonsín en la casa del “Changui” Cáceres, ahí en Santa Fe, para destrabar los temas más difíciles. 

    El federalismo fue el tema más largo en el debate y el más difícil de consensuar. Los recursos naturales, por ejemplo, que fue un tema donde estaba todo el poder de los gobernadores. Fuera de eso, tenías a la gente del Ministerio de Economía que no quería que se incluyera en el texto constitucional la obligatoriedad de sancionar una nueva ley de coparticipación federal. El propio Domingo Cavallo no estaba de acuerdo, no estaba ahí, pero estaba (Horacio Tomás) Liendo con todo un grupo que lo acompañaba.

    Otro ejemplo: en la Convención había consenso, tal es así que se votó por unanimidad, para dejar asentado en el texto constitucional, en algún lugar, que las Malvinas son argentinas. Guido Di Tella, el canciller, no estaba de acuerdo con que se pusiera, él no estaba pero su gente trabajaba para evitarlo. Al final quedó en la cláusula transitoria primera.

    También en el tema de la participación de la mujer, el lobby era inmenso. Después terminó todo en el artículo 75 inciso 22, con los tratados internacionales. Yo tuve mucha presión, por ejemplo, me acuerdo de Marcela Durrieu, cuando hacíamos la ley de declaración de la necesidad de la reforma en el Congreso, por temas como el cupo femenino.

    El tema indígena también generó un lobby muy grande. En plena convención aparecieron los famosos “ladrillos”, que eran los primeros teléfonos celulares, del tamaño de un ladrillo. Casi nadie tenía celulares en esa época, íbamos a hablar a unas cabinas telefónicas que habían puesto afuera de la convención para comunicarnos con nuestras familias o, en mi caso, para coordinar mi doble tarea de diputado nacional y convencional constituyente. Hubo un cacique indígena se hizo famoso porque salía en todos los diarios con un celular y lo llamaban “el cacique del ladrillo”, porque era uno de los diez tipos que tenía un ladrillo. Había un lobby muy fuerte de las comunidades.

    Y el lobby de la Iglesia… Muchos creen que el lobby de la Iglesia era por el tema de la vida desde la concepción, pero no, eso en realidad lo impulsaban las mujeres justicialistas más clericales, lideradas por la esposa de Ramón Saadi, de Catamarca. La Iglesia católica, representada por el obispo de Santiago del Estero y otros sacerdotes con muy buen diálogo, tenía como objetivo central que la división entre la Iglesia y el Estado no fuera tan tajante, tratando de mantener un lazo de cohesión entre ambos. 

    Aclaro que en todos estos casos digo “lobby” en el buen sentido. En el sentido de gente que quería movilizar. Un sentido de “lobby” que después no lo vi en las Cámaras, en las Cámaras hay lobby en el mal sentido. Por ejemplo, cuando se trataban leyes vinculadas a la industria farmacéutica, tenías el lobby de los laboratorios extranjeros y nacionales visitando a cada diputado y senador, cada uno por sus intereses.

    La Crítica: Ya que hablamos sobre la Convención, ¿cómo es ser juez de la Corte teniendo que interpretar una Constitución o leyes que uno mismo redactó como convencional o legislador? ¿Implica un privilegio de conocimiento o una pérdida de imparcialidad?

    Juan Carlos Maqueda: No, la imparcialidad no la perdí nunca. Te lo grafico con un hecho: nos tocó declarar inconstitucional algún decreto de necesidad y urgencia de la época de Duhalde y lo firmé tranquilamente, sin ningún problema.

    Juzgar la Constitución que uno redactó te hace ser mucho más crítico con algunas de las instituciones que incorporamos. Yo por ejemplo creo que la gran reforma que quedó pendiente en la práctica, por falta de vocación política de quienes gobernaron después, fue la atenuación del presidencialismo. No por el texto, sino por la implementación del texto que se hizo después. Por ejemplo, la figura del Jefe de Gabinete de Ministros. Al Jefe de Gabinete se lo pensó originalmente casi como un primer ministro, no como un simple ministro coordinador o un vocero para sacarle tareas de encima al Presidente. Hoy el Jefe de Gabinete no tiene nada de cómo se lo pensó, no tiene nada de “primer ministro”.

    La Crítica: Volvamos al proceso de relegitimación de la Corte. Parte de este proceso fue la realización de audiencias en la Corte Suprema. Usted era de los jueces más activos y que más preguntaba en las audiencias. ¿Nos podría contar cómo fue ese proceso, por qué se dejaron de hacer y por qué le interesaba tanto participar?

    Juan Carlos Maqueda: Yo tengo la concepción de que a un juez tradicionalmente lo legitima su independencia ante los otros poderes y los poderes fácticos, y fundamentalmente su imparcialidad ante el expediente. Pero creo que ahora, dada la situación que se vive en nuestra Justicia, hay que agregar como factor de legitimación la velocidad con la que se resuelven los casos. En la Justicia argentina hay un problema con el acostumbramiento a los sistemas escriturales, y eso solo va a cambiar cuando modifiquemos los códigos procesales y vayamos firmemente hacia la oralidad, no solo en el proceso penal (con el sistema acusatorio) sino también en lo civil, comercial y laboral.

    Creo que tiene que ver con la formación que traigo de Córdoba, donde la oralidad se implantó en el proceso penal en 1939 y se transfirió a la justicia laboral en 1949. Yo ejercí como abogado laboralista en Córdoba, te estoy hablando de hace 50 años, y vi la velocidad con la que se tramitaban los expedientes gracias a la oralidad, y eso me hace pensar que la oralidad va a transformar cómo funciona la Justicia. Ese criterio me llevó a tener la inquietud de ver cómo funcionaban las audiencias en la Corte Suprema de los Estados Unidos. Lorenzetti tenía la misma inquietud y viajamos juntos dos veces, en 2008 y 2010.

    Ya habíamos tenido una primera experiencia de audiencia pública en la causa Verbitsky (sobre la situación de las cárceles en la provincia de Buenos Aires). Esa audiencia la llevamos adelante Petracchi, Zaffaroni y yo, pero no estaba reglamentada en ningún lado. Zaffaroni porque le interesaba el tema, Petracchi porque era amigo de Verbitsky y le había prometido hacerla, y a mí me interesaba la dinámica de la audiencia pública. Después de esa experiencia, viendo que no teníamos reglamentación ni nada, me convencí de que debíamos institucionalizarlas en la Corte. Viajamos a Washington, presenciamos audiencias y pudimos hablar con los jueces y, más importante, con los secretarios de la Corte Suprema. Al regresar decidimos reglamentarlas mediante acordada.

    En Estados Unidos hacen audiencias públicas en casi todas las causas que resuelven, pero ellos tienen la ventaja del certiorari positivo, cuando fuimos nosotros seleccionaban unas 80 causas por año. Esa es la forma que podés estar al día con audiencias en todas las causas. Traerlo a la Argentina, donde existe la idea generalizada de los abogados de que “esto lo terminamos en la Corte”, no es tan fácil (y esto es nuevo, cuando yo era joven en Córdoba, las causas terminaban en las cámaras de apelaciones o, a lo sumo, en el Tribunal Superior de la provincia; llegar a la Corte de la Nación era algo excepcional). Cuando fuimos a los Estados Unidos, nosotros recibíamos una diez mil causas por año (hoy recibimos muchas más) y la Corte de Estados Unidos recibía la misma cantidad, pero seleccionaba solamente algunas para hacer audiencias y fallar.

    Ellos dedican septiembre a que sus secretarios letrados preparen resúmenes de una sola hoja aconsejando qué casos tratar. Nosotros tuvimos que reglamentar las audiencias públicas sabiendo que no teníamos la herramienta del certiorari absoluto para limitar el ingreso de causas, por lo que nosotros íbamos a ser quienes teníamos que decidir qué causas tenían la importancia necesaria para hacer la audiencia. Al principio, junto con Lorenzetti y Highton, que también era muy partidaria, las impulsamos mucho. A otros ministros, tal vez de mentalidad más tradicional, no les gustaba y decían que era una pérdida de tiempo. Hoy, creo, las audiencias públicas están paradas porque la Corte tiene solo tres miembros. Con tres miembros es imposible hacerlas, porque si hacés una audiencia pública tenés que sacar la sentencia antes de fin de año y con solo tres jueces es muy difícil construir esa mayoría. De todos modos, yo creo que la audiencia pública es algo extraordinario, y si algún día la Corte logra el certiorari va a trabajar con ellas de manera extraordinaria.

    Para mí, la audiencia pública no era solo una herramienta de legitimación social de la Corte —como quizás pensaba más Lorenzetti, como parte de su presidencia—, sino una forma de bajar un mensaje de oralidad e inmediatez hacia todo el Poder Judicial, para fomentar la legitimidad también pero a través de la velocidad en la resolución de los casos.