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  • I

    Según Sarmiento cuenta en el comienzo de “Facundo”, al partir al exilio en 1840, decidió escribir en los bañados del Zonda la siguiente frase con un trozo de carbón: “On ne tue point les idées”. La traducción aproximada es que las ideas no pueden ser degolladas. La tradición oral argentina la convirtió en: “¡Bárbaros! Las ideas no se matan”. Cuando escuché el anuncio presidencial sobre la muerte de Nicolás Maquiavelo, pronunciado desde el Foro de Davos, mi mente lo asoció automáticamente a la frase de Sarmiento.

    En efecto, Nicolás Maquiavelo murió. Lleva cinco siglos en esa condición. Pero su pensamiento y sus ideas mantienen una vigencia sobrecogedora. Y el Presidente acierta al identificarlo como un enemigo de su proyecto político. Pero no por las pueriles razones enunciadas desde Suiza. Maquiavelo era un pensador republicano, defensor de la libertad política. Ello es bastante claro en sus “Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio”. Pero hasta “El Príncipe”, una obra explícitamente destinada a recomendarle a un monarca cómo mantener y ampliar su “estado”, puede ser leído en clave republicana. De hecho, en “El Contrato Social”, Jean—Jacques Rousseau no tuvo ningún problema en afirmar que “El Príncipe” era “el libro de los republicanos”. Así que desde Suiza nos llegan reportes conflictivos sobre el modo de valorar a Maquiavelo. Uno pertenece a Rousseau. El otro, a Milei.

    II

    Por supuesto, acusar a Maquiavelo de “maquiavélico” no es una novedad ni un invento afiebrado de un asesor que tuvo que armar un discurso presidencial de apuro. Existe una larga tradición anti-maquiavélica que, en prieta síntesis, afirma que el pensador florentino habría equiparado a la política con la inmoralidad. El fin de la política sería obtener y mantener el poder y, en la búsqueda de ese fin, todo medio —incluso el más aberrante— quedaría justificado. Por supuesto, cuando uno lee “El Príncipe” se encuentra con algunas recomendaciones que, si todavía hoy suenan “polémicas” —por usar la palabra favorita de los portales baiteadores contemporáneos—, ciertamente deben haber sonado bastante más chocantes a inicios del siglo XVI.

    Daré solo algunos ejemplos para ilustrar el punto. Primero, la idea de que al príncipe le es más conveniente ser temido que amado. La razón, explicaba Maquiavelo, tenía que ver con la capacidad del gobernante de poder controlar el temor que inspira en los demás, mientras que el amor es un sentimiento que depende exclusivamente de las emociones de los súbditos. Segundo, la idea de que, en ocasiones, y como consecuencia de lo anterior, el príncipe debe ordenar acciones crueles. Pero Maquiavelo defendía también una economía de la crueldad, básicamente porque era consciente de que un tirano tarde o temprano generaría una oposición demasiado fuerte. Por esa razón, la crueldad no era una herramienta de uso cotidiano. Ella debía ser administrada ocasionalmente, de manera rápida y, en lo posible, en la primera etapa del gobierno del príncipe. Tercero, en la medida de lo posible, el príncipe tenía que evitar privar a una persona de su propiedad. El objetivo era prevenir la aparición de enemigos eternamente rencorosos. Es que, según Maquiavelo, las personas olvidaban antes la muerte de un padre a la pérdida de su patrimonio.

    Esta clase de consejos volcados en “El Príncipe” indicaban que Maquiavelo tenía una cierta concepción sobre la agencia humana. El concepto central era el de virtú. La virtú consistía en la capacidad para gobernar adecuadamente (i.e., prefiriendo ser temido a amado, sabiendo aplicar la economía de la crueldad, evitando privar a una persona de su propiedad, etc.), de modo tal que cuando la fortuna cambiara, el príncipe pudiera igualmente mantenerse en el poder. La fortuna es un concepto muy interesante y complejo. No tengo la habilidad para explicarlo adecuadamente, pero creo poder resumirlo aproximadamente así: se trata de las circunstancias cambiantes que, en principio, el agente no puede controlar. A veces la fortuna nos favorece: nuestro enemigo político puede enfermar y morir, allanando nuestro camino sin que nosotros hayamos hecho nada. Otras veces, la fortuna nos perjudica: el nuevo Presidente de una potencia mundial podría no estar dispuesto a poner su tesoro a nuestra disposición para encubrir nuestra impericia en el manejo de la economía. La virtú le permite al príncipe potenciar el momento de la fortuna favorable y atenuar el impacto de la desfavorable. Si a través de un acto de crueldad inspiré temor en mis súbditos, cuando el contexto pueda generar el nacimiento de alguna oposición, ella probablemente será cauta y timorata. En cambio, si privé a algunos de ellos de sus propiedades, entonces me habré ganado enemigos inclaudicables que, ante el giro de la fortuna, harán todo lo posible para derrocarme o algo peor.

    Con “El Príncipe”, Maquiavelo rompía con una tradición que provenía de la edad media y que otros humanistas habían cultivado: la de escribir libros de consejos para gobernantes. Ese género, conocido como “espejo de príncipes” (speculum principi), señalaba que un príncipe exitoso era el que alcanzaba honor, gloria y fama. Pero al enumerar las virtudes necesarias para ello, en general, esta literatura recurría a las virtudes cardinales clásicas —prudencia, fortaleza, templanza y justicia— junto a virtudes cristianas —piedad, religión y fe—.

    Maquiavelo también pensaba que el éxito de un gobernante se resumía en honor, gloria y fama. Pero, como vimos, los medios sugeridos por el florentino para ese fin no eran los que indicaba la tradición de los “espejos de príncipes”. Al proceder de ese modo, Maquiavelo asumió una noción de agencia humana libre. Libre, al menos, de los prejuicios éticos del cristianismo. La teoría de la elección racional tiene su antecedente en la actitud de precursores intelectuales que, como Maquiavelo, se animaron a pensar en la acción humana como la selección de medios para perseguir fines adoptados autónomamente.

    En cualquier caso, podemos preguntarnos si el ejercicio del poder por parte del gobierno actual responde a una economía de la crueldad o no. Si estuviéramos frente a un derroche de actos crueles —dejo que el lector decida si eso es o no el caso—, entonces queda claro que, efectivamente, Maquiavelo estaría frente al gobierno. En ese supuesto, el Presidente habría hecho bien en tomarlo como un enemigo pues Maquiavelo estaría en desacuerdo con la proliferación de la crueldad. En el contexto de “El Príncipe”, ese desacuerdo se explicaría por razones instrumentales. Sencillamente, un gobernante tal tendrá menos probabilidad de alcanzar honor, gloria y fama y, cuando gire la rueda de la fortuna, también será menos probable que pueda conservar su “estado”.

    III

    Pero, según creo, la genuina vigencia del pensamiento de Maquiavelo está en sus ideas republicanas. Gracias a esa concepción republicana sobre la libertad política podemos entender mejor por qué Maquiavelo es un enemigo del proyecto que el Presidente quiere representar. Si bien, como vimos, el gobierno podría ser responsabilizado de ser “maquiavélico” en el sentido vulgar del término, el que sostiene que Maquiavelo era un defensor del uso indiscriminado de la crueldad en política, de modo tal que estaría en directa oposición al tipo de consejos que el propio Maquiavelo volcó en “El Príncipe”, lo cierto es que la manera de entender el mundo social que hoy pretende ponerse bajo el amparo de la etiqueta de la libertad está radicalmente enfrentada al modo republicano de entender ese concepto. Veamos.

    El primer punto interesante es el de una determinada concepción sobre el tiempo histórico. Desconozco cuál es la concepción a la que adhiere el Presidente. Pero sus afirmaciones a menudo mesiánicas sobre la necesidad de dejar atrás ciertas prácticas políticas —definidas difusamente como “socialistas”, “wokistas” u otras etiquetas— dan a entender que suscribe a una visión escatológica. El tiempo avanza de manera lineal, los seres humanos advierten en cierto punto la verdad revelada y, al hacerlo, llegan a una época de felicidad universal en la que pueden dejar atrás los viejos errores —el “socialismo”, el “wokismo”, etc.—.

    En cambio, los humanistas habían adoptado una concepción cíclica sobre el paso del tiempo. La historia era una sucesión de ciclos en los que ciertas clases de conflictos se repetían sin solución de continuidad, alternándose momentos de corrupción con momentos de regeneración. Algunos arreglos institucionales podían atemperar la recurrencia del ciclo, pero incluso un régimen exitoso podía corromperse y, con ello, el ciclo continuaría su curso inevitablemente. Por lo tanto, el avance de los proyectos políticos asociados a nuevas formas de autoritarismo puede plantear, sin dudas, una grave inquietud para los republicanos. Pero, como se suele decir, no hay mal que dure cien años. En algún punto el ciclo de la corrupción dará lugar a una de regeneración y la libertad política volverá a florecer.

    Vengo hablando de corrupción, pero ¿qué significa ese concepto en este contexto? Para poder explicarlo adecuadamente, conviene que me refiera sintéticamente a las condiciones que hacen la libertad política. Esta manera de pensar sobre la libertad no está directamente asociada a la libertad individual —aunque volveré enseguida sobre el individuo—, sino que es en sí misma una condición o estado que los humanistas aplican a bien a una ciudad —o a una comunidad política— o bien al populus —a la ciudadanía en su conjunto—. La libertad no es el “poder hacer cosas” sino que se trata de algo que se “es” o se “está siendo”. Dadas ciertas condiciones, se es libre. En la tradición republicana, se es libre cuando no se está sujeto a la voluntad arbitraria de otro. Una ciudad italiana de la modernidad temprana era libre si no estaba sujeta a la autoridad del Emperador. La ciudadanía era libre si no estaba sujeta a la autoridad de un príncipe, es decir, si su gobierno era republicano. La libertad política consistía en gobernarse —como comunidad política o como ciudadanía— de acuerdo con las propias leyes.

    Mantener la libertad política también requiere que la república tenga virtú. Son varias las condiciones necesarias para ello. Una de ellas es adoptar cierto diseño institucional. En general, los humanistas pensaban que había un tipo de régimen particular, el régimen mixto, que permitía moderar los ciclos políticos, garantizando el mantenimiento de la república y, con ello, de la libertad política. Un régimen mixto se caracterizaba por tener instituciones que representaban a tres elementos: el monárquico, el aristocrático y el popular. La mayoría de los humanistas de la modernidad temprana tendían a preferir que el elemento aristocrático fuera el principal. Pero no era el caso de Maquiavelo. El florentino pensaba que una república tendría más chances de éxito si su institución más fuerte era la que daba voz al mayor número de los ciudadanos.

    Aquí es en donde entra el rol del individuo. Maquiavelo piensa que el estado implicado en la libertad política es superior a sus alternativas. O, dicho de otro modo, la condición de servidumbre, en la que uno está sujeto a la voluntad arbitraria de otro, es una forma de vida disminuida. El individuo vivirá con mayor probabilidad una vida digna de ser vivida bajo una república. Por esa razón, Maquiavelo tenía claro que debía condimentar el diseño institucional con incentivos para los individuos. Así, los ciudadanos tendrían una motivación mayor para apoyar a la república si ella dejaba abierta los canales para que pudieran vivir vidas exitosas —vidas de honor, gloria y fama—. De ahí que, en una república, cualquier ciudadano debía tener la oportunidad para conseguir esos fines, es decir, para perseguir su interés particular, actuando en el interés de su ciudad, es decir, en el interés público. Por eso el acceso a las magistraturas no podía limitarse a una única clase y por eso también la institución más relevante debía ser la que contuviera al elemento popular.

    La aplicación de estas ideas se aprecia con claridad en la importancia que Maquiavelo le asignaba a la existencia de milicias de ciudadanos. El compromiso público debía inspirar a los ciudadanos al punto de hacerlos estar dispuestos a arriesgar su vida en defensa de la república. La contracara de esta idea era el uso de tropas mercenarias. No solo el mercenario puede ser comprado por alguien que pague más, sino que además está poco motivado a dar la vida en la batalla. Cuando las cosas se compliquen probablemente huirá.

    El uso de mercenarios es sintomático de las condiciones en las que una república tenderá a corromperse. Aunque la prosperidad es una medida del éxito de una ciudad, un gobierno republicano procurará evitar que sus ciudadanos se enriquezcan. Por un lado, porque la riqueza trae lujos y comodidades que aflojan el compromiso público al punto que el rico preferirá contratar mercenarios antes que pelear por preservar la libertad. La riqueza hace más probable que el interés privado se divorcie del interés público. Por otro lado, la desigualdad económica puede conducir a cambios en las instituciones que restrinjan la importancia del órgano popular o que limiten la posibilidad de que todos accedan a las magistraturas.

    En fin, la corrupción consiste en el deterioro de las condiciones que hacen a la preservación de la libertad política. Maquiavelo no solo pensaba que la riqueza de los individuos era un indicador de corrupción, sino que también lo era la ética cristiana con su énfasis en la unión con Dios a través de la contemplación. Como vimos, para Maquiavelo, la ética de una república era una de acción. La actitud contemplativa promovida por el cristianismo escolástico también tendía a debilitar el compromiso cívico de los ciudadanos. Nuevamente, advertimos que, para Maquiavelo, el cristianismo era una mala influencia para quien persiguiera el éxito político. No es de extrañar, entonces, que el oscurantismo religioso haya sido el fundador de la tradición anti—maquiavélica y que, en ese tren, haya distorsionado la imagen de las ideas del florentino, pasando por alto su concepción republicana y distorsionando la exposición efectuada en “El Príncipe”, con el fin de hacerlo pasar por un defensor de la inmoralidad.

    IV

    Volvamos a Davos. Hoy se nos quiere convencer de que la libertad es, meramente, la ausencia de restricciones externas. La libertad, se nos dice, consiste en que un individuo pueda “hacer cosas” sin que nadie más, ni otro individuo ni —horror de los horrores— ninguna autoridad política, le pueda decir qué debe o no hacer. También se celebra, en el sentido de que se ve como indicio del éxito de nuestras sociedades, que la desigualdad económica sea cada vez mayor y que un reducido grupo de multimillonarios globales, también cada vez menor, subordine a gobiernos, usuarios y empleados a su voluntad. En definitiva, si el mercado es la institución de la libertad, pues allí los intercambios se dan en base a acuerdos de voluntad en los que ninguno le dice al otro “lo que tiene que hacer”, entonces que cada uno de nosotros participe en transacciones con las empresas controladas por esos multimillonarios y nos entreguemos a sus “términos y condiciones”, fijados unilateralmente, no debería alarmarnos en absoluto. Nunca habríamos sido más libres.

    Sin embargo, recuperando el pensamiento de Maquiavelo, podemos parafrasear la conocida expresión de Rousseau: cada vez que clickeamos la aceptación de los “términos y condiciones”, pensamos que estamos ejerciendo nuestra libertad, pero, en verdad, nos estamos encadenando. Estamos frente a la construcción de un mundo social en el que la probabilidad de no estar sujetos a la voluntad arbitraria de estos magnates globales y de los gobiernos autoritarios con los que tienen relaciones incestuosas es cada vez menor. Y con ello, no solo se suprimen las condiciones para la libertad política, que es algo que se da respecto de un conjunto —el populus—, sino también las necesarias para que podamos vivir como individuos una vida que valga la pena. Y esa es la verdadera razón por la cual, como dije al inicio, el Presidente acertó al señalar a Maquiavelo como su enemigo. No porque el florentino fuera “maquiavélico” en el sentido vulgar. Sino porque fue, es y seguirá siendo uno de los principales defensores de la libertad. Por eso, muerto Maquiavelo, ¡viva Maquiavelo! On ne tue point les idées.