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  • Dos décadas antes de que naciera Johan Cruyff, el mejor futbolista neerlandés de todos los tiempos, saltó a la existencia —también en Países Bajos— un prodigio criminológico. Louk Hulsman, del año 1923 y oriundo de Kerkrade, ciudad cuyas dos principales características no le serían indiferentes: sus populares festivales de música, y su cercanía con Alemania1. El arte y el horror intensificaron su modo de existencia, y le concedieron, como a todo pensador privado, una soledad que parecía no abandonarle nunca, ni estando rodeado de gente, ni estando entre las plantas que adornaban su legendario jardín. Una soledad poblaba, podríamos sugerir. Ha sido, sin dudas, el más socrático de los criminólogos. Escribió poco, caminó mucho, mejoró todo. Hulsman como educador ha iluminado, aunque sea fugazmente, un espacio proclive a la opacidad, aquel que naturaliza uno de los más incómodos rostros de la crueldad humana vigente: el sistema penal. Este último es una herida cotidiana, un mal social.

    En su paso por la Argentina durante el año 2007, se lo pudo ver conversando con reclusos en el centro de estudiantes de una cárcel2, y su exposición recorrió las problemáticas del castigo estatal: primero, sobre el riesgo de concebirlo como la principal forma de resolver conflictos —idea aún presente tanto en las facultades de derecho como en el debate público en general— , y posteriormente, el vínculo estrecho que observa entre la prisión y el purgatorio como imágenes de la sanción. En fin, habló del lenguaje punitivo oficial, que es el que agudiza, no tanto la ignorancia de aquellos enclaustrados, sino el menosprecio de sí mismos. En sus propias palabras, vemos que las garantías lo único que garantizan es que el sistema penal les robe a las personas directamente involucradas el evento que, sin lugar a dudas, les pertenece.

    Hulsman sigue siendo uno de los más notables referentes del abolicionismo penal, tal vez la corriente criminológica que, en simultáneo, ha sido la más denostada y la menos estudiada. Prestemos atención: para el abolicionista del sistema penal el primer paso no consiste en reformar los textos legales, sino en instaurar otras prácticas que conduzcan a una visión diferente de la sociedad y de los conflictos interpersonales que en ella se atan y se desatan en la actualidad. Entonces, lo que debemos erradicar son las claves simplistas que el castigo estatal aplica a los sucesos para de ese modo sustituirlas por criterios que surjan de los protagonistas de los conflictos. Por lo tanto, el desprecio por las burocracias penales en este criminólogo tiene una sólida premisa: produce una construcción de la realidad al enfocar un incidente, restringidamente definido en tiempo y espacio, y congelar la acción allí, observándolo en relación a una persona, a un individuo…. La resultante es la posterior separación del individuo. Este es, en ciertas importantes maneras, aislado en relación al incidente, de su medio, de sus amistades, de su familia, del sustrato material de su mundo…. En este sentido, la organización cultural del sistema penal crea ‘individuos ficticios’ y una ‘ficticia’ interacción entre éstos. La gran falacia del castigo estatal es abstraer los hechos de las condiciones que le dieron lugar, reenviándolos a una forma monolítica de ser valorados. La conclusión inquietante a la que podemos arribar es que, pese a que cada situación problemática por la que atraviesan los individuos es única, la nomenclatura punitiva logra dotarlas de un conato de homogeneidad para tornarlas compatibles con el sistema penal, el cual, más allá de las declamaciones, no es gobernado por nadie.

    La situación de Lionel Messi con los penales tiene algún punto de contacto con la de Hulsman, generándose aquello que Gilles Deleuze definía como una boda de dos reinos. Admitiendo que es una certeza futbolística, la mayor certeza en la historia de este deporte, nunca genera tanta inseguridad como cuando está a punto de patear un penal. Tomando en cuenta la escalofriante efectividad que muestran sus estadísticas, hay algo entre Messi y los doce pasos que resulta desconcertante. En mundiales, sin ir más lejos, ejecutó siete penales y sólo convirtió cuatro. Comparándolo con Pelé y Cristiano Ronaldo, los números son significativos. Estos últimos consiguieron 90,4% en el primer caso, y 83,5% en el segundo; Messi se encuentra por debajo con un 77,8%. Pero si analizamos los goles que se consiguen en el marco de las jugadas de campo, el actual capitán de la selección argentina cuenta con la más alta efectividad por partido: 0,73. Pele tiene un 0,52% y Cristiano Ronaldo un 0,60%.

    Hay diferentes explicaciones al respecto, una de ellas proviene de la psicología cognitiva y enfatiza en la influencia de la improvisación, la presión y la deliberación consciente en situaciones deportivas cruciales. Desde la perspectiva del escritor Edgardo Martolio, habría un Messi intuitivo y un Messi reflexivo, provocando que convertir goles en maniobras de habilidad, improvisando, es fácil para él. Sin embargo, cuando no existe el recurso de la improvisación, cuando se anula lo intuitivo, aparece la pausa, el tiempo para pensar y planificar adónde ejecutar un penal; todo cambia. No es un diagnóstico, pero el patrón coincide: excelencia en la improvisación, deficiencia en la planificación en frío. El cerebro persigue dopamina. La improvisación la provee. La pausa reflexiva, no.

    Nuestra postura, más exuberante que demostrable, más ética que científica, más emotiva que racional, sugiere que a Messi los penales le parecen minucias de una simplificación deportiva, y lanzarlos una pérdida de tiempo. Si lo hipnotizáramos al momento de patear uno, probablemente diría que en lugar de cumplir con ese trámite burocrático del fútbol preferiría estar haciendo algo mejor con la pelota. Para un talento como él, cuyos impulsos y fulgores suspenden ocasionalmente la existencia de lo real, el desprecio por los penales es un acto casi sensato.

    Cuando un deportista, como es su caso, se vuelve el punto de intersección entre el pueblo al que pertenece y la naturaleza de la que proviene, desaparecen las reglas convencionales y entonces un penal se transforman en un artefacto sospechoso. Para ser más exactos, según el filósofo Friedrich Nietzsche un pueblo es el rodeo que da la naturaleza para llegar a seis, o a lo sumo, siete grandes personas. En términos futbolísticos, esos rodeos de la naturaleza desembocaron en él, y en Maradona, por supuesto. Ni seis, ni siete: con estos dos parece haber sido suficiente. En el año 2010, el periodista español Santiago Segurola dijo sobre ambos: de los que vi, siempre me pareció que el mejor había sido Maradona, que se tomaba sus respiros. Messi, no. Messi es Maradona todos los días. Tal vez Maradona sea el más grande, quizá Messi sea el mejor. O al revés. En cualquier caso, se trata de esos debates que se vuelven espléndidos justamente porque no tiene ningún sentido ganarlos o perderlos.

    Volviendo al título de esta intervención, podríamos sostener que a Hulsman en lo punitivo, así como a Messi en lo deportivo, no les gustan las respuestas fáciles. Hulsman denunciando al sistema penal porque desnaturaliza las relaciones humanas. Messi concibiendo que en la práctica de patear penales hay algo de deslealtad con un axioma que le resulta esencial de su deporte: por encima de convertir un gol está el hecho de cristalizar el talento en base a lo repentino y lo ingenioso, algo que los resultadistas del fútbol jamás le perdonarán. Lo mismo que los resultadistas de la política criminal jamás le perdonaron a Hulsman.


    1. Durante la ocupación Nazi de Holanda, Hulsman fue detenido por el ejército alemán en 1944, aunque para ese entonces se encontraba en Heerlen. ↩︎

    2. Esta charla se dio en el CUD (Centro Universitario de Devoto), el 12 de septiembre de 2007. ↩︎