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  • Mi primer encontronazo con la obra de Rawls tuvo lugar en circunstancias algo embarazosas a principios de la década de 1970. No recuerdo el año exacto en que Charles Taylor me invitó a una conferencia en la Universidad de Oxford. El segundo día tenía previsto conocer, durante el almuerzo, a los dos héroes de la profesión, R. M. Hare y P. F. Strawson. Aunque eso resultaba ya suficientemente emocionante, me sentí aún más nervioso cuando, la noche anterior, me enteré por casualidad de que esa distendida ocasión se había transformado en un almuerzo de trabajo y que debía discutir con Ronald Dworkin, recién nombrado profesor en Oxford, el influyente artículo “Two Concepts of Rules”, de Rawls. Para mi vergüenza, no había leído ese trabajo, según me enteré ahí mismo, “tan bien conocido por todos”. Un amable colega me lo consiguió esa misma noche. No puedo recordar los detalles posteriores de esa inusual situación, mi primer encuentro tanto con un texto de Rawls como con tantas figuras intelectuales intimidantes en persona. Lo mismo me aseguró Dworkin cuando, tiempo después, nos hicimos amigos. ¿Acaso todo transcurrió de forma más bien discreta?

    No conocí a Rawls en persona hasta la década de 1980 cuando asistí a su seminario durante una visita a la Universidad de Harvard. Desde el primer momento me impresionó la amable atención de esta persona tan considerada y totalmente desprovista de vanidad. No conocí a ningún colega que, con integridad moral y sencillez tan profundas, inspirara una confianza tan directa que, sin embargo, no afectara el respeto. Rawls parecía conocerme porque mi hijo Tilmann había tomado algunos de sus cursos durante su maestría en educación en Harvard. Antes de publicar su libro Political Liberalism en 1993, me invitó a participar en un debate que llegó a ser muy conocido y se publicó en el Journal of Philosophy (Vol. 92, No. 3, 1995). En cualquier caso, ese primer intercambio de ideas marcó el inicio de una serie ininterrumpida de debates amistosos y enriquecedores que se prolongó hasta la muerte de Rawls en 2002, tanto durante sus visitas a Fráncfort como, sobre todo, en mis viajes a Estados Unidos. En cuanto al resultado sustantivo de nuestro debate, James Gordon Finlayson publicó un excelente libro: The Habermas-Rawls Debate (Columbia University Press, 2019).

    Para mi sorpresa, al revisar las numerosas anotaciones y comentarios en mi ejemplar de la traducción al alemán de A Theory of Justice, me doy cuenta de que no lo leí a fondo hasta 1975, probablemente, por sugerencia de Ernst Tugendhat. Por aquel entonces tenía en mente el enfoque de una ética del discurso que había desarrollado en una conversación con Karl-Otto Apel y, naturalmente, me emocionó encontrar una posición tan meticulosamente elaborada y de inconfundible naturaleza kantiana. Por esa misma época se había publicado en Alemania la antología de Manfred Riedel, Zur Rehabilitierung der Praktischen Philosophie, la cual presentaba una visión general aún no bien definida ("unentschiedener") sobre el amplio espectro de enfoques que, vinculados en mayor o menor medida a las diversas tradiciones de la ética, se habían desarrollado en la República Federal de Alemania. En contraste, el libro de Rawls marcaba un punto de inflexión tanto en términos metodológicos como sustantivos.

    En cuanto a lo metodológico, no existía –y sigue sin existir hasta hoy– ninguna investigación en el terreno de la teoría moral que pudiera compararse en su estructura sistemática y, sobre todo, en el pathos husserliano de la “ejecución” o “puesta en práctica” ("Durchführung") con la claridad, la riqueza y la precisión de los análisis detallados de A Theory of Justice. Y para valorar lo que esta teoría significó en su momento en cuanto al contenido, hay que recordar la situación en la filosofía anglosajona dominante: en la filosofía práctica predominaban, casi sin competencia, los enfoques empiristas en la tradición analítica del lenguaje de Hobbes, Hume, Bentham y John Stuart Mill. Esta hegemonía llegó a su fin de golpe con la aparición de aquel libro. En lugar de la racionalidad instrumental, el sentimiento, el interés y la decisión, ahora irrumpía la razón práctica que generaliza los intereses. En lo que a mí respecta, leí esta teoría desde el principio en el sentido constructivista que Rawls expuso en 1980 en sus Conferencias John Dewey de la Universidad de Columbia. En cambio, no me pareció realmente convincente el paso que dio hacia Political Liberalism; a mi juicio, con ello Rawls le quitó a la razón práctica en sentido kantiano la última palabra en favor de cosmovisiones religiosas y de otro tipo.

    En todo caso, una obra como esta, que se apoya en tantos pasos individuales en el desarrollo de cada argumento central, tiene un peso que la filosofía, de ahora en adelante, no podrá ignorar. Los argumentos historicistas que hoy se esgrimen de forma generalizada contra el normativismo de Rawls, por lo que puedo advertir, no abordan la controversia al nivel de aquel debate sobre la racionalidad que se libró en la década de 1980 entre Davidson, Putnam, Apel, Gadamer, Rorty, Foucault y Derrida. Las “teorías ideales” en el sentido de Rawls se enfrentan, naturalmente, al problema de la justificación de sus conceptos fundamentales con contenido normativo. Pero incluso los enfoques reconstructivos terminan tropezándose con el ineludible contenido razonable –y, eso significa, universal– de los supuestos intuitivos que los participantes “siempre” utilizan de manera performativa. Si el historiador vuelve a objetivar desde la perspectiva del observador este saber de ejecución o puesta en práctica, que solo puede reconstruirse mediante la coparticipación, adopta una “perspectiva desde ninguna parte” que ya no es posible en este nivel de reflexión.

    Traducción de Leonardo García Jaramillo.