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  • Papers que se caen a pedazos

    No voy a negar que leo poco, acaso cada vez menos. Lo confieso sin orgullo, pero sin culpa.

    Creo que demasiadas veces, cada vez más, me ocurre que apenas pongo un pie adentro de un paper me encuentro con la sensación de que la esencia del trabajo ya había sido escrita antes, muchas veces, y la lectura se parece a la visita a un museo que ya conocemos de memoria, donde a lo sumo se han cambiado de lugar algunos pocos objetos, pero nada en la experiencia ofrece ninguna novedad.

    Me pasa que me encuentro, cada vez más, con ejercicios de una especie de canon de escritura donde los ritos y cuidados formales se llevan todas las energías de quien escribe, con la inevitable derrota para la originalidad y la valentía. También me sorprendí escandalizado ante atrevimientos tan irresponsables como superficiales, frustrado ante ideas declamadas en la introducción que nunca son honradas en el desarrollo, pasmado ante un arsenal de evidencia, documentación y demostración de obviedades.

    Hablo de papers, y no de libros, esa especie casi en extinción por estas latitudes, donde todavía podemos encontrarnos con la entrega total de quienes escriben, como buscando abrirse paso a puro cuerpo, para llegar hasta los límites de una idea. Eso sí que es hermoso.

    Pero los papers son, cada vez más, algo menos.

    Estoy bastante convencido de que las cosas son así, pero a la vez, estoy completamente seguro, de que hay un paper, acaso solo uno, pero al menos uno, en el que late la maravilla.

    El mejor paper escrito en este cuarto de siglo. Yo lo conozco; y quienes han tenido la fortuna de habérselo encontrado seguro lo reconocen también, es imposible no hacerlo. Es como haber escuchado a Charly García o visto jugar a Messi.

    In Memoriam

    Hace algunos años vivió en esta tierra Guilermo Moro.

    Fue siempre joven. fue muy querido y admirado, y se nos fue demasiado temprano. Un incansable buscador de belleza, un arrojado cazador del conocimiento y un inclaudicable perseguidor de las mejores ideas. Era muchas cosas, y también amante de Spinetta. Un chico hecho de pura sensibilidad e inocencia.

    Fue, en muy poco tiempo, alumno y docente ejemplar, amigo, esposo y apenas padre, académico, activista, abogado, melómano y músico, lector y poeta. Fue cegadoramente lúcido, clarividente, y también fue incomprensible. 

    Fue único, fue implacable, fue generosísimo.

    Seguramente haya sido el mejor de toda su generación. Pero eso no importa. Fue necesario.

    Guillermo estudió muchísimo, sabía de todo y entendía demasiado. Aunque escribió poco, cada cosa que escribió vale la pena.

    Entre ellas, no pudo evitar escribir el mejor paper del siglo.

    Hacia 2010 el joven Guille estaba encantado con la etnografía. Le parecía una herramienta epistémica de gran valor y potencial para comprender lo que interesaba en el mundo del derecho, y había tenido una enriquecedora experiencia con la etnografía jurídica junto a Leticia Barrera y Yanina Guthmannen la Universidad de Palermo.

    A partir de esos estímulos escribió una poderosa reflexión sobre la enseñanza del derecho -en su UNL, en Argentina, en América Latina?- que es todavía reveladora y -cada vez más- urgente.  Su título recordaba una canción (algo mediocre pero muy conocida) de Los Piojos: “Desde el aula…no se ve” . Tenemos la suerte de que la Revista Jurídica de la UP la haya publicado para nosotros.

    Pero no es ese el paper del que quiero hablar aquí, aunque su lectura es ciertamente un gran aperitivo. 

    Tampoco quiero hablar de su implacable ejercicio sobre la tensión (insoluble?) entre Estado de Derecho y Certeza Jurídica, a partir de la obra de Neil MacCormick, que de paso pone en su quicio a las aspiraciones de la teoría de la argumentación. Guille podía navegar las aguas turbulentas y engañosas de la filosofía jurídica sin perder el rumbo y regresar al mejor puerto con una destreza que habría sido la envidia del mismísimo Ulises (pueden escucharlo aquí a partir de la hora 2:15, recorriendo la idea de Constitución como Práctica Interpretativa, como quien construye el mundo cuando lo nombra en una conversación construida por Mariela Puga). 

    El milagro del mejor paper del siglo fue cuidadosamente concebido por nuestro héroe durante 2012. Hace poco más de 10 años, dije de él:

    “El único paper que deberías leer (no leas nada más hasta que no lo leas esto, en serio). El paper aleph. El paper que cambió la historia sobre cómo escribir. El mejor paper que se escribirá en castellano en los próximos 10 años (por lo menos)”. Nunca fui bueno prediciendo el futuro. Acaso esta fue la única vez que acerté.

    Se llamó “[I am the Walrus: Abogacía y Derechos Sociales [Fragmentos de Algo]](https://drive.google.com/file/d/1F5hic6Q3PeSGdmEjDLVTsPYzxxLaaFBP/view?usp=sharing)” y fue publicado en un libro sobre derechos sociales que editaba ACIJ para EUDEBA, bajo la coordinación que compartimos con Luciana Bercovich y María Trevisani (creo que todavía está por aquí).

    Jamás se escribió un artículo así.

    Se trata de un paper sobre derechos sociales, y sobre el poder judicial, y el litigio estratégico como herramienta y como práctica, y sobre la crisis de legitimidad en el derecho contemporáneo, y sobre paradigmas alternativos para el activismo en derechos, y sobre la economía política de la sociedad civil y la academia, y sobre la normatividad del derecho, los desafíos de la interpretación jurídica, el sentido de la esperanza en el derecho y los derechos, la discusión jurídica como práctica inteligible y valiosa. Es también un paper sobre la amistad, y el conocimiento como acto colectivo.

    El artículo es tán rico, tan provocador, tiene tantas dimensiones, explora tantas relaciones, tensiones y fundamentaciones que, por un lado, solamente podría haber sido escrito como un artículo coral que nos guía a través de una conversación entre varios personajes.

    Después de leerlo no podemos evitar la sensación -que nos dan los clásicos- de que esas ideas sólo podrían haber sido plasmadas de esa manera. Así decidió -o necesitó- hacerlo Guille, quien se había divertido poco antes traduciendo “Mi cena en lo de Langdell”. 

    Es, a la vez, tan afinado, filoso, profundo y sustancioso que sólo podemos recorrerlo y agotarlo gracias a una escritura construida con el tono entrañable y cariñoso, desafiante pero empático, provocador pero humorístico, con el que se tratan los personajes en la inolvidable conversación de la pizzería Cortéz.

    Acaso su autor también nos quería mostrar que sólo podemos comprender las cosas más importantes y fundamentales de la vida a través de una exploración genuinamente compartida. No en soledad, no en antagonía.

    Luciana Bercovich dice que cada dos o tres años habría que hacer un encuentro para releer y discutir el paper, porque siempre que lo visitamos tiene algo nuevo y luminoso para decirnos. Es una gran idea. Si alguien se anima, yo llevaré las pizzas. Mientras tanto, yo creo que cada 5 o 10 años debo volver a contarle al mundo sobre este paper maravilloso.

    Caminando por Santa Fe

    Hace un tiempo, en ocasión del encuentro de ICON-S realizado en Santa Fe, caminamos con Valeria Berros y Mariela Puga por la zona de la facultad de derecho de la UNL. Era una siesta un poco fría y un poco gris.

    Valeria nos llevó al local donde había funcionado la Pizzería Cortéz. Una cafetería sin personalidad ocupaba su lugar. Allí conversamos largamente, como si fuéramos dueñxs del tiempo. Tratábamos de encontrar sentido al desasosiego ante la experiencia de la pérdida irremediable. No lo logramos, ni remotamente, pero fue reconfortante encontrarnos, conversar, estar juntos, y volver a la conferencia para seguir conversando hasta la noche, pensando cuánto mejor sería la discusión si Guille estuviera allí.

    Tal vez, eso sea todo lo que hay, la experiencia de estar juntos.

    Eso, y leer buenos papers, solamente buenos papers, antes de que la morsa nos devore entre lágrimas.