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  • La reciente publicación en español de Derecho internacional latinoamericano en el siglo XXI, libro coordinado por Alejandro Chethman, Alexandra Huneeus y Sergio Puig, resulta particularmente oportuna en tiempos de vertiginosos cambios del orden internacional y regional. No es mi propósito en esta breve intervención reseñar una obra que escapa a mi experticia como historiadora sino celebrar, en primer lugar, la pluralidad y novedad de los enfoques que aportan los prestigiosos autores que participan en ella, y en segundo lugar, la fertilidad del diálogo que se establece entre la Historia —a secas— y la Historia del Derecho Internacional.

    En este sentido, el libro destaca que “la producción académica continúa revisando doctrinas y argumentos del pasado, incluidos los esfuerzos de América Latina por insertarse en los órdenes europeos y panamericanos” (p. 17). Se trata, sin dudas, de una revisión fundamental que pone de relieve el esfuerzo por parte de los países y juristas de la región por integrarse al concierto de las modernas naciones surgidas de las revoluciones atlánticas. A la vez, el espejo de ese esfuerzo se refleja en el que experimentaron las potencias del Viejo Mundo ante los acontecimientos que, con sede en el continente americano, protagonizaron el primer gran proceso de descolonización a escala global.

    Sobre esa imagen especular me interesa plantear una breve reflexión que, si bien dialoga de manera más directa con los primeros capítulos del volumen que inspira este comentario, se inscribe en la perspectiva común de todas sus contribuciones: restituir la agencia latinoamericana en la transformación del derecho internacional a lo largo de las dos últimas centurias. Tres dimensiones de esa agencia, que nos retrotraen al siglo XIX y fueron por mucho tiempo naturalizadas o relegadas al plano descriptivo, es oportuno subrayar.

    La primera refiere al enorme impacto que provocó en el mundo Atlántico el ciclo de declaraciones de independencia inaugurado en 1776 en Estados Unidos y continuado en Haití, los países hispanoamericanos y Brasil. Un ciclo que, por primera vez, utilizaba el lenguaje de la independencia para disolver unilateralmente los vínculos políticos con monarcas e imperios coloniales y declarar frente al mundo el surgimiento de nuevos estados soberanos. Desde entonces, el concepto independencia se volverá global y recurrente en momentos de disolución o reconstitución imperial, como ocurrió después de la Primera Guerra Mundial, durante el proceso de descolonización en África y Asia y tras la desintegración de la Unión Soviética y de la Federación Yugoslava. En todos los casos, como ilustra el de Kosovo al despuntar el tercer milenio, las declaraciones de independencia mantienen su sentido original de autodeterminación y en todos han sido objeto de controversia internacional.

    La segunda dimensión concierne a las transformaciones que registraron las guerras convencionales en el marco de las revoluciones latinoamericanas de comienzos del siglo XIX. El solapamiento entre guerras de independencia, civiles e internacionales dejó al tradicional Derecho de Gentes que regulaba los enfrentamientos bélicos en un terreno de indeterminación, en sintonía con la indeterminación de los emergentes sujetos de imputación soberana. Al mismo tiempo, como demuestra Alejandro Rabinovich —especialista en historia de la guerra— se redefinieron y entraron en tensión los antiguos principios —aún vigentes en el derecho internacional de la época— del “derecho de conquista” y de la “guerra justa” al proponerse “liberar” a las sociedades del yugo colonial y respetar la autodeterminación de los pueblos “liberados”.

    Finalmente, la tercera dimensión atañe a la creación del repertorio de reconocimiento internacional de las naciones del Nuevo Mundo. Las formas de resolución bilateral que adoptaron las antiguas metrópolis frente a sus ex colonias —como fueron los casos de Estados Unidos primero y de Haití y Brasil en 1825— contrastan con la peculiar modalidad que transitaron los países hispanoamericanos al ser reconocidos por terceros estados ante la negativa de España de asumir —en el plano del derecho— la liquidación de su imperio, que se extendió durante más de siete décadas. Lo que la prolongada experiencia de desimperialización española dejó, entonces, en evidencia fue la tensión generada por esta novedosa forma de reconocimiento de facto, y no de jure. Pilar González Bernaldo sostiene al respecto que el impacto de las emancipaciones se exhibe en el viraje del derecho internacional hacia una concepción positiva que dio mayor primacía a la política sobre el derecho.

    Hoy, como en el pasado, los conflictos bélicos y la reconfiguración de las reglas vigentes en el orden internacional abren un campo de batalla semántico. Antiguos conceptos y categorías regresan con viejos y nuevos contenidos: imperio, guerras justas o de conquista, áreas de influencia, soberanía nacional, intervención extranjera, y la lista podría continuar. Y hoy, como en el pasado, se observan profundos desplazamientos en los umbrales que organizan la vida en común. Derecho internacional latinoamericano en el siglo XXI traza una aguda cartografía histórica de esos umbrales y revela la tensión entre las gramáticas de los hechos y las del derecho. En las cinco secciones que organizan el volumen —Historia, Teorías y métodos, Instituciones y prácticas, Innovación doctrinaria y Desafíos contemporáneos— se abordan problemas muy diversos sin perder nunca el objeto común que los articula.

    En el epílogo, los coordinadores sintetizan de manera contundente el resultado que emerge de la variedad de ensayos: “en nuestra época ha surgido un nuevo canon del derecho internacional latinoamericano” que “se caracteriza por una participación social más amplia que en el pasado; por un mayor pluralismo, tanto en las teorías como en las metodologías académicas; por el protagonismo de los derechos humanos como lenguaje jurídico y político, tanto en el plano nacional como regional; y, sobre todo, por un giro que se aleja de los Estados Unidos y Europa como fuentes principales de influencia intelectual y económica” (351).

    En ese giro se pone de manifiesto un gesto emancipatorio que emula aquel que, en el registro político y jurídico, irrumpió en el escenario mundial en el tránsito del siglo XVIII al XIX. Un gesto que convirtió a América Latina en un gran laboratorio de experimentación que exigió —y exige— repensar los puentes entre pasado y presente en un diálogo interdisciplinar como proponen los autores de este excelente libro.