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  • Sarmiento, Elizabeth Peabody y la educación popular

    Sarmiento admiraba a los estadounidenses. En el momento en que narra las peripecias de su primer viaje, en 1845, el país del Norte se compone de veintisiete estados y está en vísperas de anexar la república de Texas. Reunía todas las virtudes que hacen a un pueblo poderoso y feliz. A Sarmiento le gustaba que los yanquis fueran irrespetuosos y educados a la vez, vulgares y ricos, audaces, emprendedores y exitosos. No se detenía en los costos de su proyecto de nación, de semejante epopeya: no medía en vidas humanas el despojo de los pueblos aborígenes, la confiscación y anexión violenta de regiones inmensas ni el régimen esclavista que sometía a la más abyecta servidumbre a millones de africanos y afroamericanos. No lo espantaban las inúmeras sectas de puritanos mesiánicos que, cuando no cazaban brujas, condenaban a los herejes a los sucesivos infiernos. Nada manchaba ni oscurecía esa fascinación que le producía el progreso.

    Nos preguntamos qué era lo que podía encantar a un sanjuanino que bien podría haber sido otro provinciano de la era poscolonial adaptado a una vida pasiva como maestro de escuela o que podría haber seguido los pasos de su padre y haber sido un hombre que alternaba peripecias de soldado con prolongadas holganzas.

    ¿Para qué el progreso? ¿Qué significaba el progreso? ¿Qué sentido tiene educar o estar educado? ¿Qué atributos tiene este vocablo tan naturalizado en el habla coloquial que está vaciado de contenido? Estas preguntas, como tantas otras que nos hacemos, vinculan el progreso con la educación, ya que, más allá del debate sobre las cualidades tanto positivas como negativas de Sarmiento, existe cierto consenso en atribuirle un padrinazgo sobre la importancia de la educación en la Argentina.

    Soñar con la civilización, dibujar monumentos de hierro en las arenas del desierto cuyano, imaginar periódicos, trasladarse a tierras desconocidas en las que la velocidad del tren y la del telégrafo rompían la parsimonia de la vida reposada, querer más… ¿por qué querer más?

    Sarmiento entiende de un modo intuitivo lo que décadas más tarde Nietzsche llamó “voluntad de poder”: el espíritu del pionero, del inventor, del artista que crea un mundo con sonidos, cálculos, palabras y pigmentos, del descubridor que no acepta el mundo tal como es, que no lo soporta. El disidente.

    En su primer viaje, Sarmiento, como Tocqueville, ve igualdad por todas partes, en las costumbres y en las formas. No hay cortes especiales en los vestidos, los ricos no se visten con ropajes ni las mujeres con chillonas tafetas. Dice que crearon costumbres que no tienen antecedentes –curioso modo de definir la modernidad–, como la de la mujer soltera o el hombre de sexo femenino, las mujeres son libres como las mariposas hasta el momento de encerrarse en el capullo doméstico. Las hijas ya señoritas reciben en su casa a amigos y pueden volver de un baile a las dos de la mañana (el horario lo da el mismo Sarmiento).

    Encuentra en los Estados Unidos algo que lo atrae mucho, una especie de salvajismo, de brutalidad, de irreverencia, que en su caso es totalmente compatible con los ideales ilustrados. No es un hombre del orden, sino del progreso bestial, del hierro y del vapor, de los pioneros y conquistadores. Aclara que, con rudeza mediante, nos habla del pueblo más culto que existe sobre la tierra, en donde se publican dos mil periódicos, lo que hace que el yanqui sea un literato clásico en materia de anuncios y que, en materia de escritura, una letra chueca o gorda o un error ortográfico expondría a un comerciante a ver desierto su mostrador.

    La educación popular no tiene por única finalidad leer a Virgilio, sino también la de prepararnos para la sociedad en la que el dinero fluye.

    Los estadounidenses son imperialistas desde sus inicios. Sarmiento llega en tiempos de la guerra con México, que luego de la victoria integró el estado de Texas a la Unión. Esta democracia a lo Whitman, la de las muchedumbres, también es una máquina de guerra y una máquina de producción de riquezas. Pero justamente por esta doble vertiente, por el impulso industrial, necesita de la participación masiva de consumidores, clientes y mercados; necesita incorporar, engordar, ser imperial e inclusiva a la vez.

    Un modo de vida que va más allá de su “civilización o barbarie” –dicotomía que explaya en la misma época en su Facundo–, porque lo que ve en los estadounidenses es civilización y barbarie interconectadas, una sociedad en la que hay esclavos y en la que ve la esclavitud como un problema sin solución, con un futuro en el que avizora una guerra de razas, con una nación negra atrasada y una blanca como la más poderosa y culta de la tierra.

    A la insaciable voluntad de poder se le opone una voluntad de perdurar, un clima de tibieza propio de la época colonial en la que grupos de esclavos tocaban sonatas, calentaban las camas y velaban el sueño. Dulces eran las costumbres patriarcales de aquellos tiempos en los que la esclavitud –dice Sarmiento– no envilecía las buenas cualidades del fiel negro. Por eso las colonias españolas –agrega– tenían su manera de ser y lo pasaban bien bajo la blanda tutela del rey.

    Sarmiento es codicioso; su idea de la riqueza lo estimula, nada tiene de pecaminosa y, a pesar de que su padre lo educaba como a un hidalgo para quien todo trabajo es humillante, se decide por un mundo en el que son dos las palabras que guían su ideario: civilización y modernidad. Ambas tienen en común el ejercicio de la “inteligencia cultivada” que, gracias a la ciencia aplicada materializada en hierro y vapor, permite una nueva forma de vida, una libertad de movimiento por la circulación irrestricta gracias al tren, una libertad en la comunicación por el correo y el telégrafo y una libertad en la discusión por los diarios. “La libertad, en fin…”, escribe Sarmiento, esta es la nueva palabra que sintetiza la modernidad y la civilización. Dice que hay tres naciones en las que se la ejerce: Francia, Inglaterra y los Estados Unidos.

    Esta libertad se opone a un régimen político en el que prima el deseo de venganza y el ejercicio del poder absoluto, encarnado, para él, en Rosas.

    Sarmiento marca una diferencia entre los modos en que las dos Américas, la del sur y la del norte, inscribieron su accionar de acuerdo con la herencia recibida y el modo en que, después de haber sido colonia, encararon su proceso de independencia. Dice que Norteamérica se separó de Inglaterra sin renegar de la historia de sus libertades, sus jurados, sus parlamentos y sus letras. Sigue: “Nosotros al día siguiente de la revolución, debíamos volver los ojos a todas partes buscando con qué llenar el vacío, dejar la Inquisición destruida, el poder absoluto vencido, la exclusión religiosa ensanchada”.

    Recomendaba la lectura de las biografías de grandes hombres como guía para alcanzar grandes propósitos. Primero fue la de Cicerón, el segundo libro fue la vida de Franklin. Escribe:

    Libro alguno me ha hecho más bien que este. La vida de Franklin fue para mí lo que las vidas de Plutarco para él. Yo me sentía Franklin, ¿por qué no? Era yo pobrísimo como él, estudioso como él, dándome maña y siguiendo sus huellas podía un día formarme como él, ser doctor ad honorem como él, y hacerme un lugar en las letras y en la política americana.

    Volvamos a la escuela

    No hay libertad sin educación ni igualdad en la ignorancia. Emerson, Elizabeth y Mary Peabody, Horace Mann, Margaret Fuller, Bronson Alcott: todos son educadores. Para ellos, la educación constituye la principal tarea, más allá del modo en que puedan instrumentarla. Escribir artículos o libros, dar conferencias, fundar escuelas, organizar cenáculos para expresarse libremente, discutir la situación de la mujer y celebrar “conversatorios” para dar nuevas oportunidades a un público femenino destinado a la maternidad y a la domesticidad, propagar ideas abolicionistas respecto de la esclavitud, luchar por el derecho universal al sufragio, diagramar ciclos de lectura, aplicar nuevos métodos pedagógicos para la enseñanza de los niños, difundir ideas y traducir a los clásicos: en suma, la labor educativa no tiene muros y trasvasa el aparato institucional.

    Es ardua y constante la resistencia de quienes bregan por un ideal emancipatorio frente a los ataques de los pastores, de autoridades académicas, de las familias, de políticos, que pretenden impedir la difusión de una cultura que parece transmitir concepciones que bordean la herejía o el ateísmo.

    Pero la educación se ha escapado de las manos y del control de las autoridades tradicionales. Su implementación se da de un modo diferente en Europa que en el nuevo mundo. Prusia es un faro educativo desde el momento en que se dispone a erigir un Estado centralizado que será el ancla del futuro Estado nacional alemán. Para conformar el dispositivo estatal, la formación del personal administrativo se considera una prioridad. La instrucción ciudadana ya no podrá ser parroquial o pastoral. Debe estar planificada. Se abren las primeras escuelas “normales” o “comunes” para la formación de maestros. Circulan las nuevas ideas de Pestalozzi, que hablan de prestarles mayor atención a los niños, de basar el conocimiento en la experiencia y la intuición infantil y de suprimir los castigos corporales.

    Horace Mann, esposo de Mary Peabody, toma a su cargo un proyecto educativo basado en la idea de que la ignorancia nos vuelve serviles, a merced de los poderosos, cautivos de los dueños del saber, sin recursos para desarrollarnos como individuos en una sociedad en la que sin información nada podemos crear.

    Proponer que en una misma aula haya alumnos de distintas clases sociales es un paso hacia una sociedad igualitaria; sostener, como Elizabeth Peabody, que la meta del estudio es tener un criterio propio es una muestra de la importancia de las enseñanzas de Emerson y de la importancia que otorga al awareness y al self reliance, el despertar que da el conocimiento y la autonomía que es su fruto.

    Las mujeres no estaban autorizadas a enseñar en los niveles superiores ni a ejercer el magisterio en una cátedra. A Margaret Fuller se le ocurre proponer un nuevo formato educativo en sus conversaciones con pequeños grupos de mujeres en los que leen y comentan obras clásicas. Este tipo de actividad la hace acreedora de una relativa fama y ser solicitada con mayor frecuencia por sus pares, situación que será objeto del sarcasmo y de una burda misoginia de Henry James en Las bostonianas.

    Sarmiento hará propio este ambiente y estas ideas en lo que denominó como “educación popular”. La nueva visión sobre la educación es indisociable de una concepción más amplia del desarrollo de las sociedades y de la historia del género humano. El nivel educativo es un parámetro que mide el grado de madurez de los habitantes de una nación. Una nación con una población educada es una sociedad civilizada. La idea de civilización se adjunta a la modernidad surgida de la Revolución Industrial. Ciencia e industria son sinónimos de progreso, y los pueblos preparados para este proceso son los que han recibido la educación adecuada. Aquellos que no la tienen son pueblos atrasados o, en una nueva acepción, bárbaros.

    Es la barbarie de la que habla Sarmiento, la misma a la que se refieren progresistas y liberales como Jeremy Bentham y Stuart Mill cuando sostienen que la India no está preparada para una democracia como la inglesa dado su atraso educativo. Lo que diferencia a los pueblos es la educación, y lo que justifica el poder de unos sobre otros es la misma educación. Por un lado, emancipa; por el otro, legitima la dominación.

    Pero viajemos por un momento al sur para hacernos una idea del estado de la sociedad argentina. A veces no hay nada mejor que los censos. El primero se realizó en 1869, durante la presidencia de Sarmiento. Nuestro país tenía 1 877 490 habitantes, de los cuales 211 933 eran extranjeros, es decir, un 11,5%. Había 458 médicos, 28 dentistas y 1047 curanderos, menos del 20% de la población sabía leer y escribir. y de 473.000 niños en edad escolar, asistían a la escuela 82.000, es decir que el 83% de los niños no asistía a la escuela.

    Un país con gran mayoría analfabeta, que en nada cubría la salud de sus habitantes: esto es necesario señalarlo para todos los nostálgicos del país rural y gauchesco antes de ser invadido por el aluvión inmigratorio, para todos los que denuncian que se cercaran las tierras, que se las alambrara, que se integrara al mercado mundial como granero del mundo, que se perdiera el encanto del país de nómades y pulperías y que a un loco convertido en presidente se le ocurriera revolucionar con lo que llamaba “educación popular”.