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  • Es una pérdida inconmensurable para tantas personas, por tantas razones y para tantas causas cada vez más urgentes en estos tiempos peligrosos. Jürgen Habermas nos ha dejado cuando más lo necesitábamos: como el más firme defensor filosófico de la democracia; como el intelectual público más inquebrantable en su compromiso con los valores de la Ilustración, con un proyecto europeo políticamente integrado y con un orden mundial cosmopolita; y como una conciencia moral implacable ante las circunstancias políticas más amenazantes. Nos habíamos acostumbrado a que él luchara nuestras batallas, hablara en nombre de todos nosotros y corriera todos los riesgos sin importarle las consecuencias. Sabíamos que continuaría la lucha en todos los frentes: filosófico, intelectual y político. Y así lo hizo. Era, y sigue siendo, imprescindible.

    Para mí también, su fallecimiento supone una pérdida inconmensurable. Ocupó el centro de mi vida política e intelectual desde que tengo memoria. Oí hablar de Jürgen Habermas por primera vez cuando tenía dieciséis años. Empecé a leerlo a los veinte, me convertí en su estudiante de doctorado a los veintisiete y, más tarde, en su colega cuando visitaba mi universidad cada año durante los años noventa y principios de los 2000. He mantenido un diálogo con él, con su obra y su pensamiento, desde entonces.

    Nada de esto fue natural ni previsible. De hecho, las probabilidades de que me convirtiera en su estudiante de doctorado eran muy escasas. Cuando llegué por primera vez a Alemania con una beca del recién elegido gobierno socialista español, me sentí completamente fuera de lugar. Era una mujer joven en una disciplina profundamente dominada por los hombres. Venía de España, un país donde cuarenta años de dictadura franquista habían extinguido todo resquicio de vida filosófica o intelectual. Y sin el lujo de poder expresarme en mi lengua materna, como todos los demás, mi plan era sencillo: aprender todo lo que pudiera y volver a España lo antes posible. Al fin y al cabo, me decía a mí misma, lo bueno de los filósofos es que puedes leerlos en casa; no hace falta quedarse por allí.

    Fui a Fráncfort por el filósofo Jürgen Habermas. Pero me quedé allí tanto tiempo por el ser humano, Jürgen Habermas. Resultó que no solo era un filósofo extraordinario. También era una persona extraordinaria: lo que los judíos llaman un Mensch. De hecho, fue el mentor más comprensivo, atento y solidario que un estudiante de posgrado podría desear. Incluso hoy, tras décadas en la profesión, a menudo siento que no estoy a la altura del listón que él estableció como mentor.

    Muchos se burlan de Habermas por su creencia supuestamente ingenua en la “coacción sin coacciones del mejor argumento”. Pero en mi caso, pude comprobar de primera mano lo que significa regirse por ese principio. En una de sus últimas clases antes de jubilarse, Habermas presentó una interpretación de Heidegger que era directamente opuesta a la que yo defendía en mi tesis doctoral, que entonces estaba escribiendo en español para defenderla en mi universidad en España. Como me costaba expresarme en alemán —por no hablar de discutir sobre Heidegger en ese idioma— , decidí enviarle una carta. En ella señalaba varios pasajes de Ser y tiempo que, en mi opinión, parecían contradecir la interpretación que él había presentado en la clase. En aquel momento, él apenas sabía quién era yo. No era más que uno de los muchos estudiantes extranjeros que asistían a su coloquio —y uno que casi nunca decía nada, además. Para mi total sorpresa, cuando quedamos para hablar sobre la carta, me ofreció ser mi director de tesis. Yo estaba tan aterrorizada que decliné amablemente la oferta. Él simplemente respondió: “si usted puede argumentar así de bien, tengo que poder leer lo que escribe. Y, para eso, sería ideal si lo escribe en alemán para que lo podamos leer todos”. Él no sabía de ninguna credencial especial, mérito, o recomendación de esta estudiante que había venido de España. Me convertí en su estudiante por una única razón: lo único que importaba eran los argumentos. Eso, en pocas palabras, es quién era Jürgen Habermas.

    El fallecimiento de Jürgen Habermas es una pérdida inconmensurable. Hemos perdido a Habermas: el Mensch, el filósofo, el intelectual público, el luchador, el colega, el mentor, el amigo. Pero su legado perdura en todos aquellos que lo conocieron, a quienes moldeó y que aspiran a estar a la altura de los estándares que él estableció. Afortunadamente, su monumental obra filosófica permanece, abierta a todo aquel que desee adentrarse en ella y hacerla suya. Ahora nos corresponde a todos nosotros contribuir a conducir el mundo en una mejor dirección: la que él tuvo el valor de imaginar y que nunca dejó de defender.