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  • Quiero hablar del nuevo filósofo Hanif Kureishi. La palabra filósofo le corresponde desde el momento en que quedó tetrapléjico en diciembre del 2022 después de una caída en un bar de Roma en la que se quebró la columna. Es conocido por ser un novelista, guionista de varias películas de éxito y dramaturgo. He leído varios de sus libros, algunos en inglés, con el placer que depara la prosa coloquial con la elegancia de un estilo que combina sobriedad y humor.

    Descendiente de pakistaníes habitantes de la India antes de la partición, de esa región colonizada por los ingleses que fue la pieza gruesa de su inmenso imperio colonial del que provienen las familias de Salman Rushdie y de V.S Naipaul. Éste último perteneciente a una generación anterior.

    En mi limitada cultura literaria más aún inglesa, reúno en un mismo grupo a escritores llamados babyboomers que tienen más o menos mi edad, quienes comenzamos a escribir en los ochenta del siglo pasado, la generación de mayo 68, Bob Dylan y Vietnam, que hoy estamos en los setentas años, yo en el último de la década, en el que junto a Kureishi y Rushdie, ubico entre los británicos a Martin Amis, Christopher Hitchens, y Julian Barnes. De todos ellos leí algo.

    A Rushdie le sacaron un ojo en un ataque de un fanático islamista que pudo burlar la custodia que el escritor tiene hace años después de escribir los “Versos satánicos” por la que le valió la sentencia de pena de muerte de parte de los ayatolas iraníes. Relató el suceso en su libro “Knife”. El año pasado Kureishi publicó “Shattered”, que traducimos por destrozado. Hitchens y Amis murieron por enfermedad.

    Me gusta agrupar a los escritores, en especial a los filósofos, en circuitos. Cada uno es una mente singular, pero todos respiran un mismo aire de época. Pertenecen a una misma cultura y comparten los sobrentendidos y significados implícitos.

    Hanif no puede escribir, ni comer, ni rascarse la nariz, todo lo que no puede lo detalla en lo que consigue trasmitirle a su hijo Carlo que lo transcribe a un blog y a una aplicación de esas que se llaman newsletter o substack entre otros nombres del vocabulario digital. Cada sábado recibo un escrito en forma gratuita salvo que me suscriba como lo hice mediante un pago voluntario que le permite solventar sus gastos de atención médica y la vida por sí misma. Este hijo y su mujer Isabella son los que están junto a él entre una cohorte de enfermeras y especialistas que cubren su atención las veinticuatro horas del día.

    Se mueve en una silla de ruedas eléctrica, vive en la planta baja de su casa y en ocasiones lo llevan a la calle a mirar el mundo.

    Es filósofo, antes no lo era. Se ha convertido a la filosofía sin querer, totalmente inhabilitado para su vida anterior, sin poder escribir como lo hacia con lapicera y papel por su gusto en estar en contacto con la materialidad del trazo manual que lo acerca al dibujo, habla con un amplificador y cuenta lo que se le ocurre. Y se le ocurren muchas cosas sin que éstas se conviertan en una historia ficcional. Porque habla de él, de lo que le pasa con su cuerpo, gran protagonista de su vida, de cómo funciona su casa, de recuerdos, de personas a las que admiró y tuvo amistad como David Bowie, de sus clases de escritura creativa, de lo que piensa.

    Pero lo que más me ha llamado la atención es lo que dice del placer, la importancia que le da al placer. Por eso me remito a la filosofía. Hay temas filosóficos de extrema complejidad como lo es el del tiempo. Se puede señalar que ya decir “filosóficos” nos permitiría prescindir de una preanunciada dificultad, pero estimo que no es así. Hay conceptos que padecen de una saturación semántica pero no de complejidad. Se abunda en frases, capítulos, libros, sobre esos ítems como pensar el Otro, como pensar el Sujeto, la Modernidad o el Poder, o lo que se presente como importante para una meditación profunda e ineludible si se aspira a la lengua de su majestad el pensador.

    El tiempo es una de esas entelequias que la veo escaparse como anguila que se la quiere atrapar con metáforas, analogías, espejos, repeticiones, conceptos de Bergson, de Prigogine o los alephs de Borges. No es un concepto, es un enigma para la cual la ciencia o la astrofísica sólo agregan más incógnitas.

    El placer es otro tema escurridizo. Por eso es más que interesante Hanif, porque habla del placer con una claridad que no encuentro en mi vida filosófica. Aclaro que vida filosófica no es una vida sabia sino la de un aficionado a la filosofía que la ha practicado en cursos y escritos durante un respetable medio siglo.

    Se vincula el placer a la palabra hedonismo y a Epicuro. Tiene algo de una experiencia relajada en la que se tiene la imagen de un romano recostado en un triclinio comiendo un racimo de uvas. Es una sensación mediana, una satisfacción de sobremesa que de llegar a intensificarse ya pierde sus atributos y se convierte en éxtasis o en goce. El placer es de una intensidad suave.

    De Epicuro sabemos poco, al menos yo mucho no sé. No debe sorprender ya que de los antiguos tenemos pocos fragmentos de una obra desconocida de la que intentamos presuponer algo o todo. El placer según Epicuro es de mínima, no olvidemos que pertenece a una época en la que los filósofos aún creían en la sabiduría, por lo que el placer debe ajustarse a una forma de vida perfecta, es decir, feliz.

    Para lograrlo hace falta muy poco, cuánto menos mejor. La sabiduría consiste en disfrutar lo mínimo con una vivencia de máxima. Agua cuando se tiene sed y hambre con pan. No ofrece nada interesante para un canal Gourmet. Este modo de disfrutar de las cosas es parte de una concepción del mundo y de la vida en la que prima el azar.

    Lucrecio, filósofo que está de moda, es quien amplificó el pensamiento de Epicuro, cuando digo de moda no me refiero que sea la comidilla de los encuentros entre empresarios y emprendedores, modelos e influencers, en los paradores del Uruguay Posh sino a los libros de Stephen Greenblatt de Harvard y Ada Palmer de la universidad de Chicago….ya que hablamos de finuras… que nos presentan el redescubrimiento de Lucrecio en Occidente y de su teoría de que existe el azar porque el universo se creó por una lluvia de partículas que no caen verticales como lo pensaba Demócrito sino inclinadas con rebotes parciales que forman figuras inesperadas. Lo que tiene singulares efectos como el de saber que somos mortales pero sin tener la menor idea de dónde, cuándo ni cómo moriremos, dato en manos del Destino.

    Azar y destino, uno de los temas predilectos de los estoicos, que también están de moda en el universo corporativo en franca competencia con el budismo zen.

    Kureichi habla del placer después de su cuadriplejia y no lo hacía cuando enseñaba escritura creativa en la universidad de Kingston (Londres) en momentos en que provocó un cierto escándalo al decir que su materia no tenía sentido porque los alumnos carecían de talento (información de IA).

    Hanif comenzó sus crónicas el 6 de enero del 2023, dos semanas después de que sufriera el accidente que lo dejó paralizado. Su libro reúne los textos que van desde esa fecha hasta el 26 de diciembre del mismo año. Gran parte de esta primera etapa están dedicados a la descripción de su estancia en los hospitales italianos, de su padecimiento, de sus imposibilidades, del personal que lo rodea, de otros pacientes, de la reacción y atención de sus familiares.

    Después de meses al regresar a su domicilio en Londres, la narración de su incapacidad física ya se alterna con otros tópicos, como éste del placer. Al él se refiere en dos textos que seleccioné, uno se llama “Kama Sutra” del 29 de noviembre del 2025 y el otro, “Sex and death”, del 10 de enero del 2026. (Dios!, cómo pasa el tiempo).

    Son muchas las sutilezas deparadas por la inteligencia de Hanif como los relacionados con el sexo. Nos anticipa que el sexo es loco, perverso, estimulante, cómico, Pero dejemos el sexo por un momento porque hay un detalle particularmente interesante que es su distinción entre el placer y la felicidad.

    Dice que la felicidad es un tema confortable, de venta masiva, nunca sobran las palabras para asesorar a todos los que necesitan saber qué hacer para ser más felices. La felicidad, si queremos ser un poco rigurosos, es un invento de escoceses, son ellos quienes comenzaron con ese tema de la simpatía universal y la buen onda colectiva que derivó hasta William James que dijo que la finalidad de la vida es ser feliz a pesar de legarnos el menor de los hermanos James (sigo con los escritores no con los bandoleros) la bella imagen de la humanidad como la de un conjunto de patinadores que disfrutan de una pista de hielo bajo un sol abrasador que la derrite hasta hacerse agua con sus ocho mil millones de distraídos. Bailando sobre el Titanic que le dicen.

    No se encuentra en los curriculum habituales, agrega Hanif, menciones sobre el placer. Se lo considera sospechoso y recibe juicios ambiguos. Para él su contrario no es el dolor sino la depresión, la enfermedad de nuestro tiempo que recibe especial atención editorial junto al de la felicidad y la escritura creativa.

    Recordemos que Hanif le habla a su hijo como si escribiera en el aire, asocia imágenes e ideas, cita a Baudelaire que dice que el placer del amor es que nos da la sensación de que hacemos algo mal, que cometemos algo indebido. Y ahora viene la frase en la que hay que detenerse, dice Hanif: a la felicidad se la gana y merece, al placer se lo roba.

    Otra reflexión: mientras la felicidad es un fin en sí mismo, los placeres por tener consecuencias invitan el discurrir de los moralistas. Y la conclusión: de ahí que los libros de autoayuda nos hacen sentir unos fracasados.