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  • Michel Foucault tituló su ultimo libro “El uso de los placeres” que sintetizaba en una nueva perspectiva la educación del hombre griego varón adulto. Es decir, del ciudadano. En lugar de remitirse a la metafísica del dispositivo platónico-aristotélico con su trasmigración de las almas y el motor inmóvil, se dedica a describir la preceptiva compuesta por consejos prácticos para tener una buena vida, la que se debe adoptar para conocerse a sí mismo y liberarse de las sujeciones a las que nos someten las pasiones.

    Es un asunto de educación y de formación general que debe aplicarse a ítems específicos que exigen una disciplina que ordena el modo en que debemos vincularnos con el mundo material. Está involucrado el cuidado de nuestro propio cuerpo, la relación con los otros cuerpos y con las cosas. En términos de Foucault y en palabras griegas: la dietética, la erótica y la economía.

    A este conjunto de preocupaciones y consejos los llama “placeres”, y no “verdades”, porque no se inscriben en un canon de conductas lícitas y otras prohibidas de acuerdo a valores de apreciación o exclusión. Se trata de un cincelado, de un afinamiento, de una labor de observación que mide las dosis adecuadas que cada uno debe suministrarse para llegar a un estado de armonía con el mundo. Que nada esté prohibido no significa que todo esté permitido, porque se trata de “medidas”, palabra crucial para la cultura griega que incluye tanto la geometría como la moral, de un modo análogo en que justicia y justeza articulan la precisión en el modo de conocer con el gobierno de los hombres.

    Nada debe ser excesivo, el placer esta vez sí debe sostenerse en una verdad que ordena lo humano de acuerdo a un orden cósmico por el que cada cosa debe situarse en el lugar al que está destinada.

    Cuando Foucault titula su libro “uso” de los placeres, se remite así a un modo pensado de satisfacerse que se basa en reglas hipocráticas y socráticas que configuran un “régimen” de vida. La segunda parte de sus dos obras finales publicada en otro libro se llama “El cuidado de sí”, esta vez ubicado en la cultura romana en la que privilegia la palabra “cuidado”. Entre paréntesis, los aficionados a la filosofía no podemos dejar de sospechar que Foucault eligió estas dos palabras con una remisión tácita a la tradición ya que “uso” y “cuidado”, son dos conceptos de relevancia en las filosofías de Wittgenstein y Heidegger.

    Tanto por el uso como por el cuidado la cultura antigua no basa el gobierno de los hombres ni el gobernarse a sí mismo en la ley sino en una “estética de la existencia” y en un “arte de vivir”. Por supuesto que en la polis griega existe un marco legal que permite que la comunidad de ciudadanos se organice colectivamente, por algo dicen los helenistas que en Grecia se inventó la política. Se instituye un orden que distribuye el poder y legitima deberes y derechos. Pero para que funcione y no derive en el caos o en la anarquía, en la arbitrariedad y el despotismo, y que el saber no se prostituya en sofística, es necesario saber usar los placeres y cuidar de sí mismo.

    "Se instituye un orden que distribuye el poder y legitima deberes y derechos. Pero para que funcione y no derive en el caos o en la anarquía, en la arbitrariedad y el despotismo … es necesario saber usar los placeres y cuidar de sí mismo."

    Hay dos tipos de placeres, los buenos se vinculan con el saber y los malos con las pasiones. Por algún motivo que no consigo descifrar del todo Foucault prefiere que el placer predomine como ideal de vida. El saber griego fundamentado en una cosmovisión es reconvertido por Foucault en un arte no taxativo sino definido en términos de estilo. Influyen el más y el menos, el cómo y el cuándo, el quien y el dónde. Lo que se dice “kairós”, la circunstancia.

    La preocupación por el tema del placer no es omniabarcativa porque hablamos de un filósofo para quien la problemática del poder es nuclear, y quien dice poder dice dominación, violencia, opresión, servidumbre, control, también generación y creación.

    Su interés por los placeres tiene que ver con el auge imperante en aquellos años de los que habla Kureishi en tanto representante de la generación de babyboomers, protagonistas de los movimientos de liberación sexual, destapes y otras adyacencias posmodernas.
    Va a contracorriente de quienes elaboraron un diagnóstico de aquellos tiempos en términos de deseo y represión. Trasladado a apellidos remitimos a Herbert Marcuse y Gilles Deleuze. Para Foucault Occidente desde el nacimiento del cristianismo no reprimió al sexo sino que por efecto de fascinación no dejó de hablar de él, lo ungió como la cifra secreta del sujeto pecador, su identidad acechante, su preocupación constante.

    La secularización no detuvo este interés sino que lo enriqueció con los aportes del derecho y de la medicina en sus variadas ramas cuya larga marcha recorre el psicoanálisis en el siglo XX y el movimiento woke con la problemática del género en el siglo XXI. Para Foucault lo que interesa es el placer y no el deseo. Hablar de deseo nos inscribe en un mundo en el que impera la culpa cuya historia fue analizada por Nietzsche en su genealogía de la moral. Su tomo inédito, el que iba a ser el cuarto de su Historia de la Sexualidad, que no terminó de editar por su muerte, Foucault lo llamó “Las confesiones de la carne”, parte de un trabajo que elaboró durante años en los que dictó seminarios sobre la confesión y la organización de los primeros monasterios. En ellos recorrió las fases del interés por el deseo desde lo que llama la “problemática de la sangre” y sus obsesiones por el incesto, la prohibición, la ley, la pureza y las razas, a la ciencia de la sexualidad que es un eje biopolítico relacionado con la vida y muerte de los conjuntos poblacionales.

    El deseo y el placer constituyeron una divisoria de aguas entre los dos filósofos de moda en el posmayo 68. Foucault con el placer contra la Scientia Sexualis liderada por la psiquiatría forense y la criminología, y contra el deseo como emblema de liberación. Deleuze con el deseo contra una versión edulcorada de un placer lúdico y contra el psicoanálisis lacaniano y la versión del inconsciente pensada en términos de ley y falta.

    "Para Foucault Occidente desde el nacimiento del cristianismo no reprimió al sexo sino que por efecto de fascinación no dejó de hablar de él, lo ungió como la cifra secreta del sujeto pecador, su identidad acechante, su preocupación constante."

    En términos de combate ideológico Foucault es nietzscheano y Deleuze spinozista. Al primero le interesa desmontar los mecanismos de una moral que desprecia el cuerpo y al segundo extraer las consecuencias de una ética en términos de producción, potencia, expansión. Platón, uno de los responsables de estas cuestiones cuando hablaba del amor, del Eros, lo relacionaba con la manía, un fuera de sí, una posesión lindante con la locura. Este tipo de exceso lejos de desviar a los hombres del recto camino por el contrario los acercaba al panteón divino.

    Por eso Eros era considerado una divinidad mediadora entre la dimensión humana y la divina, caracterizada en forma simultánea por los atributos de riqueza y carencia.