• debates
  • ensayos
  • entrevistas
  • reseñas
  • A diferencia de las grandes super producciones de Hollywood, o de lo que se hace en Europa, el cine latinoamericano tiene una cadencia propia, una voz que se sostiene en las realidades de las sociedades en las que está inmerso y desde donde emerge. Estas incluyen la desigualdad que las caracteriza junto con la precariedad económica que dificulta tanto su producción, como su distribución y consumo. Los países con las industrias más longevas y desarrolladas: Argentina, Brasil y México le llevan una gran ventaja al resto, pero no por eso se encuentran exentas de las dificultades que enfrenta la producción audiovisual en todo el continente.

    Hace un par de semanas se celebró la treintava edición del Festival de Cine de Lima y tuve la fortuna de ser parte del jurado de la muestra de ficción latinoamericana, junto a una productora argentina, una actriz chilena, una programadora de festivales uruguaya y un director colombiano, que prefiere ser llamado artesano del cine. Nos dedicamos a ver las quince películas en competencia en una semana para luego elegir la mejor película, director, guion, actor, actriz y el premio especial del jurado. Compitieron además once documentales, siete películas peruanas y se mostraron además fuera de competencia decenas de cortos, mediometrajes y largos, tanto de Latinoamérica como de Europa. A pesar de no haber podido ver todo, pude pensar un poco sobre la industria audiovisual en este momento particular y sobre todo en lo que los seleccionadores eligieron que viéramos.

    En esta edición el Festival homenajeó a Kleber Mendonça Filho, con una retrospectiva y en alguno de sus discursos, el director de la premiada, El Agente Secreto dijo que el cine permite disputar la narrativa oficial. Y en gran medida lo que se vio en este festival fueron muchas de esas voces que desde distintos lugares de Latinoamérica siguen buscando decir eso que cuesta, que duele. Incluso en los países donde los gobiernos de derecha que han decidido dejar de financiar el cine como Chile y Argentina los creadores audiovisuales no se corren de la incomodidad. Pocos días antes del festival el flamante Ministro de Cultura Peruano había dicho que la izquierda había tomado la cultura y que revisaría toda la política de financiamiento cultural. Diez días antes Bolivia desapareció el Ministerio de Cultura de un plumazo.

    En este contexto adverso, la película ganadora del premio de ficción latinoamericana, Seis meses en el edificio rosa con azul, busca una manera fresca de lidiar con un tema espinoso. Es la historia de un niño mexicano que en los años noventa se enamora de su mejor amigo en el preciso momento en que su padre es diagnosticado con VIH. Bruno Santamaría combina entrevistas actuales a su familia con una recreación del pasado para presentar una visión profunda sobre la familia, la comunidad, y la amistad en un momento muy específico. Y si bien el mundo que retrata es completamente especifico, es al mismo tiempo absolutamente latinoamericano y universal.

    Esa película también fue reconocida con el premio LGTBIQ+, a pesar de que otras dos películas mexicanas, En el Camino de David Pablos y Jaripeo el documental sobre los vaqueros de Michoacán de Efraín Mojica y Rebeca Zweig, tienen a la homosexualidad como tema principal. No logré ver Jaripeo, pero tuve la posibilidad de hablar largo con sus directores y sobre todo con de Efraín que es además el protagonista del filme y que me contó sobre su experiencia con el mundo de la homosexualidad en los rodeos. No tuve la misma suerte con el documental de Tania y Semillites Hernández Velazco los hermanos queer de Nuestro Cuerpo es una estrella que se expande, que explora su identidad sexual y étnica.

    Pero dice mucho que cuatro de las ocho películas mexicanas en competencia trataran temas LGTBIQ+ y eso considerando que una de las cintas listada como mexicana es en realidad de Costa Rica. Esta es otra de las realidades del cine en nuestra región –algunos países tienen más posibilidades de producirlo que otros y las coproducciones las hacen posibles. Siempre soy tu animal materno de Valentina Maurel, nos presenta a dos hermanas en la caótica ciudad de San José buscando desenmarañar la compleja relación, entre ellas y con su madre. En Moscas, Fernando Eimbcke nos muestra a una mujer solitaria que logra reconectar con el mundo gracias a un niño que aparece fortuitamente en su vida. Y a pesar de que ambas películas son muy humanas, Chicas tristes de Fernanda Tovar nos cautivó y se hizo con el premio a mejor guion y a mejores actrices. La adolescencia puede ser un campo minado y en este retrato de unas amigas que viven en un barrio de clase media en una ciudad pequeña y son parte de un equipo de natación, nos recuerda como la amistad y la solidaridad nos permite sobrellevar hasta lo más difícil.

    Tampoco logré ver Manuales de Supervivencia de Luisa García Alva que ganó el premio a mejor largometraje peruano, además del premio especial del Ministerio de Cultura. Esta película tiene como tema el diagnóstico de VIH de la directora, además de su decisión de migrar ante el temor de revelar su condición a su familia y amigos. Como dijo ella en la premiación, la película le ha permitido pasar de no querer contarle a nadie lo que estaba viviendo a compartirlo con todo el que quiera oír. Espero poder verla pronto. Una vez más una película que nos muestra la importancia de la solidaridad y la posibilidad que abre el cine de expresar lo que nos duele.

    El cine también permite dar voz a quienes van quedando sin ella, como fue el caso del documental ganador Relicto del colombiano Guillermo Quintero que narra su encuentro con Sixto Muñoz en el norte de la Amazonía colombiana y que se le conoce como el último indio tinigua. Aunque tampoco pude ver la cinta, Guillermo me contó sobre los años de investigación para poder hacerla. Y fue parte de una serie de películas en las que se hablan otras lenguas. Otra fue el documental fuera de competencia Q-Pop de la muestra cine y música donde Adri Murguía cuenta la experiencia de Lenin Tamayo que fusiona el estilo de música coreano con el quechua en su afán de defender la lengua con la que ha crecido en la ciudad.

    En la competencia de ficción la Hija Cóndor de Álvaro Olmos Torrico, se llevó el premio especial del Jurado por su poética manera de mostrar el conflicto entre la modernidad y la tradición en los Andes y como los jóvenes buscan formas de seguir entendiendo sus raíces. En esta historia, Clara que se entrena como partera en la sierra de Cochabamba y que canta hermosamente, sueña con escapar a la ciudad y modernizar su música. La película muestra como en nuestras sociedades pueden convivir diferentes expresiones de nuestras culturas milenarias y queda como pregunta si se podrán seguir haciendo apuestas como esta en un país donde se considera que ’la cultura’ no debe tener siquiera un ministerio.

    Este desdén se siente también en Chile, otro país donde el gobierno ha decidido que el cine no es un espacio prioritario y se ha reducido la financiación. Al ver la extraordinaria película chilena Hangar Rojo de Juan Pablo Sallato que ganó el premio a dirección, fotografía y actor, uno se pregunta ¿será posible que se sigan haciendo películas de esta importancia y envergadura? La cinta presenta el golpe de 1973 desde la perspectiva de los miembros de la fuerza aérea y también lleva a preguntarnos si estamos preparados para ver visiones que complejizan nuestro pasado reciente. Uno se puede preguntar si se necesita una película más sobre el golpe y la respuesta es rotundamente sí, películas como esta, siempre son necesarias.

    El otro país por supuesto tremendamente golpeado por la crisis económica y la desaparición de los incentivos al cine es Argentina y a pesar de ello se presentaron tres largometrajes en competencia de ficción, dos en la competencia de documental, además del documental de apertura y fuera de competencia el drama Belén de Dolores Fonzi inspirada en el caso judicial de la joven que fue condenada por homicidio tras sufrir de un aborto espontaneo. Los tres documentales tratan temas históricos, Diciembre de Lucas Gallo revisita el estallido de la crisis del 2001, mientras que Pablo Aparo va a las Malvinas a explorar las huellas de la guerra del 82 en Los Vencidos. El festival abrió con una reflexión sobre ese conflicto con El Partido de Juan Cabral y Santiago Franco que fue la película inaugural y que vuelve sobre el encuentro entre Argentina e Inglaterra en el Mundial del 1986 y todo lo que rodeó. El cine latinoamericano claramente sirve para revisitar preguntas que quedan abiertas.

    A pesar de las dificultades en las que se encuentra la industria hay vitalidad y las tres cintas que llegaron a la competencia de ficción nos muestran distintas miradas. Una fue financiada antes de los cambios en la financiación del cine y es además una coproducción con Europa, otra de las formas de hacer posible el cine en nuestra región. Mientras que las otras dos se hicieron con muy bajo presupuesto. Una, la más experimental, Tren Fluvial de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale nos presenta a un joven bailarín de Malambo en busca de la gran ciudad, en clave lúdica, mientras que la otra de Milagros Mumenthaler es más tradicional y nos lleva a la vida acomodada de Lina en Las Corrientes donde va mostrando que todo no es lo que aparenta, adentrándose en lo psicológico.

    Pero para mí la ganadora de la mejor Ópera Prima, además del premio de la Organización Internacional del Trabajo y el de la crítica internacional fue una de las que más disfruté. La noche está marchándose ya de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini está rodada en blanco y negro en un cineclub municipal de Córdoba. Cuando comienza de manera pausada uno se pregunta a donde va y si bien podría ir en muchas direcciones elige el camino de la cinefilia, de la importancia de la solidaridad, especialmente en los momentos de crisis profunda y del valor de la cultura y de quienes trabajan en ella ya que nos sostiene en momentos de gran fragilidad.

    Creo que si me llevo algo después de casi diez días rodeada de cine de la región es que, a pesar de las diferencias entre nuestros países, y de las dificultades que enfrentamos en nuestras sociedades tan desiguales, difíciles, y tan a menudo violentas, el cine nos presenta la posibilidad de hablar de lo que nos importa, de lo que nos duele. Esto incluye nuestra historia reciente, nuestra manera de relacionarnos, en los barrios, en la familia, con el estado, con las instituciones, con nuestros sueños. Se trata de historias intimas que nos hablan de lo grande enfocándose en lo pequeño. Es así como el cine latinoamericano nos permite expresar quienes somos, en nuestros idiomas, con nuestros presupuestos limitados, que a pesar de ello nos permiten seguir soñando con sociedades mejores, más justas y más inclusivas.