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  • En los últimos tiempos, se viene recuperando un tema que se viene tratando recurrentemente: la personalidad, la estabilidad emocional y hasta la propia salud mental del presidente de Argentina. De allí, su capacidad, y la de su equipo de gobierno, para llevar adelante los asuntos de Estado. Entre múltiples evidencias se señala sus públicos exabruptos, su verborragia violenta, las notorias falsedades y dislates en sus presentaciones de cuestiones de Estado, su sumisión a las indicaciones de poderosos intereses extranjeros, su indiferencia y crueldad frente a los impactos de sus políticas en los grupos más vulnerables de la población. Incluso encumbrados funcionarios del gobierno que lo ayudaron a llegar al poder expresan públicamente su preocupación por estas cuestiones y sus impactos sobre la sociedad argentina y los intereses de la República.

    Frente a esta situación, creo interesante recuperar el excelente análisis de Stephen Greenblatt sobre los contenidos políticos de las obras de Shakespeare (El Tirano). Justamente, Greenblatt remarca que, entre los interrogantes políticos que aparecen en las obras del genial dramaturgo, se destacan las siguientes: ¿En qué circunstancias las instituciones políticas muestran su fragilidad frente a individuos ambiciosos de poder y con pocas aptitudes para el cargo? ¿Qué sucede cuando estos individuos no están mentalmente capacitados para desempeñar su cargo y toman decisiones que amenazan el bienestar y la seguridad del Estado y la sociedad? ¿Quiénes son los cómplices que sostienen individuos inescrupulosos como Ricardo III, desequilibrados mentales como El Rey Lear o violentos fanáticos como Coriolano? ¿Por qué las elites (y parte del pueblo) aceptan líderes impulsivos, manipuladores, negadores de la verdad y brutales con la oposición y los más débiles? ¿Por qué la chabacanería y la crueldad de estos personajes son atractivos sus seguidores?

    Reflexionando sobre estos temas, para Greenblatt las obras Shakespeare deberían observarse razonamientos en torno a las formas de desintegración de sociedades y Estados cuando gente de esta calaña ocupa el poder. En tiempos de Shakespeare, como reflexiones sobre el modo en que sociedades desiguales y fragmentadas son caldo de cultivo para ambiciosos aspirantes a tiranos. Entre otras cosas, Greenblatt señala que en esas obras los personajes que integran la “clase política” son casi todos hipócritas: “Ponte anteojos, y, como un politicastro rastrero, aparenta ver lo que no ves» (El rey Lear). La falsedad y la traición son características de los personajes de la elite política, los cuales suponen que sus mentiras podrán engañar incluso a los demás mentirosos que luchan por el poder.

    Un politicastro del tipo que dramatiza Shakespeare no reconoce sus mentiras y no soporta una opinión independiente sino que señala a quienes lo contradicen como como mentirosos o idiotas. Por ejemplo, Julio César dice de Casio, que será líder y cerebro de su asesinato: “¡Piensa demasiado! ¡Semejantes hombres son peligrosos! … Lee mucho, es un gran observador y penetra admirablemente en los motivos de las acciones humanas”. Ricardo III opina de forma similar sobre los allegados que prefiere: “No quiero a mi lado a quien me mire con ojos escrutadores”.

    En sus obras, Shakespeare advierte lo siguiente: aunque el accionar del politicastro mentiroso es absurdo y hasta provoca risa en su entorno y el pueblo, esto no disminuye la amenaza que representa y hasta facilita su acceso al poder. Esto es así porque no se piensa que alguien tan absurdo puede lograrlo o se cree que es tan incompetente que será fácil de manipular. Esto y su crueldad explican por qué casi nadie se anima a decirle abiertamente lo que todos se percatan. Una escena interesante es aquella donde, frente a los estallidos de cólera y desequilibrios emocionales de El Rey Lear, el único que se atreve a burlarse y hacérselo notar es el Bufón; es que las convenciones de la época le permitían a este personaje expresar la verdad sin ser en principio reprimido o castigado: “Yo estoy ahora mejor que tú -dice el Bufón a Lear. Soy un loco, y tú no eres nada…” (Rey Lear). Por eso, cuando las hijas y sus cómplices apartan a Lear del poder, el Bufón es expulsado en plena tormenta en compañía del rey loco y desaparece definitivamente de la obra.

    Conforme lo explica Greenblatt, el tipo de aspirante a tirano del que se ocupa Shakespeare, siente placer con la dominación que ejerce y disfruta cuando ve a los demás acobardarse y estremecerse de dolor frente a sus acciones. En estas cuestiones, Ricardo III es el arquetipo más acabado: egoísmo ilimitado, placer al infligir dolor, deseo compulsivo de dominar, reclamo de lealtad absoluta y complicidad a su entorno y falta de gratitud y hasta traición frente a esa lealtad. También, transgresión de la ley que representa un concepto de “bien público común” que a Ricardo III le resulta abominable: su mundo se divide entre ganadores y perdedores. Para el aspirante a déspota, sólo los perdedores hablan de bien común mientras que los ganadores hablan de sus supuestos méritos privados que nada deben a otros.

    La perversidad de Ricardo III es pública y notoria. Pero esto no impide que aglutine cómplices de todo tipo e, incluso, Shakespeare muestra el modo en que esa perversidad atrae a muchos seguidores que lo ayudan a alcanzar sus objetivos. De paso, Greenblatt recuerda que Ricardo III suscitó un interés enorme ya en su época y que ese interés se proyecta hasta la actualidad. Es que la atracción que genera el “desfigurado por el espíritu del mal” perdura porque muchas personas disfrutan viendo como un despiadado y criminal asciende al poder en base a mentiras, promesas falsas y la directa eliminación violenta de sus rivales.

    De hecho, el variado número de cómplices son un elemento central de las obras del dramaturgo. Estos cómplices se vuelven ejecutores directos de todo tipo de fechorías ordenadas por el inescrupuloso aspirante a la cima del poder y es el modo en que demuestran su lealtad. Ricardo III no está interesado en una lealtad honesta, desapasionada y sustentada en la razón o convicción; lo que desea es la adulación y la obediencia que avale su ignominia. Por eso la mayoría de los cómplices que lo sirven son personajes infames que solo miran su propio interés.

    Claro que hay algunos personajes que son auténticamente engañados por Ricardo III y creen en sus promesas. En su mayoría, son personas ingenuas y que no tienen un papel significativo en la trama política. Por ejemplo Greenblatt señala la escena en la que el joven e inexperto hijo de Clarence acepta las demostraciones de dolor de su tío Ricardo III, pese a que se le informa que son hipócritas y que fue su tío quien tramó el asesinato de su padre. Frente a esta información, la criatura responde: “Yo no puedo ni pensarlo”. Greenblatt también señala a otros personajes atemorizados o impotentes ante la intimidación o la amenaza de violencia del poderoso.

    Otros cómplices menos inocentes simplemente ejecutan órdenes ya sea porque no quieren complicaciones con su vida, obtienen beneficios individuales mezquinos o simplemente no quieren perder su lugar aunque conocen lo que está pasando: “ellos mismos solicitaron este cargo amorosamente” (Hamlet). Por ejemplo, en Ricardo III Shakespeare incluye una escena en la que un escribano anónimo tiene que documentar el acta de acusación del ambicioso Hastings, quien es cómplice de la crueldad del aspirante a tirano. El escribano se da cuenta de que las acusaciones fueron inventadas y que no fue acusado ni interrogado en ejercicio de su plena libertad. Frente a esta evidencia, se formula dos preguntas: “¿Quién será tan estúpido que no vea este palpable artificio? … Pero ¿quién es bastante osado para decir que lo ve?”.

    Finalmente, Greenblatt enumera a los cómplices que advierten las atrocidades que comete el politicastro inescrupuloso, pero tienden a “normalizarlas” estas prácticas como parte del “juego político”. Incluso, algunos pretenden que hay suficientes fuerzas en el “sistema institucional” como para contenerlo, además que se creen más inteligentes que el canalla principal para utilizarlo en su provecho. Así, inflan al sinvergüenza despreciando el peligro que representa e incluso creen que es imposible que semejante personaje logre tener el poder total. Por ello se sorprenden cuando se dan cuenta que se equivocan y es demasiado tarde para contenerlo.

    Entre estos cómplices, Greenblatt expone a los más siniestros. Son los aliados y seguidores más cercanos que participan directamente en las acciones destructivas y hasta criminales del aspirante a tirano, mientras contemplan con total indiferencia y cinismo como incluso otros cómplices van cayendo demolidos por el poder.

    En su análisis de esa elite cómplice, Greenblatt recuerda no sólo que Shakespeare tomó prestados muchos elementos de Tomás Moro para crear su retrato de Ricardo III, sino que además recuerda que Moro, en su célebre Utopía, escribe: “Cuando considero los sistemas sociales, sean cuales sean, que predominan en el mundo moderno, no puedo ver en ellos, Dios me ayude, más que una conspiración de los ricos”. De paso, recuerda que en la obra de Shakespeare, la ambición inescrupulosa de miembros de la elite rica y privilegiada los lleva incluso a negociar con el enemigo tradicional de su propio país para obtener beneficios. Por ejemplo, en Enrique VI, los partidarios de la casa de York entablan negociaciones secretas con Francia para conseguir apoyos en su lucha interna. Así, la temible reina Margarita comenta; “¿Cómo los tiranos pueden gobernar en su país con seguridad si no compran grandes alianzas en el extranjero?”.

    No es muy complicado leer en estas reflexiones de los personajes de Shakespeare muchas de las acciones de la clase política argentina de los últimos tiempos. Tanto la personalidad alucinada y destructiva de los aspirantes a déspota como las conductas de su séquito de cómplices forman parte de la cotidianeidad del país. Como se conoce, en las obras de Shakespeare este engendro político conduce a resultados abominables y destructivos para la sociedad.

    Pero Greenblatt también resalta que, si bien en las obras de Shakespeare hay largos períodos en que la gente más vil triunfa, también en muchos casos acaban siendo derrotados por su propia maldad y por la acción de ciudadanos corrientes. Como se indicó, también en sus obras hay personajes que no son cómplices de los múltiples actos infames, no apoyan a los canallas, Personajes menores como un criado en El Rey Lear, frente a una terrible escena de tortura de su amo, le pide por favor que tenga clemencia y se detenga.

    Por otro lado, en Coriolano, Shakespeare muestra la rebelión popular frente a una situación de hambruna por especulación de los ricos con el precio del trigo que tienen almacenado. Así, un personaje anónimo del pueblo grita: “Consienten que reventemos de hambre y sus almacenes rebosan de grano, decretan edictos sobre la usura para defender a los usureros, cada día anulan una ley saludable establecida contra los ricos, y cada día promulgan alguna ley tiránica para encadenar y contener a los pobres” (Coriolano). Otra vez, la actualidad de esta declaración es innegable.

    De estas y otras escenas, Greenblatt concluye que, para Shakespeare, tarde o temprano, las sociedades terminan protegiéndose de los sociópatas. En algún momento, el pueblo se rebela y busca solucionar las amenazas más dañinas a su existencia: el “cuerpo social” rechaza y expulsa a quienes lo están destruyendo.

    Shakespeare ofrece así esperanzas de que algún día se terminará la pesadilla gracias a la reacción de quienes no son cómplices de la destrucción social, aunque el tormento en el transcurso de la obra destructiva puede ser muy largo. Está por verse si esas esperanzas del genial dramaturgo se vuelven realidad en la Argentina y gran parte de la humanidad.