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  • A Tomás Abraham, por su obstinación en pensar contra la comodidad del consenso

    El error de categoría

    Sebastián Mazzuca ha escrito un ensayo inteligente, bien construido y, en lo esencial, equivocado. No equivocado en sus datos —el ascenso de China, la desindustrialización estadounidense y el agotamiento del Estado-nación son fenómenos reales y bien documentados— sino equivocado en su premisa interpretativa central. Mazzuca sostiene que Trump es el mensajero torpe de fuerzas estructurales que ningún presidente podría ignorar. Pero esa tesis supone que Trump comparte, aunque sea implícitamente, el objetivo que esas fuerzas demandarían de cualquier presidente razonable: defender el orden liberal frente al avance chino. Y esa suposición, que Mazzuca da por sentada, es precisamente lo que está en discusión.

    Mazzuca proyecta sobre Trump una racionalidad geopolítica que no es la suya, y luego diagnostica incompetencia en su ejecución. Pero un jugador de ajedrez no es un mal jugador de damas porque mueve las piezas de forma extraña. Si Trump no está jugando a defender el orden liberal —si está jugando a otra cosa—, entonces el diagnóstico de torpeza estratégica es simplemente incorrecto. Lo que Mazzuca llama mensajero torpe podría ser, en cambio, un mensajero eficaz de un mensaje completamente distinto.

    La pregunta que Mazzuca no formula, y que me propongo como central, es la siguiente: ¿está Trump intentando ganar dentro del orden existente, o está intentando cambiar el orden mismo? Son dos cosas radicalmente distintas. Y confundirlas produce exactamente el tipo de análisis superficial que el propio Mazzuca dice querer evitar.

    La alianza que Mazzuca no ve

    Mazzuca organiza su ensayo alrededor de una oposición: Estados Unidos versus China. Esa oposición existe, tiene fundamentos económicos y militares reales, y es probable que se profundice en las próximas décadas. Pero no es la oposición que organiza la política exterior de Trump. Lo que Mazzuca pasa por alto —o descarta demasiado rápido— es la posibilidad de que Trump no vea a China como adversario sino como socio en un proyecto compartido: la demolición del orden liberal multilateral, o sea, la globalización bien entendida, tal como trataré de explicar.

    Un presidente que ataca sistemáticamente a los jueces, a la prensa y a los organismos de control no está defendiendo el orden liberal desde adentro: está erosionándolo. La admiración de Trump por Putin, Xi y Orbán no es un rasgo psicológico exótico sino una consecuencia coherente de ese proceso. Todos ellos gobiernan sin la prensa libre, los jueces independientes y los contrapesos institucionales que Trump ha atacado durante su segundo mandato. Admirar el resultado es coherente con atacar los obstáculos que impiden alcanzarlo. Lo que en el discurso liberal se llama autoritarismo, Trump lo experimenta como una solución, no como un problema.

    La alianza entre Trump y los líderes autoritarios no requiere un pacto formal ni una conspiración deliberada. Basta con que compartan un enemigo común: el orden liberal cosmopolita, con sus instituciones multilaterales, sus élites tecnocráticas, sus medios de comunicación globalizados y sus jueces independientes. Ese orden no solo limita el poder de Putin o de Xi; también limita el de Trump. Destruirlo los beneficia a todos. En ese sentido, la multipolaridad que Trump parece favorecer no es la consecuencia involuntaria de una política exterior torpe sino que es su objetivo.

    ¿Para qué sirve un mundo multipolar?

    La pregunta sobre la multipolaridad merece un desarrollo propio, porque no es obvia. ¿Por qué querría Trump —o cualquier presidente de la potencia hegemónica— un mundo multipolar? La respuesta convencional diría que no lo querría: la hegemonía unipolar favorece al hegemón. Pero esa respuesta asume que el hegemón quiere usar su poder para sostener un orden basado en reglas. Si en cambio quiere usar su poder de forma cruda, bilateral y sin rendición de cuentas, la multipolaridad no es una renuncia al poder sino que se transforma en su condición de posibilidad.

    Un mundo con reglas multilaterales —la OMC, la OTAN, la ONU, el Acuerdo de París, la Corte Penal Internacional— es un mundo donde el más fuerte está atado. No atado por la fuerza de los demás, sino por sus propios compromisos institucionales, que generan expectativas, obligan a la consulta y limitan el margen de maniobra unilateral. Para un presidente que piensa en términos de acuerdos bilaterales, de transacciones individuales, de presión directa sin mediación institucional, ese orden es una trampa, no una ventaja.

    Un mundo multipolar, en cambio, es un mundo donde las reglas compartidas pierden autoridad y cada potencia negocia directamente con las demás según su peso relativo. En ese escenario, Estados Unidos sigue siendo la potencia más grande —militarmente, energéticamente, tecnológicamente—, pero ya no está obligado a actuar como garante del orden: puede exigir concesiones, imponer condiciones y abandonar compromisos cuando le conviene, sin el costo de legitimidad que eso tendría en un orden basado en reglas. La multipolaridad, lejos de debilitar a Estados Unidos en términos absolutos, lo libera de las ataduras que le impiden usar su poder de forma descarnada.

    Hay además una dimensión doméstica que Mazzuca subestima. El orden liberal no es solo un sistema de relaciones internacionales: es un sistema de valores que incluye la independencia judicial, la libertad de prensa, la alternancia democrática y la rendición de cuentas de los gobernantes. Esos valores no solo limitan a Putin o a Xi: limitan a Trump. Un mundo donde esos valores han perdido autoridad global es un mundo donde Trump puede erosionarlos en casa con menor costo. La multipolaridad autoritaria no es solo una política exterior, es también, y quizás principalmente, una política doméstica.

    La OTAN y Putin: ¿error o objetivo?

    El caso más claro de la confusión entre torpeza y intención es la política de Trump hacia la OTAN y hacia Rusia. Mazzuca la presenta como una consecuencia disfuncional de la reacción estructural estadounidense: al priorizar sus propios intereses, Washington aliena a sus aliados y fortalece involuntariamente a sus rivales. Pero la evidencia apunta en otra dirección.

    Trump no debilitó a la OTAN por descuido. Lo hizo sistemáticamente, con convicción sostenida a lo largo de dos mandatos, contra el consejo de su propio Pentágono, contra la voluntad de sus aliados europeos y contra los intereses estratégicos que la geopolítica convencional atribuiría a Estados Unidos. Cuestionó el artículo quinto, sugirió que dejaría a los aliados morosos a merced de Rusia, retiró tropas de Alemania sin consulta y bloqueó la ayuda a Ucrania durante meses en su segundo mandato. Eso no es la política exterior de un presidente que quiere contener a Rusia y lo hace mal. Es la política exterior de un presidente que no quiere contenerla en absoluto.

    La pregunta relevante no es si Trump comete errores estratégicos al debilitar la OTAN. Es por qué lo hace con tanta consistencia y contra tanta resistencia interna. La respuesta más parsimoniosa es también la más incómoda: porque debilitar la OTAN beneficia a Putin, y beneficiar a Putin es un objetivo, no un efecto secundario. Eso no requiere suponer que Trump es un agente ruso. Basta con suponer que comparte con Putin la aversión al orden liberal multilateral y que percibe su debilitamiento como un beneficio, no como un costo.

    Irán: la guerra que no quería ganar

    El caso de Irán es quizás el más revelador, y el que conecta más directamente con el argumento que he desarrollado en otro lugar sobre la incoherencia estratégica de la alianza Trump-Netanyahu. Mazzuca presenta la acción militar sobre Irán como parte de la estrategia de contención de China: Irán es aliado regional de Beijing, tiene petróleo, y neutralizarlo sirve a los intereses estructurales de Washington. Pero esa lectura choca con un hecho elemental: Trump no hizo nada serio para derrocar al régimen iraní.

    No es que lo intentara y fracasara. Es que no lo intentó. Las condiciones que Washington puso sobre la mesa en las negociaciones —desmantelamiento del programa nuclear, fin del enriquecimiento, cesación del apoyo a proxies, límites al programa balístico— son sustancialmente idénticas a las de los doce puntos de Pompeo en el primer mandato, y notablemente similares a las del JCPOA que el propio Trump destruyó en 2018. Si el objetivo era un Irán desarmado y contenido, el camino más eficaz habría sido no abandonar el acuerdo que ya lo garantizaba. La decisión de 2018 no tuvo como resultado detener el programa nuclear iraní: lo aceleró. Irán pasó de un enriquecimiento de 3,67% bajo el JCPOA a niveles de hasta 60% tras la retirada estadounidense. Eso no es un fracaso de la política de máxima presión. Es su consecuencia lógica, y alguien en Washington debía saberlo.

    La hipótesis alternativa —que ya he argumentado en relación con Netanyahu, y que aquí extiendo a Trump— es que un Irán permanentemente amenazante pero no derrocado sirve mejor a ciertos intereses que un Irán cuyo conflicto con Occidente ha concluido. Un Irán en tensión controlada mantiene la presencia militar estadounidense en la región, garantiza la dependencia de los aliados del Golfo y de Israel, sostiene la demanda de armamento americano y proporciona a ambos líderes la emergencia permanente que necesitan para sus respectivos proyectos de poder doméstico. Un Irán derrocado resuelve el problema y elimina esa utilidad.

    Hay además una dimensión energética que Mazzuca capta parcialmente pero no desarrolla en su dimensión política. La inestabilidad regional mantiene el precio del petróleo volátil. Estados Unidos, desde la revolución del shale, es el mayor productor mundial de hidrocarburos. La volatilidad del precio no lo perjudica como importador: lo beneficia como exportador. Un Medio Oriente en paz estable y con Irán integrado podría aumentar la oferta global y comprimir los precios, lo que afectaría directamente a los productores texanos que son parte del núcleo electoral de Trump. El conflicto permanente, en este sentido, no es solo una política exterior: es también una política energética.

    Lo que Mazzuca acierta y lo que ese acierto no explica

    Sería injusto con Mazzuca no reconocer lo que su ensayo acierta. Las tres fuerzas que identifica son reales. La desindustrialización del Rust Belt, la captura populista del Partido Republicano, el ascenso de China y el agotamiento del Estado-nación como unidad eficaz de gobierno: todo eso ocurrió, y cualquier análisis serio de la política exterior estadounidense tiene que incorporarlo. Mazzuca tiene razón en que ningún presidente —demócrata o republicano— podría ignorar esas presiones. Y tiene razón en que el foco exclusivo en la psicología de Trump oscurece más de lo que ilumina.

    Mazzuca acierta en identificar las tres fuerzas — el ascenso de China, la fractura interna, el agotamiento del Estado-nación — pero comete un error lógico al pasar del diagnóstico a la explicación. Que una presión exista no implica que determine una única respuesta posible. Las presiones crean un espacio de posibilidades: definen qué respuestas son viables, pero no cuál será elegida ni con qué lógica. Bajo las mismas presiones, otro presidente podría haber reforzado la OTAN, negociado con Irán o contenido a China por vías multilaterales. Trump eligió otra cosa. Y esa elección — por qué esta respuesta y no otra — es precisamente lo que requiere explicación propia, una explicación que las fuerzas estructurales no pueden proveer por sí solas. Es exactamente ahí, en el momento analíticamente más exigente, donde Mazzuca desaparece y deja que las estructuras hablen en lugar de los actores.

    La debilidad del argumento se vuelve aún más visible en el modo en que Mazzuca invoca a Karl Marx. Sostiene que Marx habría anticipado la apertura de China al comercio mundial, pero no su posterior capacidad de aprender las reglas del sistema y competir con las economías centrales. Esta afirmación no resiste una lectura mínimamente atenta de su teoría del mercado mundial.

    Ya en el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels describen la expansión capitalista como un proceso que “da un carácter cosmopolita a la producción y al consumo” y establece una “interdependencia universal de las naciones” (Marx y Engels, 1848/2007, Madrid: Alianza, pp. 50–51). Pero este diagnóstico no es meramente descriptivo. En los Grundrisse, Marx formula con mayor precisión que “la tendencia del capital es crear el mercado mundial” y desarrollar las fuerzas productivas “como si no existieran más límites que la humanidad misma” (Marx, 1857–1858/2007, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse). Madrid: Siglo XXI. (1857–1858, p. 406). Esta tendencia implica necesariamente la difusión de capacidades productivas más allá de su punto de origen.

    Lejos de concebir una periferia condenada a la pasividad, Marx entiende la competencia capitalista como un mecanismo que impulsa a cada capital —y por extensión a cada economía incorporada al sistema— a desarrollar sus fuerzas productivas. Como señala en El capital, “la competencia obliga a cada capitalista a abaratar las mercancías, perfeccionando los métodos de producción” (Marx, 1867/2010, El capital. Crítica de la economía política, Tomo I. México: Fondo de Cultura Económica, p. 433). En el marco del mercado mundial, esa presión no se detiene en las fronteras nacionales.

    La idea de que sociedades incorporadas al capitalismo puedan apropiarse de sus técnicas y eventualmente competir con los centros originales no es, por tanto, un elemento ausente en Marx, sino una consecuencia directa de su teoría. La supuesta “laguna” en su análisis no es más que el efecto de una lectura que fragmenta un proceso que él concibe como unitario.

    Dicho de otro modo: que Estados Unidos iba a reaccionar de alguna forma ante el ascenso de China es probable. Que esa reacción tomara la forma específica de debilitar la OTAN, beneficiar a Putin, mantener Irán en conflicto permanente y construir afinidades con líderes autoritarios en todo el mundo no estaba determinado por ninguna fuerza sin alternativa. Eso es una elección. Y las elecciones tienen autores, razones, responsables y alternativas desechadas.

    El orden que no se quiere salvar

    La tesis de Mazzuca es, en el fondo, una tesis de inevitabilidad: el orden liberal se derrumba porque fuerzas más grandes que cualquier actor lo empujan hacia el colapso. Esa tesis tiene una virtud analítica —evita el psicologismo y el moralismo— pero tiene también un costo político: absuelve a los actores de su responsabilidad. Si todo lo que hace Trump es la consecuencia inevitable de fuerzas inevitables, entonces Trump no decide nada: es apenas el canal por el que la historia fluye.

    Esa conclusión es empíricamente insostenible. Los líderes importan. Las ideologías importan. Las elecciones importan. Y en este caso importan de forma especialmente aguda, porque lo que está en juego no es solo el ritmo del cambio sino su dirección. El orden liberal tiene problemas reales —la desigualdad que genera, las exclusiones que produce, las soberanías que erosiona— pero también tiene conquistas que no son menores: la paz entre las grandes potencias durante ochenta años, la expansión sin precedentes de los derechos humanos, la apertura de espacios para la disidencia y la crítica en países que antes los prohibían. Esas conquistas no son inevitables. Requieren ser defendidas. Y hay actores que eligen no defenderlas.

    Esta percepción no es exclusiva de los analistas externos. En plena guerra, voces dentro del propio debate israelí — como la del historiador Dmitri Shumsky— señalaron que el verdadero riesgo existencial para el orden democrático proviene de Washington, no de Teherán (Shumsky, Haaretz, 8 de abril de 2026). Es una alarma lanzada desde adentro del país que más directamente depende de esa alianza, y su significado es difícil de exagerar.

    Trump es uno de esos actores. No porque sea psicológicamente peculiar ni moralmente reprobable —aunque puede ser ambas cosas— sino porque ha construido una coalición política cuyo proyecto de poder requiere el debilitamiento de las instituciones que hacen posible la rendición de cuentas. Esas instituciones son liberales en el sentido preciso del término: limitan el poder, protegen a las minorías y garantizan la alternancia. Socavarlas no es un efecto secundario sino el objetivo.

    En ese sentido, la crisis del orden liberal no se explica solo por sus contradicciones internas —que existen— sino también por la acción deliberada de actores que se benefician de su colapso. Mazzuca ve las primeras y subestima la segunda. El resultado es un ensayo que explica mucho y absuelve demasiado.

    Una hipótesis alternativa

    Lo que me propongo, en lugar del diagnóstico de Mazzuca, es lo siguiente. El trumpismo no es la reacción torpe de la hegemonía amenazada. Es un proyecto político coherente —internamente coherente, aunque no estratégicamente sensato— cuyo objetivo es la reconfiguración del orden mundial en un sentido favorable a los líderes que ejercen el poder sin las limitaciones institucionales del liberalismo.

    Ese proyecto tiene tres dimensiones que se refuerzan mutuamente. En el plano doméstico, busca concentrar el poder ejecutivo erosionando la independencia judicial, la libertad de prensa y los controles institucionales. En el plano regional, busca mantener las zonas de conflicto en una tensión controlada que justifique la presencia militar y la dependencia de los aliados, sin resolver los conflictos que le dan utilidad política. En el plano global, busca sustituir el orden multilateral basado en reglas por un sistema de negociaciones bilaterales donde el peso relativo de cada potencia —no las normas compartidas— determine los resultados.

    Ese proyecto no es inepto. Es peligroso. Y su peligro no consiste en que vaya a fracasar —puede que fracase, puede que no— sino en lo que destruye en el camino: la arquitectura institucional que durante ochenta años hizo posible que los conflictos entre grandes potencias se procesaran sin guerra abierta, que las minorías tuvieran mecanismos de protección y que los gobernantes respondieran, aunque sea imperfectamente, ante sus ciudadanos.

    Mazzuca tiene razón en que el orden liberal estaba bajo presión antes de Trump. Pero la presión no es el derrumbe. Entre una estructura bajo tensión y una estructura demolida hay una diferencia: la acción de quienes eligen derribarla. Esa acción tiene nombre. Y tiene consecuencias que ningún análisis estructural, por más sofisticado que sea, puede explicar sin mirar a los ojos a quienes la ejecutan.

    Y que quede claro: No pretendo aqui defender el orden liberal como si fuera perfecto ni ignorar sus contradicciones reales. Pretendo, más modestamente, resistir la tentación del determinismo cuando ese determinismo opera, aunque involuntariamente, como coartada para los actores que eligen destruir lo que todavía vale la pena conservar. Entender las fuerzas subterráneas es necesario. Pero no es suficiente. La política también la hacen personas. Y las personas eligen.