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  • Llevaba 16 años en el poder pero ni siquiera esperó al final del recuento para llamar por teléfono a Péter Magyar, líder del partido opositor Tisza, y felicitarlo por su triunfo electoral. Con el simple gesto de reconocer su derrota y saludar a su contrincante Viktor Orbán quedó a años luz de Nicolás Maduro; también de Donald Trump, Jair Bolsonaro e incluso de Keiko Fujimori en 2021 (no sabemos todavía que pasará en Perú en 2026). En Hungría, el resultado de las elecciones del 12 de abril abrió una ventana de oportunidad —los próximos días y meses serán decisivos— para recomponer estándares básicos de la democracia liberal. ¿Por qué algo así no pudo ocurrir en Venezuela?

    Las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 en Venezuela mostraron algunos elementos similares a los que se observaron en Hungría en abril de 2026. En ambos países, la libertad de expresión estaba erosionada y los gobiernos habían avanzado sobre instituciones clave. En ambos casos, además, la contienda se estructuró en torno a una narrativa polarizada: continuidad o cambio de régimen. Las diferencias son también decisivas.

    En Hungría, a pesar de las desigualdades, el proceso electoral mantuvo márgenes de competencia real. No era así en Venezuela, donde el control gubernamental del Estado era y es mucho más profundo: restricciones a candidatos, uso discrecional de las instituciones electorales y de justicia, opacidad en el conteo y ausencia de garantías básicas de transparencia y violaciones a los derechos humanos. A esto se suman factores estructurales más amplios: una crisis económica severa, altos niveles de emigración y una fuerte imbricación entre poder político y aparato militar.

    Estas condiciones delimitaron el campo de juego. Mientras en Hungría la oposición y la sociedad civil pudieron organizarse y competir —aunque en desventaja—, en Venezuela enfrentaron un entorno mucho más restrictivo, donde incluso una estrategia electoral altamente coordinada tenía límites claros. Aunque las similitudes no son menores, pesan tres diferencias clave.

    En cuanto a las similitudes, ni Péter Magyar ni María Corina Machado son outsiders, y ambos provienen de tradiciones políticas conservadoras. En Hungría, esto contribuyó a reducir la polarización ideológica. En Venezuela, en cambio, reforzó la narrativa oficial que presenta el conflicto en términos geopolíticos, desplazando el foco de una cuestión más básica: la existencia misma de condiciones electorales competitivas. En cualquier caso, en ambos la disputa narrativa giró en torno a continuidad vs cambio de régimen y, con distintas características, soberanía vs imperialismo yanqui (en Venezuela), intervención de Bruselas (Hungría). Si sectores de la izquierda latinoamericana cerraron los ojos ante la dictadura alegando que la disputa era contra el imperialismo; sectores de alas derechas europeas apoyaron a Orbán en una cruzada confusa a favor de la civilización occidental.

    El punto de inflexión donde los caminos entre ambos países se bifurca se hizo evidente tras la votación. En Hungría, el resultado fue reconocido de inmediato y abrió un nuevo ciclo político. En Venezuela, el proceso derivó en denuncias de irregularidades, falta de publicación de resultados desagregados, represión a la protesta en las calles y una puja abierta sobre el resultado electoral. La oposición mostró haber obtenido una victoria amplia, apoyándose en actas recopiladas por redes de voluntarios en todo el país. Sin embargo, sin control efectivo sobre las instituciones encargadas de validar y hacer cumplir esos resultados, esa evidencia no pudo traducirse en alternancia.

    Ahí juegan los tres factores clave que marcan la diferencia: la Unión Europea, las fuerzas armadas y los apoyos institucionales de la oposición.

    La pertenencia de Hungría a la Unión Europea ayuda a entender por qué existen límites que no pudieron cruzarse completamente. A pesar de años de tensiones, el acceso a recursos y la presión institucional europea han funcionado como frenos parciales a la erosión democrática. No impidieron el deterioro, pero sí elevaron sus costos. A la vez, Europa ofreció una narrativa que ilusiona a muchos votantes, en especial los jóvenes y más aún cuando la amenaza de la guerra avanza en el mundo.

    En Venezuela, en cambio, los mecanismos de control externo han sido más débiles o menos efectivos. La menor dependencia institucional externa, junto con apoyos internacionales alternativos, facilitó una ruptura más profunda con las reglas democráticas. De poco le ha servido el premio Nobel de la Paz a Machado, y sí le ha servido a Maduro la debilidad de las posiciones de Brasil y Colombia a la hora de exigir las actas o condenar con más dureza su ausencia. Una clave: el rol central que tienen los militares tanto en lo político como en las empresas del Estado es indisociable de los incentivos del régimen para aferrarse al poder.

    Y un tercer factor más incómodo: la desnudez del poder popular cuando no toca poder institucional. No alcanza con una oposición organizada, una estrategia opositora sólida y un fuerte descontento social. Sin límites efectivos al ejercicio del poder, incluso elecciones competitivas pueden dejar de ser un mecanismo de alternancia.

    Hungría muestra que la erosión democrática puede revertirse. Venezuela recuerda hasta qué punto esa reversión depende de condiciones que van mucho más allá de las urnas.